En la pared

La montaña más mítica de Asturias

Desde que vi por primera vez esa montaña me cautivó. A todos nos ha pasado alguna vez. Bien sea una montaña, un valle o la sonrisa de alguna mujer. Dentro de la majestuosidad de los Picos de Europa, destaca por su cara anaranjada al atardecer el Picu Urriellu, más conocido como Naranjo de Bulnes porque su cara oeste se dora con los últimos rayos del atardecer en esos días, no tan escasos, en que el sol visita Asturias.

Ni siquiera se cómo surgió la conversación pero si recuerdo el día que conocí a Gaizka. Me esperaba a las afueras de Alsasua para pedalear conmigo y su amigo Eusebio hasta Oñate. El pueblo en el que al día siguiente ofrecería una conferencia dentro de mi proyecto de la vuelta al mundo. Gaizka es bombero, escalador y un hombre de generoso corazón. 

Ya había ascendido el Naranjo por varias vías y se ofreció a subirme hasta la cima. Subirme no es la palabra correcta, pero si a asegurarme, mostrarme el camino, indicarme dónde poner las manos y darme el valor para estar colgado de una cuerda en una pared vertical.

De aquél primer encuentro con Gaizka hasta la ascensión han pasado casi dos años. Los yogures deben fermentar por la noche y los sueños esperar a que los astros se alineen. Compré en la tienda de mi amigo Jose de Oxigeno unos pies de gato, unos zapatos que desde que te los pones sabes que vas a sufrir. Pero también te pueden salvar la vida.

naranjo
La noche bajo la pared

Gaizka vino desde su pueblo Oñate con su compañera Sophie y en su furgoneta nos acercamos hasta la base. Allí colocamos las cuerdas, mosquetones, alliens, friends, arneses y por supuesto pies de gato en las mochilas y subimos cargados hasta el refugio del Picu Urriellu.

Unas tres horas de caminata entre la niebla, hasta que por fin, como si saliéramos del fondo del mar a la superficie, pudimos observar delante de nuestras cabezas, la desafiante cara norte del Naranjo. Un sueño difícil de lograr poder ascenderlo, pero no tanto si vas con Gaizka.

El refugio no era un buen lugar para pasar la noche, lleno de gente como estaba, y preferimos seguir subiendo para acercarnos a la vía sur y buscar  un refugio en las piedras. Esta parte llevó otra hora y media, cargados con agua extra, y arriba no fuimos capaz de encontrar un gran vivac. Apenas unas piedras en círculo pero con vistas espectaculares sobre el mar de nubes y a los pies de la pared más mítica de Asturias.

En la pared
Aún quedaba mucho por subir

Gaizka se colocó toda la ropa que tenía, mientras yo me la quitaba, pues él se vino con un saco de papel de fumar y yo con el de invierno.

Aún y todo la noche no fue fría, y las estrellas extendieron una caricia de luz sobre nuestro improvisado vivac. A las siete estábamos en pie y ya mucho antes lo había hecho el Naranjo de Bulnes. La ascensión tiene un paso complicado al principio, grado 5, y luego varios pasos comprometidos sobre todo para quien nunca ha hecho escalada como es mi caso. Tan solo un par de entrenamientos previos con dos amigos que me invitaron una mañana mientras estaba por Cataluña con mi autocaravana, y el amigo Valentín y la Nuri en Tarragona.

Fueron cuatro largos (creo recordar) y tres horas de confiar en los pies de gatos y de meter las manos en cualquier grieta, agarrándola como si en ello me fuera la vida. La última parte, ya sin cuerdas, era una caminata sobre un precipicio de los que te quitan el vértigo si es que lo tienes. En la cima hay una pequeña y redonda imagen de una Virgen con un niño que está amamantando. Una hermosa Virgen, redonda y suavizada por las manos del escultor y por las de quienes hemos hollado la cumbre y que acariciamos esa escultura por dos razones. Una por dar las gracias por estar allí arriba y otra porque es la única piedra no afilada que hemos tocado en las últimas horas.

El descenso lo hicimos rapelando. Tres largos de rapel que me costó disfrutar al principio, porque nunca lo había hecho y no sabía lo que era colgarse desde allá arriba por una cuerda que va quemando tus manos con el roce del descenso. Pero el último largo fue una gozada y pude hasta cantar de alegría. 

cima
Los cuatro en la cima

La bajada aún sería larga, más de dos horas, hasta el coche donde nos aguardaba Sophie. Bajamos al pueblo de Sotres, hoy en día con más comercios y restaurantes que casas, y en el Bar Mi Güelo, nos dieron un excelente menú por 12 euros por cabeza. Mientras la tormenta que venía amenazando a la tarde descargó con fuerza y granizo en el pueblo.

En Arenas de Cabrales nos juntamos con Eusebio y con un poco de sidra y muchas risas disfrutamos recordando el reciente ascenso de esa montaña que siempre estuvo clavada en mi corazón y ahora lo está en mis manos.

Gracias Gaizka y Sophie por vuestra compañía y generosidad, y por hacerme sentir orgulloso de haber superado todos los miedos que tenía antes de afrontar la escalada del mítico Picu Urriellu.

Paz  y Bien, el biciclown.

 

Al borde del abismo

 

3 comentarios en “La montaña más mítica de Asturias”

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