La luna brilla con la insolencia y la belleza de una muchacha de veinte años. Se desata de los últimos pinos que pretenden enredarla, como un globo de helio que se le escapase a un niño, y alza su redonda figura al firmamento. Ni siquiera las estrellas son capaces de competir hoy con su hermosura. Su luz baña el bosque y convierte mi hoguera en poco más o menos que la débil llama de un extinto encendedor. Agónico fuego con el que ahuyento no tanto el frío como los osos. Si, de nuevo osos. Ya había mandado mi spray antiosos al rincón más oscuro y tenebroso de mi alforja trasera derecha y he acudido, hoy, a su rescate. A punto de entrar a Yosemite la presencia de osos negros es notoria.
La nieve ha bloqueado durante casi una semana el paso de 3.000 metros que, en la parte este, da acceso a este Parque Nacional. Una nueva tormenta está al acecho y no creo que vuelvan a limpiar el Paso Tioga. Permanecerá cerrado hasta Mayo del año que viene. Es lo habitual. Pero antes de continuar con la luna, las tormentas y la hoguera; Las Vegas.