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Felices sin saberlo

Jaigon, la ciudad India frontera con Bhutan, es un hervidero religioso y comercial. En cualquier esquina puedes ver juntos a un Sik, un Musulmán, un Hindú, un monje Budista y un Bhutanes vestido con su característico Gho. Es una prenda de elegantes colores pero de diseño un tanto de andar por casa. Al menos para nosotros los europeos, que usamos (o usábamos) el batín para ponernos encima del pijama al salir de la cama un domingo notarial.

Pero es que además el gho lo llevan por encima justo de la rodilla, cubriéndose las piernas con largas medias que dejan el camino despejado a unos elegantes zapatos. Algunas de estas prendas pueden valer fácilmente 150 dólares. Como por ejemplo la que llevaba el funcionario de fronteras que me estampó la visa Bhutanesa previo pago de 20 dólares. Traté de esquivarlos pero sin remedio. Otros turistas pagan 200 dólares por día. Si bien en ese importe va incluido el alojamiento, la comida, el trasporte privado en buenos coches y un guía. Además el 35% de ese dinero va directamente al Gobierno que lo emplea en proporcionar salud y educación gratuita a todos los bhutaneses. Aunque no son muchos, apenas 650.000.

Bhutan cumplió el año pasado cien años de monarquía. Para celebrarlo, el entonces rey (el cuarto), abdicó voluntariamente en su hijo de solo 29 años y convocó elecciones para traer la Democracia a su país. Si ese rey ya era adorado por los Bhutaneses ahora mucho más. Muchos ciudadanos llevan en sus ropas un pequeño broche con la efigie de su rey.

Y en todas las casas, hoteles, restaurantes, hay siempre unos cuantos retratos del rey, de su hijo.

Y no por imposición del Estado, sino porque la gente le tiene mucho respeto. Religión y Estado van unidas en Bhutan, como lo demuestran los colores amarillo y naranja de la bandera.

Que diferencia tan grande mis primeras pedaladas en Bhutan. Aunque todo era cuesta arriba y llovía, me parecía aquello una maravilla comparada con la locura desatada en las carreteras de la India. La primera noche no llegué muy lejos, pues la conversación con el funcionario de fronteras que portaba el costoso gho y las horas pasadas en el Banco de Bhutan para cambiar 30 dólares me hicieron partir muy tarde de Phuentesholing.

Pocas casas en el camino, y por supuesto, ningún hotel. Empujé la bici por un barrizal hacia la casa que sería mi morada. Un chico de 25 años vivía allí con su hermosa y silenciosa mujer de 22 y el fruto de su pasión, de sólo 4 meses. Nos comunicamos más con la mirada y el gesto que con la voz. Pero no hubo ninguna objeción (todo lo contrario) a que durmiera allí. Los cuatro nos calentábamos a la luz de la pequeña hoguera que servía a la vez de cocina. Las pequeñas llamas doraban la piel de la mujer que amamantaba al pequeño sin quitarle un ojo de encima. El padre miraba, casi con envidia, la escena que no por ser diaria había devenido rutina. La olla Express rompía el silencio de la sala avisando de que el arroz ya estaba listo. No había nada más para cenar. Pero que hubiera arroz ya me parecía un milagro a la vista de la desnuda alacena.
Tras la cena la madre lavó al pequeño en un balde metálico y juntos, padre y madre, ungieron al pequeño con aceite antes de ponerlo a dormir.
Si la vida puede ser más simple y a la vez más tierna me gustaría verlo. Aquélla noche, la primera en suelo Bhutanes, había visto tanto amor que buscaba sin éxito unas gafas con las que proteger mi corazón de tanta belleza.

El sonido de la olla Express me despertó a la mañana siguiente. De nuevo arroz para desayunar. Esta vez no venía solo, sino que era acompañado por la lluvia que no había cesado en toda la noche. Me despedí de esa familia que posiblemente no sabían que eran felices y continué subiendo. Cada vez el camino era peor. Mi intención era llegar al mercado de fin de semana de la capital, Thimpu. Y también observar el festival Tsechu que tendría lugar a primeros de Abril en Paro, aunque nadie supo decirme muy bien qué día exactamente. No tenía mucho sentido que siguiera peleándome con una pista que limitaba mi marcha a 7km/h y que se tragaría tres preciados días de mi visado. Decidí tomar un trasporte para llegar ese mismo sábado a Thimpu y ver al menos el mercado del domingo y tal vez la competición de Tiro con Arco que acostumbra a celebrarse. Tomar la decisión en mi cabeza y ver subir un coche fue todo uno. Pilotaba una mujer y a su lado iba su madre. ¿En qué país dos mujeres solas en una furgoneta detienen su marcha para atender a un tipo melenudo que hace señales desesperadas con una especie de yak con maletas al borde de la maltrecha carretera, en medio de la niebla y la lluvia? En Bhutan por supuesto. Cubrir los 130 kilómetros en coche hasta Thimpu nos costó SEIS horas. No creo que en bici hubiera llegado en dos días. No solo no quisieron cobrarme un Ngultrum sino que me invitaron a almorzar. Mis dias de gloria habían comenzado en Bhutan, y un golpe de suerte me permitiría dias más tarde seguir mi camino hacia el Este.

Desde Jakar o Bhumtang, día 1604, mucha Paz y mucha bondad en Bhutan, álvaro el biciclown

 

Rumbo a la escuelaEl baño diario al calor de fuegoEntrada a Thiimpu

 

Aprendices de LamaOtra invitación en Bhutan
1Comentario
  • MARCELO PALMA
    Publicado a las 23:16h, 04 febrero

    Bhutan: país maravilloso, personas espetaculares.