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Uno más

Yoji me pidió que le acompañara hasta una esquina de Otuschi. El olor a podrido hacía insoportable permanecer mucho tiempo merodeando entre los escombros. Si bien no quedaba ni techo ni muro en pie, Yoji me aseguró que el agujero que se abría ante nuestros pies era la casa de su padre. Podía identificarla porque una calle del pueblo terminaba justo en esa esquina. Otuschi era antes del once de marzo un pueblo de 6.500 casas; en unas horas quedó convertido en una explanada de escombros, muerte y dolor. Las pocas casas que quedaron de pie dejaban ver muros ennegrecidos. Cuando la gran ola sumergió el pueblo muchas bombonas de gas explotaron generando una cadena de incendios.

Llegamos una soleada mañana al mayor centro de refugiados de Otuschi, emplazado en una escuela que se salvó del tsunami por encontrarse en una colina a treinta metros sobre el nivel del mar. Justo más alta que el cementerio algunas de cuyas tumbas también fueron arrancadas por la fuerza del tsunami. La mayoría de los niños se salvaron precisamente por estar en la escuela. En el tablón de anuncios del centro de refugiados hay dos fotos de Otuschi tomadas desde el mismo lugar pero con apenas un minuto de diferencia. Parece uno de esos acertijos del periódico donde hay que descubrir las diferencias. La primera es obvia: el puente con la vía del tren ha desaparecido.

Los refugiados huyeron in extremis de sus casas. Algunos estaban limpiando los desastres causados por el terremoto de apenas veinte minutos antes cuando escucharon a sus vecinos avisarles del peligro: tsunami, tsunami. Hace 50 años hubo también un tsunami en este pueblo. Las aguas subieron mansamente un par de metros y tan solo causaron daños materiales. Pero en esta ocasión las olas atravesaron muros, arrancaron de raíz robustos árboles y causaron en Tohoku un desastre sin precedentes. Muchos de los que murieron pensaban que esta vez sería otro tsunami como el de hace 50 años y no salieron a tiempo de sus casas.

Compartimos habitación con dos refugiados. En la mitad de la habitación y separadas por una tela de un metro de altura duermen tres mujeres mayores que se encargan de la cocina. Descansan en colchonetas protegidos del frío por mantas que les han donado. Sus ropas, las tres comidas que reciben al día, los medicamentos…, todo lo que tienen lo han recibido como donación. Se organizan en grupos para cocinar, recolectar la basura y hasta ducharse. Le pregunto a uno de los refugiados si volvería a levantar su casa en el mismo lugar en el que la tenía y responde sin dudarlo que sí.

Y si viene otro tsunami?, le preguntó.

-Pues escaparía, me responde sonriendo.

Sin habérselo pedido me relata cómo el once de marzo salvó a muchas personas. También cómo se alegraron de ver llegar a las fuerzas de autodefensa un día después del tsunami trayéndoles comida y ropas secas. El once de marzo nevó por la noche en este lugar y algunos de los que en un principio se salvaron murieron después de hipotermia.

Todo mi dolor y mi solidaridad con esas personas a las que el destino sumergió sus vidas en un oscuro agujero desee, en cuanto puse un pie en la escuela donde viven, transformarlo en alegría. El sol ofrecía bandera blanca el domingo y decidimos hacer el espectáculo en la entrada de la escuela, en el exterior. Todas las habitaciones estaban llenas de material o de personas y ni siquiera el gimnasio ofrecía un metro cuadrado libre. En mi primer espectáculo en Japón para las personas que han sufrido la violencia del tsunami conté con la colaboración, entre otros, de Mame. Un artista que toca el clarinete, ama el clown y su país. Esta vez Mame había regresado a Tokyo pero no dudó en viajar más de nueve horas en un autobús hasta Otuschi para volver a adornar con bellas melodías, llenas de sentimiento y calor, este nuevo espectáculo.

Al día siguiente al irme muchas personas acudieron a despedirme al salir de la escuela. Gentes sencillas que viven con dignidad una situación que volvería locos a muchos. Perderlo todo, casa, trabajo y familiares, de la noche a la mañana es un duro golpe. Sobre todo para muchos de los refugiados que con más de 60 años deben empezar su vida DE CERO.

Yoji prometió encontrarme más tarde en Hokkaido, cuando consiguiera una cubierta para su bici, pues explotó el día que llegábamos a Otuschi. Y como si Karma no quisiera ser menos, el día que llegaba a los 91,000 kilómetros mi cubierta trasera también explotó. Por suerte o por precaución siempre llevo una de repuesto. Eso me ha permitido llegar a Hokkaido, la famosa isla de Japón por sus aguas termales, por el festival de figuras de nieve en Saporo y porque Kimiyo Ogawa vive en estos pagos. Ella es concertista de bandoneón y confío poder escucharla en alguno de sus conciertos. Es la profe de Miho San, la mujer de Kuro, que toca La Comparsita en este video.

Desde Hokaido, con sol, pájaros y ganas de vivir, Álvaro el biciclown.

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Ante todo el país

El sol se enamoró de esa hoja

 

3 Comentarios
  • Óscar Aarón rodríguez Ruiz, Salónica
    Publicado a las 15:30h, 22 junio

    Gracias, Álvaro, por devolver la ilusión y la sonrisa a los japoneses afectados. Y gracias por estar allí para contárnoslo. Con lágrimas de esperanza en los ojos dibujo la sonrisa que nos transmites. Un abrazo.

  • Ängel Pérez ( Pontevedra )
    Publicado a las 11:48h, 25 junio

    gracias por repartir sonrisas Álvaro
    abrazos

  • André
    Publicado a las 14:38h, 30 junio

    Muito legal o site de vocês. O cicloturismo no Brasil também é possível e devemos incentiva-lo de todas as maneiras. Hoje contamos apenas com 600 km de ciclovias, enquanto na Alemanha existem cerca de 105.000 km. Incentive esta idéia. Fizemos cicloturismo em Goiás com o intuito de promover esta idéia. Assista nosso vídeo http://www.pedalarepreciso.com.br/. Muito obrigado. Colocamos um link do site de vocês no nosso site.