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En tierra de yaks

Son posiblemente lo más parecido a un vaquero que puedes ver hoy en día. Aunque no van ya a caballo sino en moto. Las marcas de estos vehículos son de risa. Unos nombres de lo más imaginativo aunque todas acaban rezumando Honda, Yamaha o Suzuki por alguna parte de su nomenclatura. Los jinetes o pilotos llevan sombrero de ala ancha estilo Jhon Wayne y no casco. Calzan botas de cuero (o casi) y llevan gafas de sol estilo Ray Ban (o casi). Unas enormes chaquetas, las mangas son vez y media el brazo, los resguardan del frío que acostumbra a hacer a 4.000 metros. Posiblemente ninguno tenga licencia de conducir ni haya recibido clase alguna. Ya se han visto jinetes tratando de frenar la moto tirando del manillar hacia atrás. Casi todas van equipadas con un potente altavoz que las anuncia de lejos tanto como el motor del vehículo. Las melodías parecen cantadas por una madre que está viendo torturar a su hijo.

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La estrella fugaz de Litang

Junio me pilló en las alturas, en los pasos de más de 4.000 metros que desde hacía años había soñado recorrer un día. Pasos largos, interminables, algunos de los cuales hay que hacer en dos días pues si coronas a la tarde tal vez no encuentres donde colocar tu tienda por la noche. Terrenos que el viento ha hecho imposible habitar. Nadie se detiene en estos lugares. Todos estamos de paso. De paso por los pasos. Aunque cuanto más alto subo con mi bici más pequeño me siento.Texto de introducción

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El tigre no pasó por Dali

Algunas noches aún debo quemar las espirales que ahuyentan a los mosquitos. Y eso que estoy a más de 2.000 metros de altura. ¿Será cuestión de subir a los 4.000? No creo que sean portadores de malaria pero molestan más que un yak, que es lo que uno esperaría encontrar por estos pagos. Más que la malaria me preocupa ahora la Girardia, o como se diga. Una bacteria hallada incluso en el agua más trasparente y generalmente trasmitida por los animales.

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De arrozales, demonios y arquitectos

La luz del atardecer se prolonga ahora un par de horas más y me permite avanzar por estas montañas chinas. Son pequeñitas pero demoledoras cuando se alían con un sol sin nubes y 40ºC. Más o menos cada día me toca un puerto de 1.500 metros. Me las prometía felices por una carretera recién asfaltada cuando un motorista, que acababa de pasarme en dirección contraria, me esperaba en la cuneta. No le había visto adelantarme concentrado como estaba en que la bici no se quedara pegada al asfalto derretido. Al quitarse el casco amarillo dejó ver un pelo del mismo color y unos rasgos nada chinos.

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Hacia el color marrón

Roberto, durante los días que me visitó en Laos, quería acampar un día conmigo, jugar al tenis y que lloviera mientras pedaleábamos. La lluvia no le esperó. Me cayó el día que abandonaba Oudomxay (Laos) por una carretera en destrucción (o en construcción dependiendo del punto de vista) rumbo a China. Para ser la única frontera abierta entre Laos y el gigante amarillo sorprende que esté en tan mal estado.

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Dos son compañía

El río Mekong está muy bajo. Las grandes presas que están construyendo en China están afectando a los países que viven cerca del río. Un mal que sólo la lluvia puede resolver. La temporada seca llega a su fin cuando el termómetro alcanza los 45ºC en las carreteras de Laos. Tras los primeros días en la capital de este tranquilo país, Roberto y servidor emprendimos rumbo al norte. Primero había que conseguir una bicicleta para él. Fue cuestión de horas y de unos cuantos euros. De Vientianne pretendíamos subir hacia Luang Prabang por una carretera que salvaba varios puertos de más de 20 kms. La primera etapa de 81 kms fue histórica.

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Aquí a Laos

Tardé un día más de lo previsto en salir de Vietnam. El mapa que tenía era tan malo que me perdí en una jungla de carreteras secundarias. Eso, aderezado con unas divertidas instrucciones de algún vietnamita cachondo, me tuvieron un día arriba y abajo moviéndome casi en círculos. Vietnam ha sido el país donde, en proporción al número de noches, he pernoctado más noches en la tienda. La hospitalidad de ese país es comparable a la luz que brindan los fuegos artificiales. Casi todos los vietnamitas dominan dos palabras en inglés que escuché con demasiada frecuencia: hello y no. Te dicen hello más como una broma que como un saludo. Y al ir a pedirles un lugar para dormir te sueltan el no. Ni en escuelas, ni en policías, ni en edificios del gobierno, ni en Iglesias católicas?; nada.

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Cronica desde la Cochinchina

Más o menos una pagoda para cada 1.000 habitantes. En la capital cultural de Hue, una ciudad atravesada por el río Perfume, esa es la estadística. Al norte del oloroso río se extiende el bullicioso mercado y la vida más vietnamita. Al sur del río los franceses construyeron bonitos edificios de estilo streamline moderne. Desde la estación de tren hasta el puente de Trang Tien (sólo circulable a pie en moto o en bici) la calle Le loi es la meca del turismo. Trasportados hasta aquí en jaulas de cristal, los turistas echan pie a tierra y comprenden que el mejor modo de conocer esta bella ciudad es a pie o en bici. Los que ya no tienen fuerzas para pedalear se suben a alguno de los enormes triciclos que, por unos dólares, les dan un par de vueltas a la manzana.

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Otro planeta

En Vietnam los coches no tienen intermitente (al menos yo no he visto que los enciendan). La técnica desarrollada por este país que un día fue comunista para adelantar es simple y sonora, no lumínica. Cuando ven en lontananza un objeto que pueden sobrepasar hacen tocar el claxon incrementando (si cabe) la intensidad y la frecuencia a medida que se aproximan al objetivo. En el preciso instante de sobrepasarlo dejan clavada la mano en el claxon convirtiendo lo que había sido un estridente y horrible pitido en una estridente y horrible sinfonía de pitidos. Cuanto más pequeño es el objeto a adelantar mayor es el número de pitidos. Por ejemplo no se debe tocar igual si se adelanta a un coche que si se hace a un O.R.N.I (objeto-rodante-no-identificado, como bicicleta). Si dos vehículos se encuentran frente a frente adelantando ganará el mejor solista.

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