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Asia

capital

Moverse en una capital

como Ankara es algo bien difícil. Para empezar todo depende de donde te alojes. Mi amigo Murat a quién conocí junto a su mujer Filiz en Chipre semanas atrás, no me esperaba en su casa a veinte kilómetros de la capital cuando llegué empapado a Ankara. Una brutal tormenta de agua me dejó calado hasta los huesos.

patates

Patates trogloditas

La acción volcánica del Monte Erciyes (3917m) el Melendiz (2963m) y el Hasandg (32698m) ha ido configurando y moldeando el terreno de la Kapadokya en Turquía. Una obra de arte al aire libre, siempre cambiante, por efecto de la luz del día y de las estaciones. Ahora, en invierno, la luz que se filtra por entre los grises nubarrones crea un espacio de silencio y misterio por el que uno se adentra con cierto temor.

tengo

Tengo y no tengo

No tengo que ir corriendo a buscar a mis niños a la escuela, no tengo hora en la peluquería, no debo dar vueltas a la manzana para encontrar aparcamiento, no he de ir al super a llenar un carrito de comida, no he quedado con nadie en el gimnasio…, al atardecer, tan sólo he de buscar un lugar en el que dormir. Imitando a los pájaros que a esa hora regresan a su nido, yo he de buscar el mío. Casi cinco años (si cómputo también el año y medio pedaleando en Sudamérica), que mi mundo no tiene ventanas ni puertas, y que mis responsabilidades son mínimas. Un poco de aceite en la cadena, aire a las ruedas, vigilar los coches que quieren acortarme la vida por la espalda, tratar de buscar un lugar en el que actuar, actualizar la web, responder los correos de los amigos y…, SER FELIZ¡¡¡: una gran responsabilidad.

isla

Una isla para no perderse

Cuando abandoné Siria rumbo a Turquía, en el último control policial, un militar me aguardaba plantado delante de la barrera. Me detuve y le extendí mi pasaporte. Lo tomó con ambas manos y lo hojeó en busca del sello de salida. Al verlo, y al comprobar que yo era español, me agarró la cara con la suavidad con la que una madre levanta a su hijo de la siesta y al mismo tiempo con la determinación con la que el árbitro pital el final del partido, y me plantó un beso en la mejilla diciendo:

«Ahalan wa salan» ( o sea, bienvenido).

vivo

Vivo para contarlo

…y lo puedo contar porque estoy vivo. Y además con casi ningún rasguño. La pobre Kogadonga no puede decir lo mismo. Fractura de la parrilla trasera, alguna alforja un poco tuerta y esperemos que no haya sufrido un derrame en el cuadro. Ver venir un coche por el arcén en dirección contraria no es algo que me pille de sorpresa.

melones

Tenemos los melones por los suelos

Un empujón, los últimos metros, una noche más y ya estoy saliendo de Uzekistan. Un país que, como los anteriores que he recorrido de la Antigua URSS, tiene la sonrisa perdida. Borrada por un futuro incierto y una amplia selección de Vodkas. No me asombran ya los supermercados con media superficie dedicada a bebidas alcohólicas. Ni tampoco las mujeres que venden en la puerta de sus casas refrescos o un cubo de tomates o de manzanas. Es la época

cn

Los milagros de Cana

En la mayoría de las esquinas de Beirut hay tanquetas militares en cuya torreta un soldado echa la siesta. Están cubiertas por un toldo que brinda sombra fresca al militar o lo resguarda de la lluvia que arremete con fuerza inusitada. A los pies del mastodóntico vehículo otro soldado no quita el dedo del gatillo del fusil mientras observa el hipnótico andar de una libanesa que, con su cadencia, hace tambalearse el tanque.

sin tierra

Un pueblo sin tierra

Esta crónica es sobre el pueblo Palestino. Sin embargo los hechos aquí relatados no ocurrieron en la tierra de Palestina. Si es que alguien puede determinar cuál es la tierra de ese pueblo. Recorrí las calles de Nazaret bajo una tromba de agua. Estuve en Belem el día 25 de diciembre acompañado por Laura y Roberto, dos amigos que vinieron a visitarme desde España. Y sin embargo cuando vi más palestinos fue semanas más tarde: en Líbano.

amiga

Canción de amiga

La primera vez que escuche estos versos fue en boca de mi gran amigo Mr. Imprevistos. Fue si no recuerdo mal en Dar es Salaam (Tanzania) en su segunda visita africana. Mi amigo declamó esos versos con la fuerza que le daban varios vasos de vino y con el sentimiento de, seguramente, haber experimentado ese frío alguna vez. Meses más tarde una jovencita me hizo sentir ese frío, recorriéndome toda la espina dorsal con macabra lentitud, y no lloré porque las lágrimas se esfumaban antes de asomarse.

visto

Me visto y vuelvo

Y esto no ha hecho más que empezar puesto que cada pedalada me adentrará aún más en el congelador. En enero, y con rumbo Nordeste, no puede ser de otro modo. Así que he decidico hacer un requiebro a las nubes, un quite taurino templando y mucho con la mano izquierda, y me voy hacia el Sur. Rumbo a Beirut en el Líbano; me visto y vuelvo al camino. Allí espero poder recibir un paquete con material de invierno más potente que, una vez más, la tienda de montaña OXÍGENO pone a mi disposición con todo su cariño-goretex. Nuevas botas, chaqueta, calcetines y guantes. De otro modo la congelación es segura en estas tierras. Cada mañana miró con escepticismo el termómetro que, con pereza de lunes colegial, no llega hasta los 0º C hasta bien entrada la mañana. Y eso los días que el sol se desnuda de nubes, pues cuando éstas cubren el cielo, la nieve hace acto de presencia y complica más aún el pedaleo. Así ocurrió ayer cuando llegué a Homs, la tercera ciudad en importancia de Siria.

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