Aún me sorprende tener que hacer la cama en lugar de tener que quitar la tienda de campaña.
Todavía me extraña que, al girar un grifo, salga agua caliente. Han sido muchos años viviendo en la carretera.
Ahora, mi mundo es una casa en el campo, rodeada de árboles, silencio y ese tiempo lento que solo la naturaleza sabe dibujar.
Aquí, lejos del bullicio y la prisa, me dedico a estudiar filosofía. Hoy 1 de Mayo, me tocan unos cuantos temas de Metafísica II.
He terminado mi décimo libro y solo espero que la imprenta haga su trabajo.
Disfruto de lo que se llama rutina y cotidianeidad. Algo que nunca pensé que pudiera ser una aventura.
La vida cotidiana como aventura
Durante trece años, mi vida fue un viaje constante, un ir y venir por el mundo en bicicleta, cruzando continentes, culturas y paisajes. Muchos pensaban que aquello era una aventura y que la rutina era lo contrario de la aventura.
Pero ahora, desde mi retiro rural, descubro lo que Heller señala con tanta lucidez: la vida cotidiana no es lo opuesto a la aventura, sino el escenario donde se juega la verdadera epopeya humana:la vida única e irrepetible de cada ser vivo.
Agnus Heller dice que la vida cotidiana es el espacio donde se reproducen las condiciones materiales y las relaciones sociales, pero también donde se puede transformar el mundo. En mi vuelta al mundo, cada día era distinto, sí, pero también había rutinas: montar la tienda, buscar agua, pedalear, reparar la bici, escribir el diario. Ahora, en la quietud del campo, la rutina se parece mucho a la de entonces: estudiar, leer, escribir, pasear. La diferencia está en la mirada. Heller nos invita a mirar la vida diaria como algo con sentido propio, donde cada acto, por pequeño que sea, puede ser significativo y transformador.
Es decir, aportar sentido a lo que haces. No es solo lavarte los dientes, es saber, al hacerlo, que tienes dientes, que hay agua, que tienes manos para sostener el cepillo, que hay un espejo en el que mirarse.
No dar por hecho cosas, sino dar sentido a las cosas.
O mejor aún, reconocerles todo el sentido que tienen y que, nuestro estres diario ha olvidado.
La libertad y la autenticidad en lo cotidiano
Uno de los conceptos más potentes de Heller es el de la libertad en la vida cotidiana. Ella sostiene que la libertad no es solo una cuestión de grandes gestos heroicos, sino que se juega en las pequeñas decisiones de cada día: cómo nos relacionamos con los demás, cómo organizamos nuestro tiempo, cómo respondemos a las necesidades y deseos que surgen en la rutina.
Libertad para estudiar más o menos, para hacer deporte, para hacer ayuno, para apagar el móvil…
En la carretera, la libertad era elegir el rumbo, decidir cuándo parar o seguir. Aquí, en el campo, la libertad es otra: decidir a qué dedicar la mañana, cómo enfrentar el silencio, qué libro abrir o qué pensamiento dejar madurar.
Esta libertad cotidiana es, para Heller, la base de la autenticidad. No se trata de vivir una vida extraordinaria, sino de vivir de manera consciente y responsable, apropiándonos de nuestras acciones y de nuestro tiempo. Es un aprendizaje que me acompaña ahora que el viaje es hacia adentro, hacia la comprensión de uno mismo y de los demás.
Ser extraordinario en lo que haces más que hacer cosas extraordinarias.
La transformación social empieza en lo cercano
Otra enseñanza de Heller que aplico en mi vida actual es que la vida cotidiana es el lugar donde se reproducen y también pueden transformarse las estructuras sociales. Cuando viajaba, pensaba que el cambio estaba en los grandes gestos, en cruzar fronteras o en desafiar los límites físicos. Ahora veo que el cambio más profundo ocurre en lo cercano: en cómo nos relacionamos con quienes nos rodean, en cómo cultivamos la tierra, en cómo compartimos el pan o la palabra.
Los manzanos empiezan a brotar, y eso, es un espectáculo para quien lo mira.
Vivir en el campo me ha enseñado que la transformación social no empieza en los parlamentos ni en las grandes ciudades, sino en la cocina, en el jardín, en la conversación con el vecino. Heller habla de la posibilidad de cambiar conscientemente las normas y costumbres que nos rodean. Aquí, eso significa apostar por una vida más sencilla, más sostenible, más atenta a los ritmos de la naturaleza y a las necesidades reales, no impuestas por la prisa o el consumo.
Someterse a la naturaleza, lo que Marx llamaba el cuerpo inorgánico del hombre.
De hecho en verano iré unos meses a pedalear a Japón.
Estudiar filosofía me ha permitido comprender que la vida cotidiana es, como decía Heller, el escenario donde se plantean las grandes preguntas humanas: ¿qué es la felicidad?, ¿qué significa vivir bien?, ¿cómo podemos ser libres y solidarios a la vez?
Escribir libros es mi manera de compartir este viaje, de invitaros a mirar vuestra propia vida cotidiana con otros ojos. Porque, como aprendí pedaleando por el mundo y ahora confirmo entre vacas y eucaliptos, la aventura más grande es vivir cada día con atención, con libertad y con sentido.
No hay que despreciar la rutina, sino habitarla plenamente, hacer de cada gesto una elección consciente y de cada día una oportunidad de transformación.
Gracias por acompañarme en este nuevo tramo del viaje. Seguimos pedaleando, aunque ahora sea entre libros y árboles, hacia una vida más plena y más consciente.
Paz y Bien, Álvaro

