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La lección de Iris

Esta es otra crónica de mis días recorriendo la parte sur de Estados Unidos. Arizona, Nuevo Mexico y Texas. Es la historia de lo que un nómada observa cuando atraviesa un país. Cuando lo hace con los cinco sentidos bien despiertos, atentos a cualquier señal que pueda venir del exterior. Aunque estas sean muy escasas.

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Einstein hubiera averiguado una fórmula

El desierto, con su ausencia de información visual y auditiva, con sus noches estrelladas, con sus vastos espacios en los que los ojos del nómada son a su vez nómadas que no saben donde detenerse, te ayuda a pensar. Es posible que esta crónica padezca de mal de altura. Las reflexiones que vengo a compartir las he sacado después de más de una semana por encima de los 2.000 metros y haciendo 85 kms por día. Pero lo curioso es que hablando con ciertos estadounidenses veo que ellos piensan muy parecido sino igual.

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Hace frío en el Gran Cañón y en los ojos del Policía

Escucho en las noticias que más del 70% de las carreteras del estado de California están en mal estado. Los baches que voy esquivando a mi salida de Los Angeles lo confirman. Dejé esa enorme ciudad con la bici llena de ilusión, comida y sin ninguna condición física. Aunque de una ciudad como Los Angeles uno no sale en un día. Tardé unos tres días en dejar de ver edificios y centros comerciales. Los centros comerciales han sustituido en la era moderna a la plazita del pueblo, al banco y a la arboleda. El éxito de un centro comercial radica en la capacidad de su aparcamiento y en la existencia de abundantes cajeros automáticos. Si a eso le añades tres o cuatro cadenas de comida rápida y un par de cines, te aseguras que el pueblo entero pase por ahí una vez a la semana. Posiblemente más.

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Back in the USA

En algún lugar escribí que uno no se acostumbra a las despedidas, por más que me esté despidiendo desde el instante que digo hola a alguien por primera vez. En los últimas semanas he vuelto a decir «ciao» a viejos amigos. Y mejor no pensar cuándo volveré a verles para no deprimirme. Mas lo cierto es que entre viejos amigos se teje un hilo, fino y fuerte, que anula la posibilidad de cualquier adiós. Mauricio, por ejemplo, el cara que vive en Sao Paulo y que con tanto cariño remozó a la Comandante Maxi antes de que esta emprendiera su vuelta por el mundo. O el gran Matías, el tranquilo director de cine, padre de familia y (excelente) pescador según él, que me ayudó enormemente con el último documental Contagiando alegría. O los inseparables Horacio y Pablo, el negro y el pelao para entendernos, aquéllos tipos que conocí en el 2002 en Trujillo (Perú) y de quiénes hablo en mi libro Kilómetros de Sonrisas. O la fabulosa familia Burgués y los Castaño de Rosario. Seres encantadores porque ejercen la sencillez y la amistad en estado puro.

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451 s

3.000 días

Si el espejo no me devuelve las canas (me miro muy poco), ahí está el calendario para recordármelo con exactitud Newtoniana: han pasado ya 3.000 días desde que comencé a pedalear por el mundo. En estos más de ocho años me he vuelto apátrida, ateo y apolítico. Escrito así puede sonar muy radical, mejor me explico. No es que no tenga patria, sino que cada uno de los países que he recorrido es mi patria. No es que no tenga religión, sino que cada una de las culturas religiosas que he conocido me ha enseñado algo.

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Tira tu tostadora

Un escalador no puede contemplar la cima de una montaña sin idear, en el mismo instante, una ruta que le permita ascender a la cumbre. «A veces me gustaría ser libre de mis propios deseos, como un budista cualquiera, y ser feliz sólo contemplando la belleza que me rodea…», afirmaba en su último artículo en el Diario de Navarro el malogrado Iñaki Ochoa de Olza.
Un nómada sufre esa misma irrefrenable energía cuando observa un mapa del mundo. Cada país es una montaña que debe hollar con sus ojos.

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Ya está en la calle

Martina no ha descansado en todo el fin de semana para poder hacer las últimas correcciones. La mensajería Toursa ha retirado las planchas de la imprenta y las ha enviado a Suiza para que la diseñadora de el ok definitivo. Pero en el último momento me doy cuenta de que tenía que pedir el depósito legal y el ISBN. Y por fin el martes comienza la impresión. Durante el día Santi de la imprenta Narcea me va enviando las fotos de las planchas del nuevo libro según van saliendo de las máquinas. En un día o dos se entregarán al encuadernador y de nuevo Toursa se encargará de la distribución. En primer lugar a paquebote.com, pues ya hay acumulados pedidos aún antes de que el libro esté terminado, y acto seguido a mapiberia, que es la distribuidora que conseguirá que el libro llegue a todas las librerías de la península.

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Estos tipos son MACANUDOS, CHÉ!!

A finales del 2.001 me despedí de Horacio el Negro en Colombia. Fue cerca de Santa Marta un pueblecito del norte donde el aire huele a frutas dulces, a tintico y a humedad de los cuerpos de los amantes abrazados en el calor de la siesta. El Negro iba para Alaska y yo descendía por Venezuela, Brasil, Paraguay y llegaría muchos meses más tarde, en marzo del 2.003, a Uruguay. El Negro nunca llegó a Alaska. Consiguió un barco para cruzar a Panamá pero un tipo gordo, bigotudo y lleno de sortijas de oro, le prohibió la entrada porque la fortuna del Negro no superaba los 50 dólares. Ese dinero le sirvió para pagar el billete de regreso a Colombia donde semanas más tarde conseguiría otro barco que le dejaría por fin en América Central. Pero la visa a Estados Unidos no estaba a su alcance. Solo por entrevistarse con un funcionario le pedían 100 dólares, Hizo algo de dinero vendiendo pulseritas que él mismo fabricaba y que extraía de un tubito mágico cuando alguien se le acercaba y le formulaba la mágica cuestión: «¿Cómo te financias el viaje?«

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Blanco o negro

El día que los Estados Unidos decidía su futuro para los próximos cuatro años yo me dirigía hacia Los Angeles. El país amaneció tranquilo, no era festivo, como si esas elecciones presidenciales fuera algo que ocurriera cada martes. No se veían grandes aglomeraciones de personas en los colegios electorales. Era difícil incluso determinar donde estaban los colegios electorales. Las estadísticas aclararían más tarde que esta años ha votado menos gente que en las anteriores elecciones. La política solo interesa a los políticos, el Tour a los ciclistas y el amor a los poetas.

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El verano indio

La luna brilla con la insolencia y la belleza de una muchacha de veinte años. Se desata de los últimos pinos que pretenden enredarla, como un globo de helio que se le escapase a un niño, y alza su redonda figura al firmamento. Ni siquiera las estrellas son capaces de competir hoy con su hermosura. Su luz baña el bosque y convierte mi hoguera en poco más o menos que la débil llama de un extinto encendedor. Agónico fuego con el que ahuyento no tanto el frío como los osos. Si, de nuevo osos. Ya había mandado mi spray antiosos al rincón más oscuro y tenebroso de mi alforja trasera derecha y he acudido, hoy, a su rescate. A punto de entrar a Yosemite la presencia de osos negros es notoria.

La nieve ha bloqueado durante casi una semana el paso de 3.000 metros que, en la parte este, da acceso a este Parque Nacional. Una nueva tormenta está al acecho y no creo que vuelvan a limpiar el Paso Tioga. Permanecerá cerrado hasta Mayo del año que viene. Es lo habitual. Pero antes de continuar con la luna, las tormentas y la hoguera; Las Vegas.

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