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Bachaqueros, Guarimbas y desfiles de Disney

Desde que visité por primera vez Venezuela, hace doce años, dos cosas permanecen invariables: una es el precio de la gasolina. Sigue siendo más barata que el agua. Es uno de tantos productos subsidiados por el Gobierno, hasta el extremo de que producir gasolina cuesta 28 veces el propio precio de venta (fuente PDVSA, Petróleos de Venezuela). Aunque el Gobierno trate de evitar el contrabando de gasolina por carretera hacia Colombia, cada día unos cien mil barriles traspasan la frontera: la picaresca, hija directa de la necesidad, es más audaz. Los venezolanos conducen viejos coches que han modificado para incluirles dos tanques de gasolina. Cruzan hasta Colombia, venden la gasolina a los locales y regresan vacíos. En el camino de vuelta paran a repostar en alguno de los puestecitos que, otros venezolanos, han instalado debajo de un árbol. Como Elizabeth. Con ese pequeño negocio mantiene a cuatro hijos y cinco sobrinos. Desde hace muchos años mencionar un aumento de la gasolina era como mentar la soga en casa del ahorcado. Pero desde que salen cien mil barriles a diario con destino a Cuba, regalo al hermano Fidel, la gente empieza a protestar. Un gasolinero gana más con las propinas de los conductores que repostan que lo que le corresponde por su propio salario. (Haz click en el título para leer más)

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A por otra vuelta al mundo

La frontera terrestre de Panamá es bien temida por los ciclistas porque desde hace algunos años los policías panameños les atemorizan solicitándoles un billete de avión que pruebe que abandonarán pronto el país, y fondos suficientes con los que pagarse sus noches panameñas. Sucio abrazo de bienvenida para quién viene pedaleando desde el otro lado del Globo. Te hacen sentir como cuando alguien te invita a su casa y, sin tiempo a quitarte el abrigo, te lanza un ¿Cuándo te vas?
Martina es diseñadora gráfica y con experiencia más que sobrada para crear un par de documentos en pdf idénticos a los que emiten las compañías aéreas llamados billetes de avión. Casi hasta que me molestó que el funcionario de la fronteras no me lo pidiera. Con lo bien hecho que estaba mi ticket de avión hacia Madrid. A Martina si le sirvieron sus horas creando el billete de avión y les mostró su trabajo que fue aprobado con nota alta por el funcionario.

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El sabor de un país no hecho para ciclistas

No es raro que Costa Rica sea un país por el que los ciclistas vuelan más que pedalean. El argumento más oído es el de que es un país caro. Y es cierto pero no el único motivo. El almuerzo más barato que puedes encontrar son cuatro dólares (sin refresco). Pero si te equivocas pueden pedirte diez. Nos ocurrió en el Parque Nacional Santa Rosa. Ocho kilómetros antes de la entrada un cartel indicaba las tarifas del parque. La foto no deja lugar a dudas. Son diez dólares por entrar y dos por acampar (por día). Si nos quedábamos dos días calculamos que el primer día costaría doce y el segundo dos, esto daba una media aceptable para las arcas de nuestro Estado mayor. Bajo una hermosa arboleda que nos protegía del fuerte sol con sus abrazos de ramas y follaje intenso, buscamos la recepción, que es el lugar en el que en la mayoría de los países del mundo se satisfacen los honorarios de la entrada a un recinto, sea museo, hotel o parque nacional.
«¿Podemos pagar la entrada?«

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Por dos

He pasado unas navidades que podrían ser la envidia de todos aquéllos que detestan las lucecitas de colores, los arbolitos sin raíces, los papa noeles clónicos y las compras de último minuto. Unas navidades sin falsas sonrisas, sin comidas de empresa, sin amigo invisible y sin uvas. Retirado en una finca al norte de Matagalpa, donde no crecen uvas sino café, despedí el 2013 a eso de las diez de la noche. A veces huir de las tradiciones es muy sencillo cuando careces de los figurantes del Belén. Ni Melchor, ni bueyes, ni peces en el río. No hay diferencia entre el 2014 y el 2013, y bastará que llegue Febrero para que muchos se den cuenta. La ilusión de fin de año es la quimera del oro, el billete de lotería en casa del pobre o la estrella fugaz del desierto en la que el nómada confía su postrero deseo.
Tras finalizar una primera redacción de un libro sobre Cuba y un breve, pero iluminador, documental sobre la Isla, dejé Matagalpa rumbo a Managua. Cómo duelen las piernas tras casi tres semanas sin moverlas. La primera noche pedí asilo en una escuela cerrada y custodiada por el bueno de David. Allá monté la mosquitera y me volví a sentir de nuevo vivo, como si no hubiera habido un cambio de año sino de luna. A Managua llegué ya de anochecida, y gracias a la hospitalidad de la familia Farahani me alojé en su casa. Ellos no están, pues viven en Texas, pero su casa está abierta para nómadas de nido efímero. Allí aguardé la llegada de Martina con quien viajaré en adelante. Nos conocimos en Alaska hace más de un año y tras algunos encuentros nada casuales en la ruta, hemos decidido viajar juntos. Para alguien como yo, que nunca ha vivido bajo el mismo techo con una mujer antes, compartir ahora un pedazo de tela y los palos de la tienda es, por sí mismo, más aventura que la cara norte del Everest en invierno. (Media vuelta mirando al tendido y montera lanzada por encima del hombro sin observar su caída en el foso).

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Para los muy cafeteros

El catarro no le deja a Juan a sol ni a sombra. El cielo no entiende que es Navidad, y que en esta época hay que ser benevolente. Lleva dos semanas sin parar de llover a pesar de que dicen que ya estamos en la estación seca. Un plástico azul que él mismo se ha hecho le salvaguarda de quedar empapado en la primera hora del corte del café. Su relación con la mata de café es como la de un bailarín de salsa con su pareja: cerquita pero no demasiado, lo justo para meterle la mano y arrancarle los granos más rojos, duros y firmes, que darán lugar a uno de los mejore cafés del mundo. Las manos de Juan son a la vez sus ojos.

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El show de la basura o Dios no puede esperar

Mi primera parada en Nicaragua fue en León. A las cuatro de la tarde todo el calor de la ciudad parecía concentrarse en torno a la monumental catedral. Si la de León (en España) es espectacular, la de Nicaragua no lo es menos. Además dispone en frente de una amplia plaza, desnuda de arboleda, lo que permite observar la grandiosidad de este edificio de tres naves y muros tan gruesos como los de una fortaleza medieval. A esa hora en que el sentido común impone estar durmiendo la siesta, un gigantón alemán me sustrajo de la contemplación de la catedral. Era Wilko, a quién un amigo suyo de Zaragoza que me sigue desde hace años, le avisó de que yo andaba por el país. Wilko me había ofrecido un lugar para descansar en León, donde él vivía. Lo que yo ignoraba es que él también estaba de viaje, es decir, de paso por León, y que su ofrecimiento de alojamiento era en realidad una oferta a costearme una habitación en el hotel en que él se hospedaba. Aunque me negué a que me pagara el hotel tuve que acabar aceptándolo pues Wilko era tan tozudo como alto. Al final incluso no tuvo que pagarlo, pues el propio dueño del hotel, advertido de mi proyecto, decidió colaborar y no cobrar la habitación en la que me quedé casi una semana. La razón de tan larga estadía en León la tienen dos encantadoras damas estadounidenses.

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Rápido, no sea me roben el jabón

Escribo en el guardabarros delantero «H O N D U R A S « aunque no considero que he visitado Honduras pues mi paso por ese país ha durado menos de lo que me dura un helado (quienes me han visto comer helados saben de lo que hablo).
No ha habido país de Centro América que fuera a recorrer donde no escuchara lo de: «Ten cuidado, hay mucha mara (pandilla), y es bien peligroso». Y es verdad que el olfato me dice que estos lugares no son para detenerse en las esquinas tirando fotos y mejor pasar rápido. Un hombre de 65 años con el que pedaleé unos kilómetros me contó su propia experiencia.
«La pasada semana venía por aquí con mi bici y mis jabones. Vendo jabones en las casas para sobrevivir. Unoss chicos salieron de un matorral y se llevaron todo lo que tenía. Ya no vendo, si me quieren robar sólo se pueden llevar mi vida».

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La cara y la cruz del clown

Situación número 1

«No tenemos tiempo de organizarlo«, dice Neslon.

«Bueno Nelson -le comento poniéndome de pie- ahora imagina que yo te doy 1.000 dólares. ¿Necesitas una semana para aceptarlos? Si yo te digo que el espectáculo vale eso a lo mejor encuentras la forma de hacerlo».

Nelson es un salvadoreño de risueña mirada aunque en ese momento en que le lanzo la pregunta aparece preocupado. La reunión con él y otros campesinos de Comasagua fue promovida por Patricia. Una francesa que ha colaborado en varios documentales que he realizado por medio de crowdfunding y a quién acabo de conocer en persona. Ella ahora es profesora del Liceo Francés en la capital y un día antes de esa reunión me escribió un correo para advertirme de que ella vive ahora aquí. Me presentó (por correo) a Michel, un francés que lleva muchos años en El Salvador y que trabaja para la única Ong francesa en este país: Socorro popular, que ayuda a los campesinos de Comasagua: un pueblo que practicamente desapareció en el terremoto del 2.001.

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De sonrisas, basura y eufemismos climáticos

Con la amargura de un limón voy descubriendo que regalar sonrisas no está siendo fácil tampoco en América Central. Las personas que me ayudaron a contactar con la ong Aldeas Infantiles en Guatemala, en Xela, se llevaron una gran sorpresa al ver que ni la directora del centro asomaba la cabeza para aceptar o rechazar el espectáculo que les ofrecí. En la capital de ese país me acerqué al centro cultural español. Buenas palabras, otro día tomamos un café y golpecitos en la espalda pero…, la agenda cultural ya estaba cerrada. Y tampoco disponían de contactos en donde ofrecer gratuitamente mi espectáculo. Cuando digo contactos me refiero al nombre de una persona de una institución que trabaje con la gente más humilde en alguno de los muchos barrios humildes que hay en Guatemala.

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Nueve lecciones en nueve años

Una foto encriptada en un disco duro es la indestructible memoria del que ya tiene alzeimer. Ese chico, de pelo negro con mínimas canas, que corta la cinta con los colores de la bandera de Asturias en la foto que estos días aparece en la cabecera de la web: soy yo. Por más que a mi me parezca mi hermano menor. Celebro en ruta otro aniversario más de este sueño que es casi como una reencarnación sin muerte, un postre sin sopa, un orgasmo sin presentaciones.

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