Varias escalas y unos cuantos jet lag más tarde, llegamos a un país con unas costumbres muy extrañas.
Casi todos los oficiales de seguridad del aeropuerto tenían la boca tapada con una tela blanca.
No, no era el Covid. En Japón mucha gente se tapa la boca por precaución, aunque, tras unos cuantos días en esta isla, creo que también lo hacen porque la lengua no es un órgano que usen mucho. Y lo que no usas mejor cerrarlo.
Cosa rara fue ver las dos cajas de las bicicletas, de pie y no tumbadas, aguardando por nosotros al lado de la cinta de las maletas de nuestro vuelo.
La fila del control de pasaportes duró lo que un plato de sashimi ante mis ojos, y en unos minutos nos encontramos en el área de llegadas del aeropuerto internacional de Osaka.
(Dentro de varios días podrás continuar leyendo esta historia. De momento es algo limitado a las personas que me apoyan cada mes). Si quieres puedes hacerlo y seguir leyendo ahora sin esperar. La historia vale la pena.
Ninguna de las personas que sostenían un cartel con el nombre de un hotel o el apellido del algún visitante estaban aguardando por nosotros.
Nuestro contacto llegó un poco más tarde, con paso corto y rápido que parece ser el andar típico de este país, y una sonrisa sincera. Había conocido a Michi en el 2007 en Kampala (Uganda), y lo había vuelto a ver en Japón en el 2011 cuando me llevó al mismo aeropuerto para mi vuelo a Australia. No había vuelto a tener contacto con él desde entonces. Tan solo le escribí un email (14 años más tarde) para comunicarle mi nueva visita a Japón y pedirle si, por favor, podría ir a buscarnos al aeropuerto. Vivía a 40 minutos y su respuesta fue un si incondicional.
Nos quedamos una noche en su casa de campo, comprada a precio de ganga porque muchas propiedades se están cayendo y el gobierno prefiere regalarlas o darlas baratas a que se conviertan en ruinas. La propiedad privada no debería consistir en una defensa a ultranza de la acumulación excesiva. Que tú puedas tener tres casas no justifica que estén vacías. Es como tener el grifo abierto simplemente porque tú lo puedes pagar. Puede que sea lógico desde el punto de vista jurídico, pero es un sin sentido desde el punto de vista moral.
Tras una mañana peleando con el ensamblaje de las bicicletas con una humedad del 80%, una temperatura de 34 grados y unos mosquitos hambrientos, recibimos la visita de otro amigo japonés, que había conocido en Japón en 2011: Kanetomo Hiroi.
Con él pedaleé en Austria en 2016 y luego lo volvía a ver en España en 2017. Ahora trabaja en un restaurante en Tokyo, con la idea de ahorrar dinero para seguir viajando, motivo por el cual no vive en una casa de alquiler sino que vive en el almacén del restaurante.
Aunque para venir a vernos Kanetomo pagó mucho dinero. Primero tomó un avión de Tokyo a Osaka, luego un tren hasta su ciudad, Wakayama, y a continuación le pidió a su madre prestado un coche para venir a vernos a casa de Michi.
Dejamos las bicis a cubierto y nos despedimos de nuestro primer anfitrión para ir con Kanetomo a su casa a ver su familia y cenar. La cena, nos avisó en el coche, no sería en casa, sino en un restaurante. En mi vida he estado en Japón unos seis meses y nunca había estado en un restaurante tan lujoso como el que nos llevaron esa noche. Su madre, su hermana, su marido y la hija pequeña eran nuestros acompañantes. La mesa se llenaba de comida exquisita, de sake y de cerveza. Teníamos que insistir que no queríamos más para que dejaran de pedir. Si esa increíble cena no hubiera sido suficiente, cuando llegamos a casa la madre desapareció con la hermana. Parece que se habían ido a buscar el desayuno para el día siguiente pero aparecieron con regalos para nosotros. Dos bolsas repletas de detalles, cuidadosamente seleccionados para que no fueran de gran peso en nuestras alforjas.
Por la mañana el desayuno fue un festín. Una sopa de miso riquísima, pescado y el famoso nato que tan mal huele pero tan nutritivo es. Fue entonces cuando la madre pidió permiso para entrar en nuestro cuarto: envolvió los futones (colchones) en una bolsa y se los llevó afuera. Los había alquilado para nosotros porque no tenían futones extras e iba a devolverlos.
Kanetomo nos llevó a ver el castillo de Wakayama y tras una siesta sobre el tatami, nos condujo de regreso a casa de Michi. Un viaje de hora y media que se alargó porque paramos a comer en un restaurante. Al intentar pagar Kanetomo sonrió. Él ya lo había hecho en una visita previa al baño.
Ya de noche llegamos a casa de Michi y Kanetomo condujo de regreso otra hora y media. En dos días debía volver a Tokyo para trabajar y pagar las facturas de todo lo que se había gastado con nosotros. No era poco.
Al día siguiente el calor no cesaba pero teníamos que salir a pedalear así que nos despedimos de Michi, eternamente agradecidos de estas personas que están siempre que lo necesitas, en silencio, pero a tu completo servicio.
Nuestra ruta nos conducía por lugares muy turísticos, como Nara y Kyoto, donde nos cruzábamos con esa especie que habita la tierra y con la que compartimos escenario: turistas. Si bajas del avión, te espera un coche, llegas a un hotel y al día siguiente sales a recorrer Kyoto, no te puedes enterar de que en Japón hacer cola significa estar medio metro al menos alejado de la otra persona, que no se habla en voz alta, y menos aún se grita, y que el baño público no es el lugar para dejar tu vaso de Starbucks. Manadas de turistas con un ventilador de mano eléctrico que más parece un micrófono, con un collar en el cuello para refrescarles que simula a la perfección el de un perro y con el teléfono en la otra mano, se agolpan a la entrada de los templos, pagan la entrada, y siguen el rastro de ansiedad que van dejando otros compañeros de la misma especie.
Ansiedad por ver un país en cuatro días y empaparse de su cultura sin saber decir gracias o perdón en su propio idioma. Los turistas hablan ingles, aquí y en la Luna. El inglés es el idioma de la globalización, que elimina diferencias y nos permite a todos comunicarnos como máquinas.
Gracias a otro contacto en las inmediaciones de Kyoto pudimos llegar hasta allí siguiendo un carril bici que va serpenteando por campos de arroz recién plantado y sobre el que, de tanto en tanto, algunas garzas levantan el vuelo para demostrarnos que no son de cartón piedra.
Ese contacto, Hiko, ha viajado por Nueva Zelanda y Europa y recibe algunos ciclistas en su casa. Enviudó hace años y vive solo coleccionando plantas y cultivando su pasión: la botánica. Descansamos un día en su casa de dos pisos sin salir del aire acondicionado de la cocina. Por la noche, una sorpresa nos tenía preparada: dos ciclistas se unieron a la cena. Dos ciclistas que había conocido en mi vuelta al mundo: Kim y Daisuke, con este último pedaleé en Egipto, Pakistán, India y Nepal.
Apareció sin su sombrero típico que donó junto a su bici y su tienda de campaña a un museo local, y nos regaló un pastel para cerrar la cena que Hiko había preparado con cariño. No podía ser otra cosa que el típico plato de Osaka: okonomiyaki.

Durante la cena fueron varios los temas de conversación hasta que el tema recaló en mi turbante. Se me había olvidado traerlo y llevaba unos cuantos días visitando tiendas para hacerme con la tela para elaborarlo, pero no la encontraba. Entonces Hiko, sin torcer el gesto, me preguntó:
- ¿Tiene que ser de algodón?
- Si, le respondí de inmediato, suele ser de ese material.
Se levantó y apareció con un rollo, como los que venden en los grandes almacenes, con una tela de color blando de algodón.
Su mujer lo había comprado hacía más de 30 años y ahora no lo necesitaba. Cortamos dos metros y medio y le enseñé a hacerse el turbante.
La magia del viaje ocurre cuando no tienes todas las soluciones a la mano. Para que se de esa magia hace falta tiempo; igual que para que el arroz crezca es preciso tiempo.
Para viajar a Japón te bastan diez días. Para conocer su cultura y participar de sus costumbres necesitas un poco más de tiempo. La bicicleta permite, al menos de la forma que nosotros viajamos, ir conociendo de forma más auténtica el país. Dormimos en cementerios, en templos, en parques, y, a veces, en las casas de personas que conocemos o nos invitan en el camino.
Al no saber dónde pasaremos la noche, ni lo que vamos a comer o a desayunar, todo es un descubrimiento.
Y eso debería ser la vida: un descubrimiento, un viaje de aprendizaje. Si tus vacaciones son otra forma de rutina, no tendrás oportunidad de experimentar magia alguna.
Recorriendo los pueblos, en compañía de garzas y de algún gato, observamos el increíble silencio que rodea la vida de los japoneses. No hay música, no hay televisión, no hay conversaciones en voz alta. Solo silencio interrumpido por la megafonía que, a las doce y a las cinco de la tarde, programa una música o una alarma para recordar a todo el mundo que es hora de cambiar de actividad.
Sin correr mucho llegamos a Maizuru, la ciudad portuaria en la que tomamos el ferry a Hokkaido. Un ferry de más de 24 horas con literas que parecen la suite del Hilton. La comida a bordo no cuesta mucho más que un restaurante en la calle y el barco cuenta hasta con un pequeño onsen y sauna. Mientras escribo esta crónica una abuela toca la armónica, con tanta dulzura, que parece el susurro del viento. No dura mucho. Le deja para irse a la zona exterior y comenzar a ejecutar unas danzas acompasadas por el suave balanceo del barco. La abuela puede tener cualquier edad entre 75 y 125. Adivinar la edad de un japonés es más difícil que interpretar el menú del restaurante del barco.
El barco llegará esta noche a Otaru en Hokkaido y tenemos un contacto para dormir pero nos ha informado que las 9.30 pm es muy tarde para tocar la puerta de su casa, que montemos la tienda de campaña en una colina y que mañana por la mañana pasemos a verle.
Ahora recorreremos durante dos meses la isla del norte de Japón, donde la temperatura es un poco más baja que en la zona de Osaka, la humedad inferior, y hay menos tráfico…, de coches.
Hay más tráfico de osos. Kim, del que te hablé antes, tuvo un encuentro poco amistoso con uno de esos animalillos cuando bajaba en bici por un puerto. La osita cruzaba con su osenzo y al ver a Kim lo atacó. Cierto que Kim no es muy atractivo pero, ¿tan feo como para atacarle? No lo pienso. En la cena se levantó la camisa y nos enseñó una cicatriz debajo del corazón. Tuvo que poner la bici entre él y la osa, pero no se libró del zarpazo.
Confío que los osos no se crucen en estos dos meses por Hokkaido. Al final del mes recibiremos la visita de dos amigos que han querido unirse a los viajes que ofrecemos como experiencias únicas durante estos años. Aunque otros han solicitado unirse, hemos hecho una selección con las personas que creemos que están más preparadas para este tipo de viaje de aventura en el que la magia te espera a la vuelta de la siguiente curva.
Paz y Bien, Álvaro el biciclown.



