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Para no STANcarse

La última mañana en Teherán la pasé en un taxi tratando de encontrar la Embajada de Uzbekistán. Fueron dos horas a la búsqueda de un edificio, escondido en una calle sin salida, que terminaron con final exitoso. Mi primera visa de un Stan. Para aclarar la curiosidad de Cristina que pregunta en el foro, diré que los Stan son cinco países de la antigua Unión Soviética que se hallan en Asia Central. Por el orden que debo recorrerlos son: Turkmenistán, Uzbekistán, Tajikistan, Kiryiguistan y Kazahastan.

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Visas hunting

Un país con muchas montañas y muy pocos árboles. El viento generalmente sopla del Oeste, aunque en las colinas no se deja sentir apenas. Mis piernas están acostumbradas ya a empujar los ochenta y cinco kilos de la bici hacia arriba. Pero siempre hay que sufrir un poco más de la cuenta. No es fácil superar los 2.500 metros

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M-iran

Y no solo eso sino que no frenan para adelantarte pero si para ponerte a tu lado y sacarte una foto con su móvil. Da igual que estés sufriendo como un perro en una subida con más de 35ºC. Para ellos eres un turista. ¿Eres turista?, me preguntan. No puedo explicarles que no. Que un turista viaja para llegar y yo sin embargo ya he llegado. Conozco mi destino final pero no las etapas que me separan del mismo ni los pasos que daré. No viajo, me desplazo por el camino. Un país u otro me da igual. Todos son interesantes pues todos son nuevos. Pero no trato de llegar, porque es inútil, como esos chistes que solo hacen gracia a quien los cuenta. Pretendo volver al punto de partida que dejé un diecinueve de noviembre de dos mil cuatro, pero ya no seré el mismo. Porque quien ha visto ciertos atardeceres, quien ha sufrido subiendo determinados puertos y quien ha besado a algunas mujeres, ya no puede ser el mismo. Ha visto la belleza tan de cerca que sus ojos se han incendiado.

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Mear en la cocina o cocinar en la letrina

Los pájaros, los árboles y hasta las personas, han ido desapareciendo poco a poco de la ruta hacia Mashhad. La hospitalidad iraní, alejada unos días por motivo del fuerte viento que no ha cesado un minuto, ha resurgido con fuerza en Sabzevar. Un cincuentón se acercó a la salida de la ciudad para ofrecer su ayuda. Había estado hacía 19 años en Italia, estudiando farmacia, y desde entonces no había vuelto a salir del país ni a hablar la lengua de Paolo Conte. Por haber compartido piso durante unos meses en El Cairo con dos ragazzas italianas (Alex y Claudia) puedo parlar un poco esa lengua y así comunicarme con Holam, nuestro mecenas en Sabzevar. No está de acuerdo con las radicales reformas de la revolución, y su mujer tampoco, y sufre en silencio un deseo de un Irán un poco más abierto. Sus hijas de doce y trece años están ahora buscando una escuela para seguir sus estudios. Una que no les obligue a llevar la Hijab. Con colocarse el pañuelo cubriéndoles la cabeza ya tienen bastante. Es una obligación en Irán. Incluso en los lugares oficiales o gubernamentales los empleados no pueden ir en camisa de manga corta. Así haga 45ºC afuera.

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Ya me lo habían dicho

Pasado el susto, no pequeño, del maldito Pasaporte me dispuse a disfrutar de Irán. Un país donde más que en ningún otro es mejor no tener muchos planes fijos. Dejarse llevar por los acontecimientos. Uno de ellos me aguardaba en Germi. Paré en la primera tienda con posibilidades de tener Internet. Pregunté si podía usarlo y me dijeron que sí. Aunque no se si se dedicaban a eso o a vender libros, pues era una librería. Lo cierto es que no pusieron problemas.

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El pasaporte en fotos

El día que crucé a Irán, ese librito que te identifica frente a las autoridades, iba a ser el protagonista de la jornada. Es ya el tercero que llevo desde que mi alma tiene forma de bicicleta. Imaginaba que con la visa de Irán obtenida en Georgia el cruce de la frontera sería cosa sencilla. Sin embargo casi me quedo en tierra de nadie. Ni para adelante ni para atrás.

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azeri

La hospitalidad azerí

En un día salí de Tbilisi y puse las ruedas de kogadonga en Azerbajan. La frontera natural es un río y al llegar a Azerbaján uno piensa que ha retrocedido unos cuantos años. Más o menos 30. Oficiales con gorra
de plato tipo paellera y con desgastados uniformes se arremolinan fuera de los containers metálicos que sirven de aduana. Militares barbilampiños que bien podrían ser mis hijios me preguntan por qué he visitado Armenia.

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Un show que no esperaba

En el metro que hemos tomado para llegar a la sede de Cáritas, a las afueras de Tbilisi, dos niños han entrado a cantar. En realidad han venido a pedir dinero, pues no cantaban ni media estrofa y ya se bajaban. Me he colocado mi nariz de clown y, al menos, les he arrancado unas sonrisas. Ellos no vendrían a mi espectáculo que tendría lugar una hora más tarde en una calurosa sala de la tercera planta de Cáritas.

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chapa

Armenia chapa y pintura

«La espera forma parte de la alegría», dice el gran Rosales, y el día que me den la visa de Irán saltaré de contento. Pero de momento la espera desespera y por eso he decidido abandonar la capital de Georgia y darme un rodeo de casi mil kilómetros por Armenia, su vecino del sur. La visa de Armenia te la dan en el acto en la frontera (entiéndase en el acto de pagar 15.000 drams que al cambio son 33 euros).

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