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La lección de Jesús (el sin papeles)

Recorrer dos veces el mismo camino es algo que no me gusta hacer. Pero The Wave bien valía la pena y desandar la ruta para regresar a Kanab fue un placer (contra el viento) Y a punto de salir de ese tranquilo pueblo en el sur de Utah un hombre se acercó para hablar conmigo. Sucedió a la salida de la biblioteca, esos hermosos lugares en los que antes iba a leer el periódico o algún libro, y a los que ahora acudo para actualizar mi web y responder los correos electrónicos. Steve me sacaba dos cabezas y veinte años al menos. Steve me pidió que le acompañara hasta su casa, pues creía que a su mujer le gustaría conocerme. La casa no se encontraba muy lejos. Era un edificio de dos plantas, antiguo y, como supe después, con Historia. Entre otros ilustres personajes que habían dormido allí se citaba al mismísimo Buffalo Bill.

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The Wave

Ya me avisó mi amigo Salva: «Butanín, no te pierdas The Wave«. (Me llama Butanín desde que conseguí la visa para recorrer Bhutan) Yo le llamo otras cosas que no vienen al caso. Ver la ola, The Wave, es una lotería. Sólo 20 personas pueden acceder al día. La mitad de las plazas se sortean on line con meses de anticipación. Y para cada día quedan 10 puestos que se sortean a las puertas de la oficina a las afueras de Kanab. Normalmente hay unas 60 personas optando a alguna de esas plazas, aunque hay ocasiones que concurren hasta 150 personas. Si te toca tu número, al día siguiente serás uno de los afortunados que podrá recorrer un camino de dos horas (entre rocas, arena y cactus) hasta llegar a una pequeña grieta que conduce a la maravilla de colores, formas, texturas y silencio que configuran The Wave.

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Consejos para NO dar una vuelta al mundo en bici

Tal vez sea debido a esa crisis económica que, cual peste bubónica azota la vieja España, la razón por la que me llegan más y más correos electrónicos pidiéndome consejo para dar una vuelta al mundo en bici. Por si sirve de algo he decidido escribir este artículo con unos consejos generales. Escritos con mi alma de payaso y desde la posición de quien desde el ocho de octubre del dos mil uno ha convertido la bici en su hogar. En primer lugar he de aclarar que, tal como yo lo veo, una vuelta al mundo no puede dejar fuera África. Y por África no me refiero a Marruecos, Egipto o Sudáfrica. Recorrer el continente africano ha de hacerse al menos por la costa este, la más turística, para que una vuelta al mundo sea tal. Lo contrario sería como ir a nadar sin meter la cabeza en el agua.

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Hace falta más desiertos

Un par de noches de descanso en Moab fueron suficientes para renovar mis deseos de aventura y generar la energía que requería el camino de cabras del Shafer Trail. Denominado así en honor a un par de hermanos que en 1917 conducían el ganado por un desfiladero, abierto a golpe de pezuña de cabra, en la quebradiza roca del Canyonland; rojiza como la piel de una alemana tras una tarde tostándose en la playa de Benidorm. Treinta años y pico después el hallazgo de uranio en estas tierras provocó que el imposible sendero se ensanchara para dar paso a vehículos. Y terminado el uranio quedó la pista que ahora es usada por todo terrenos y algunos tipos que están como una cabra. Cual es mi caso y solo para hacer honor al origen del camino. El acceso al Canyonland por el Shafer trail tiene además premio económico: 10 dólares. Pues la garita de acceso al parque está unos metros antes del sendero y si tu alma de funambulista es capaz de superara esas cuestas de arena y piedras del 8% entras gratis al parque.

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Tengo que multarte

Leyendo esta crónica alguno va a querer pillar uno de esos vuelos de bajo coste del estilo a los que ofrecen www.vuelo24.es y venir a darse una vuelta por el sur de Utah. Algunas fotos que acompañan estas palabras dan prueba de ello. Pero antes una anécdota amarga que me aconteció tras pasar unos días de gloria en Salt Lake City en los que he hecho nuevos amigos: Lou y Julie, la encantadora pareja de warmshowers. Cualquier calificativo se queda corto para describir su generosidad, su hospitalidad, su amor por los ciclistas: por cualquier tipo de ciclista, haya estado 15 años en el camino o 15 horas.

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Papa: ´Quiero un rifle´

Los disparos se escuchan por todos los rincones haciendo imposible determinar donde está el enemigo. Apostado detrás de un coche blanco un hombre dispara. Sus piernas están bien separadas para asegurar que el retroceso de su escopeta no le tirará al suelo. Antes de disparar se toma tu tiempo, pues primero apura otra cerveza que tira en una caja. Es domingo en la montaña de Utah que se tiñe de rojo. No es la sangre de las víctimas sino el milagro del otoño, que va trasformando segundo a segundo, el color de los árboles: los arces. No hay gente caminando por la montaña (sería un suicidio con tanto francotirador suelto) y los que suben hasta los casi dos mil metro de altura, lo hacen en unas motos de cuatro ruedas, ajenos a la belleza y al colorido del lugar. El polvo que levantan cubre el rojo de los arces y me rompe el alma pues es como si tiraran cubos de pintura en la fachada de un bello edificio.
El hombre que dispara ha terminado su munición justo cuando llega su hija en otro coche que conduce la mama. La niña, de unos catorce años, va corriendo a buscar la diana para comprobar cuántos aciertos ha hecho su héroe. Creciendo en ese ambiente, lo más normal es que para el próximo cumpleaños la niña le diga a sus papas: «Quiero un rifle, o si no, una moto».

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Más bisontes que ciclistas

El propio folleto del Parque Yellowstone lo advierte en su interior: las carreteras son estrechas con poco arcén y los ciclistas corren peligro. Ayudaría un poco si además de los carteles que adornan el paisaje advirtiendo de la presencia de animales salvajes, hubiera alguno que dijera: Ciclistas en la ruta. Pero no nos engañemos, los ciclistas no dan de comer al parque y los osos sí. Pero las cosas han mejorado un poco con relación a los parques de Canadá. En Yellowstone al menos hay algunos campings con precio reducido para ciclistas o montañeros. Aunque en algunos como el Lago Lewis es una medida hipócrita. El emplazamiento destinado a ciclistas y montañeros (5 $ persona y noche) es tan pequeño que caben apenas dos tiendas. Mi nueva tienda, con amplio porche, ni siquiera entra.

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El Vasco que ahorra energía

Si lo hubiéramos planificado con tiempo no habría salido mejor. Con la escasa diferencia de un día, Lontxo y yo nos encontramos en Whitefish. Este encuentro me ha sabido tan bueno como el anterior – casualmente en otro pueblo que también tiene algo de White: Whitehorse- pero como ocurre con esos lugares para acampar que no te esperas y te sorprenden al final de una dura jornada, por no planificado parece más dulce. Al amigo Lontxo le dedicaré uno de mis artículos en la Revista Bike (en la que escribo mensualmente desde el inicio de esta vuelta al mundo), y no me extenderé aquí sobre su quijotesca figura. Baste mencionar que, tras haber pedaleado con él un par de días, he descubierto el secreto de cómo Lontxo acumula ya 15 años pedaleando por el mundo (170.000 kms). Todos sus gestos, los grandes y los pequeños, son medidos, diseñados para ahorrar energía. Lontxo se quita las gafas como un antiguo hidalgo se quitaría el sombrero ante una bella dama. Su miopía adquiere así rango de hidalguía. Lontxo no va más rápido porque no quiere. Subiendo el último puerto, tras el cual nos separamos hasta vaya usted a saber cuando, Lontxo se puso de pie sobre los pedales y mantuvo un frenético ritmo que ni el mismisimo Contador (con una bici de casi 70 kilos) habría mantenido su rueda. Ni abría la boca ni desviaba la vista del asfalto. Su concentración no estaba en ir más rápido, ni en llegar antes. Su interés era ahorrar energía para los cientos de puertos que le quedan hasta regresar un día a su querida Gasteiz.

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Viento, sudor y lágrimas

Por un perfecto carril bici, mantenido en invierno en razonables condiciones, mi amigo Mark me guía hasta el centro de Calgary. Ahora está retirado pero cuando trabajaba recorría ese trayecto dos veces al día (36 kms ida y vuelta). Nos conocimos en Nueva Zelanda el año pasado y llegué a Calgary, su casa, para visitarle. Durante tres días no me dejó acercarme al fogón y se preocupó de que no me faltara de nada. Aunque lo que me faltaba había quedado unos kilómetros atrás, en una intersección de la ruta. Las dos chicas suizas con las que he viajado varios días, pronto se convirtieron en una sola. Despedirte en una cruce de carreteras de alguien con quien has compartido tan buenos momentos en la ruta es extremadamente doloroso. Tanto que decimos ir a tomar un café para tratar de suavizar la amputación, sin anestesia local, de una parte del corazón que reciprocamente habíamos perdido cruzando el parque nacional de Jasper. El café no hizo sino prolongar lo improrrogable y saltamos a la bici con la certeza absoluta de que ninguno de los dos tenía idea de en qué cruce de carreteras nos veríamos de nuevo.

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Pasen y vean (previo pago) nuestros Parques Nacionales

En la Oficina del Parque Nacional en Jasper la simpática chica que nos da las instrucciones de cómo llegar hasta Banff se queda en blanco ante la pregunta que le formulamos:


«¿Cuántas tiendas caben en una plaza de camping?»
Tenemos tres tiendas y si debemos comprar dos plazas el presupuesto se dispara enormemente. Dentro del Parque Nacional hay plazas que cuestan 37 dólares por parcela. Somos 4 ciclistas y podemos dividir los costes pero si hay que pagar dos lugares…

Hay algunos campings más baratos: 27 dólares, pero durante el fin de semana están llenos.

Esto nos provoca otra pregunta que le formulamos de nuevo a la chica.

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