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Esa frontera desconocida

Hay un famoso dicho que afirma que «Hasta el rabo todo es toro» y yo podría decir que «Hasta la frontera todo es barro», porque meterse por la frontera de las montañas entre Ecuador y Perú es una locura hermosa. Uno de esos actos conscientes de los que te arrepientes cada día un poco, pero nunca lo suficiente como para abandonar la faena. Salí de Loja con el cielo más despejado que había visto durante los varios días que pasé en esa ciudad, por cierto, alojado por un seguidor en twitter y su amable familia. Atravesé Vilcabamba y no encontré a la misionera que había conocido hacía 12 años atrás y de la que hablo en el documental Kilómetros de Sonrisas. La ciudad que presume de dotar a sus habitantes de larga vida está hoy día llena de turistas (en muchos casos norteamericanos) que se retiran en busca de un buen clima y un ritmo de vida que les haga sacar mayor partido a su pensión de jubilación.

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A Loja me (Aloha me)

Cuenca es una ciudad para caminar y descubrir. Te seduce desde el primer paso; ya lo hizo doce años atrás y lo ha vuelto a repetir. Dejarse llevar por sus calles, sin rumbo fijo, paseando de plaza en plaza y observando como la luz se consume en los cerros que la circundan, es un goce para los sentidos. Los peligrosos helados de Monte Bianco (de maracuyá, nueces con chocolate, mandarina…) amenazan en cada esquina, pero tras la paliza que me esperaba más adelante podía comer uno al día. Iba a necesitar esas calorías y muchas más.

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Donde vuelan las piedras

Inicio esta crónica en el aula de una escuela de un pueblito de los andes ecuatorianos. A casi 4.000 metros de altitud. Los dedos no atinan con las teclas y a cada línea debo frotarme las manos. Una familia ha venido a ofrecerme unas mantas y, de paso, a echar un vistazo al campamento que he montado en la clase. La bici en una esquina, el saco de dormir en el suelo y la cocina descansando hasta la hora del desayuno. Hoy no podía haber encontrado un mejor lugar. Esta desangelada aula tiene hasta electricidad. La vida del nómada es tan simple y sencilla y su confort tiene parámetros tan ínfimos que basta bien poco.

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A paso de hormiga por La Hormiga

¡Ay qué caminito!, para llegar hasta la frontera más sencilla e informal de los últimos años. Una ruta que no concede un descanso ni a las piernas ni a los frenos. En Mocoa descansamos unos días hasta que el estómago recuperó la tranquilidad y no nos obligaba a ir al baño cada vez que comíamos. Salimos de Colombia por una carretera que hacía simpáticas curvas en alegres subidas y bajadas que pronto llegaron a ser, todas ellas, tanto las curvas como las subidas y hasta las bajadas, odiosas. Un oledoducto discurre paralelo como una valla o un quitamiedos, a la sinuosa carretera. La idea del gobierno colombiano es pavimentar todo esto para descentralizar el tráfico pesado que, hoy por hoy, sólo cruza de Ecuador a Colombia por la única frontera terrestre, la de Ipiales. Por ahí crucé hace 12 años y era el momento de probar otras fronteras, por más que en el mapa cueste descubrirlas. Hace 12 años, los pueblos que jalonan esta ruta eran fábricas de coca y prostíbulos.

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Al escondite con la lluvia y con la muerte


La espera forma parte de la alegría, decía el gran Luis Rosales. En esta época de grandes lluvias en Colombia, yo añado que forma también parte de la vida del nómada. Ha llegado el invierno, lo que significa lluvias fuertes que obligan a refugiarse hasta que las nuebes muestren algún signo de debilidad. Es habitual que por la noche llegue la principal tormenta, pero ésta al igual que la alegría, no entienden de calendarios. La única especie animal que se rige por calendarios es la humana. Esa estructuración del tiempo en días, semanas, meses y años es una de las formas de esclavitud más antiguas aún no abolidas.

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El show del paraíso y la hipocresía mediática

Este espectáculo, el número 63 de la vuelta al mundo, es hijo de las redes sociales. Como siempre hago solicité a mi Embajada en el país que estoy recorriendo, ahora Colombia, contactos para llevar mi espectáculo, gratuito y para todos los públicos, a algún sector marginado de la gran urbe de Bogotá. De los contactos que me facilitaron, cinco, escribí a todos pero nadie contestó. Y de repente un día en twitter veo que una ong llamada holaghana está interesada en organizarlo. El fundador es un español, Óscar Pérez, que a una edad semejante a la que yo tenía cuando decidí dejar mi trabajo de salario fijo y sueños pospuestos, dio también el portazo y creó su propia ong para vivir más en armonía con el universo. Ahora está en Colombia y en apenas dos años ha creado una red de lazos muy fuertes con otras ongs y personas que viven en una parte de Bogotá que, muchos bogotanos, nunca han pisado ni pisarán: Ciudad Bolívar.

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Doña Pepita y su merced

Las malas rachas, como las tormentas, a veces se ven venir. Estoy en racha (mala) con la autoridad. Porras es el agente número 193834, número demasiado largo para protagonizar una película de James Bond, pero de longitud adecuada para esta arrancar esta historia. Los controles de policía en Colombia no vienen acompañados estos días de toda la parafernalia militar que yo vi cuando recorrí este país en el 2.002. Son apenas un par de pivotes de color naranja desgastado por el sol, mal alineados, y una furgoneta varada a orillas de la carretera. La tarde agonizaba a la par que las fuerzas y aún quedaba la subida hasta Pamplona. En total ese día ascendimos 1.850 metros. Las paradas en boxes estaban contadas para poder llegar a Pamplona con luz de día, y detenerse en un control de tráfico no estaba contemplado en la hoja de ruta. El agente Porras me mandó pararme y, aunque no me gustó pues me iba a hacer perder un tiempo precioso, lo hice. Le mostré el pasaporte y entonces me vino con la copla:

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Detenido en Venezuela

Sólo hay algo peor que una dictadura; un régimen que se venda como democrático, pluralista y abierto, cuando en sus venas corre no obstante sangre de venganza, discursos de autoritarismo y genuina represión policial y militar en las calles. Más de un mes ya en Venezuela y ha tenido que ocurrir un lamentable suceso en el pueblecito de El Cobre en Táchira, para experimentar en mis propias carnes, la sinrazón de este gobierno bolivariano al que Chávez dejó huérfano de liderazgo. En la televisión del gobierno he escuchado al actual presidente, Maduro, hablar de Paz un día y al otro hablar de mano dura, sin concesiones, contra la derecha fascista. Si el castillo no tiene fantasmas los turistas no accederían, así que Maduro resucita viejos fantasmas, usando lo que siempre ha funcionado en todo el mundo para mantenerse en el poder: meter el miedo en el pueblo.

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Zimbabwe, Cuba y Venezuela; en la misma liga

Si hace quince años (más o menos cuando Chávez tomó el poder) les dijeran a los venezolanos (y venezolanas como a él le gustaba llamar) que serían marcados con un número en la piel cuando fueran a comprar alimentos al supermercado nadie daría crédito al autor de esa afirmación. Elaida se ha levantado a las cuatro de la mañana y ha acudido a hacer la cola al mercado popular porque ha corrido el rumor de que hoy llegará un camión con harina. Pero al llegar a la cola ha tenido que regresar a casa porque ya habían sido repartidos,o mejor dicho impresos en la piel, todos los números a las personas que estaban aguardando bajo las estrellas. Algunos habían llegado a las once de la noche del día anterior. Elaida no se ha resignado y ha conducido su coche hacia el páramo, a unos treinta kilómetros, porque ha oído que un comercio tiene harina y tal vez pueda comprar algo. La harina es fundamental en la cultura venezolana porque es el ingrediente básico para hacer las famosas arepas: tanto como lo es el arroz para Japón. Apenas hace cuatro meses se podían encontrar varias marcas de harina en el supermercado. También leche en polvo, aceite, papel higiénico, jabón para lavar las manos, champú…

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