La salida de La Paz me recuerda a cuando dejé Ullan Bator en Mongolia. En relativamente pocos kilómetros desaparecen los edificios y la basura. La que hay a la entrada de Viacha es digna de un reportaje del National Geographic. El mismo día que Evo Morales iniciaba su tercer mandato de cinco años, las ratas se repartían los pedazos de un perro hinchado por la descomposición al lado de la misma carretera; apenas a 20 kilómetros de la capital de Bolivia. Que las personas pasen día tras día por ese espectáculo, vertedero no oficial, y no hagan absolutamente nada es síntoma del grado de insensibilidad a que puede llegar el ser humano.
Al igual que en Mongolia, todo el mundo parece concentrarse en la capital. Pero a las afueras se extienden inmensos campos a más de 4.000 metros de altitud. Por ellos circulo mis primeros días y no es difícil encontrar donde acampar. Atravieso pueblos antes unidos por la vía férrea, ahora abandonada, como Comanche. Y aún por asfalto llego a Corocoro. El destino del viajero no está escrito en su cuaderno de bitácora. Va tejiendo sus días fruto más de la improvisación que de sus deseos. Y para prueba esta anécdota que comenzó con un susto. Tras almorzar en el único lugar posible de un pueblo, Corocoro, que antaño fue hasta sede del Obispado debido a su próspera mina de cobre, emprendo la salida hacia el sur por un camino de piedras y tierra. Mi brazo derecho va sujetando firmemente el manillar cuando, sin saber cómo ni porqué, la bici no responde a mis órdenes. Es como cuando se pincha la rueda delantera que todo parece ir más despacio. Pero no, no era la rueda. El manillar estaba partiéndose. Cuando vi la grieta casi me desmayo. Si me llega a ocurrir bajando…
Parada de bus surrealista
Regresé caminando a Corocoro y fui al lugar donde había comido. El dueño me llevó a la casa de su suegro y allí dejé la bici con todas las pertenencias. Saqué el manillar y tomé el primer vehículo que salió rumbo a La Paz. Una hora y media más tarde caminaba, con un manillar partido, por las concurridas calles del Alto. Tenía suerte porque ese día había mercado en la 16 de julio. Unos tres kilómetros más tarde llegué a la zona de bicicletas. No había manillar como el que yo tenía. Mi única opción era un manillar recto y lo compré. El último vehículo a Corocoro salía a las seis de la tarde y, para llegar a la parada, debía tomar otros dos trasportes. Eran las ocho de la tarde cuando entré en la casa donde había dejado mi bici. Mi amigo no estaba. Sólo su suegro, Eufrasio, que mascaba coca. La única luz de la habitación era insuficiente para hacer mecánica en la bici, pero era mi única opción. Una hora y media más tarde había colocado mi nuevo manillar con todos los artilugios que lo adornan (cuentakilómetros, espejo, bocina, timbre…)
Por aquí pasaba el tren
Afuera llovía con rabia. Eufrasio no se decidía a ofrecerme un lugar para descansar. Estaba muerto de hambre pero no en esa sala no había siquiera una silla para mí. Su mujer, Eugenia, había venido del dentista donde dejó dos muelas.
-¿Hay Iglesia en este pueblo?
-Si, y los curas viven a dos puertas de aquí.
Era evidente que Eufrasio se sentía más cómodo si me iba. Pero tocar las puertas de una casa a las 9 y media de la noche, con la lluvia y la oscuridad como cartas de presentación no me parecía buena idea. Pero era la única que tenía.
El Padre tardó un poco en abrir la puerta y un poco más en decidirse pero al final me dejaron un lugar para descansar. Volví a por la bici y me tiré en la cama. Corocoro no me dejaba irme.
Partí al día siguiente, tratando de ganarme la confianza del nuevo manillar. Las lluvias habían dejado el camino en un estado deplorable. El barro de esta zona es tan fuerte cuando se seca, que lo usan para construir casas. En las ruedas de mi bici combina mal con los guardabarros. Se amontona y, al secarse, me detiene en seco.Tuve que quitar el guardabarros trasero y parar cada dos pasos a liberar las ruedas del barro. Creo que ese día no hice más de veinte kilómetros. Atravasé pueblos en los que la plaza central era un homenaje al silencio. En uno de esos pueblos fui a la escuela. Ahora no hay alumnos pues están de vacaciones, pero el portero vive allí. Me metí en un aula y pasé dos horas lavando la bici.
Calles de Corocoro
El Gran Nevado del Sajama
De nuevo en ruta, confiando encontrar un barro menos pegadizo. Por momentos abandoné el camino principal para evitar esa trampa pegajosa y llegué tres horas más tarde al asfalto. Tenía hambre y varias personas me habían dicho que encontraría comida en la ruta, pero esto está más deshabitado que el desierto de Atacama. Durante cincuenta kilómetros no hay más que restos de neumáticos y botellas con pis que los camioneros que van a Chile arrojan en la cuneta. Como si el paisaje fuera su propio cubo de basura. No tenía alternativa y me detuve en una casa. Raúl me invitó a pasar y monté mi tienda dentro. Cociné y me eché a dormir. Por la mañana siguiente observé como marcaban las llamas para venderlas más tarde en el mercado. La vida del campo es dura y no conoce festivos. Ultimamente la mía tampoco.
Buscando caminos
Me desvié hacia el volcán Sajama por una pista de arena. Ignoraba la distancia que debía cubrir, pero en dos días llegué al pueblo de Sajama. Un oasis de vida rodeado por la montaña más alta de Bolivia y por dos montañas nevadas casi gemelas. Es temporada baja y eso me permita negociar un poco el precio de una habitación. La dueña, Ana, me había prometido ducha caliente, pero al final sólo tengo un cubo de agua caliente con el que me puedo lavar la cabeza. Llevaba seis días sin hacerlo. También aprovecho para lavar mi ropa y para revisar a Karma. A la pobre la he metido una paliza considerable estos días y, no debe saber, que le esperan batallas más duras.
En breve cruzaré a Chile por Tambo Quemado para hacer una incursión en una ruta de tierra que bordea lagunas hermosas y permite acampar cerca de baños de aguas calientes. Las estrellas serán de nuevo mis compañeras en las noches del altiplano.
De ahí regresré a Bolivia, por Sabaya, para afrontar una de las rutas más excitantes para los viajeros en bici, el salar de Coipasa y el de Uyuni. Muchos turistas los recorren dentro de jeeps; son espectadores de la naturaleza más pura. En bici eres actor principal de la película.
Paz y Bien, el biciclown.
Vive el ser humano
Raúl eligiendo llamas
Aguanta que ya llegamos
Hoy toca escuela
Barro para construir casas
Se libró de ser carne
Amigo espero que la ruta x tambo quemado sea placentera para karma y no con tanta lluvia y barro yo acá en Antofagasta con mis días de descanso hasta que tenga de nuevo mis vacaciones y pueda volver a rodar por este desierto del altiplano espero que el número de teléfono de atacama viajes te sirva como dato un abrazo
Hola, Álvaro. Últimamente te leo con regularidad porque de tu experiencia se está nutriendo mi animo. Resulta que en mayo salgo de mi querida Galicia hacia Lima y empezaré un recorrido por Perú y Bolivia durante cuatro o cinco meses, también en bicicleta. Un mes antes habré cumplido mis 63 añitos y será un modo de celebrarlo. Amo la bicicleta como nadie y espero disfrutar por unas rutas que en mucho coincidirán por donde andas ahora. Me parece interesante esa entrada que haces a Tambo Quemado así que te seguiré atentamente.
Buen camino, amigo, y mucha, muchísima salud. Saludos
Hola Alvarito… como estas? ya te estas acercando…. te esperamos con los brazos abiertos… bien lo sabes… avisanos para prepararte tu habitacion… baños calientes… alguna charla y sobre todo el placer de estar con vos y compartir lo que te quieras quedar… Besitos mios y de la flia completa…asturianos. Funnes, peluqueria jajajaja
Ten cuidado y espero que el manillar de tu bici, te responda como debe. Saludos desde Andújar ( Jaén ).