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La lección del colibrí

En la calurosa sala del aeropuerto de Mexico DF los altavoces recuerdan, por última vez, que el vuelo con destino a Alaska va a despegar de forma inminente. Cargados con las bolsas de las últimas e innecesarias compras del duty free, los pasajeros van poco a poco accediendo al pájaro de metal que los trasladara, en menos de un día, hasta el norte de América. A esa misma hora otro pájaro inicia su vuelo con idéntico destino. No lleva pasajeros a bordo, ni maletas, y por más combustible no carga más que un afilado y largo pico curvilíneo del que irá sustrayendo a las flores el manjar con el que alimentar su cuerpecito en una travesía de meses. Pocos pájaros hay en el mundo que, con relación a un peso tan liviano, sean capaces de cubrir una distancia tan grande.

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La felicidad del día siguiente y su relación con los 5 sentidos

Lo primero que perdieron fue la mirada. El contacto con los otros. Se quedaron ciegos aunque ellos seguían viendo. No miraban pero veían. Se cruzaban con otros seres y, aunque estos fueran desnudos o tocados con un sombrero de copa, no les prestaban atención. No lo hacían desde luego de una manera natural, ya que el cerebro ha sido diseñado para hacer sonar la alarma cuando vemos algo que no encaja en lo tradicional, pero le ordenaban al hipotálamo que no se excitase. Algo similar hacían con sus correos basura en el ordenador: sin llegar siquiera a abrirlos ya los habían eliminado. José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera relata como sería un mundo sin visión y las consecuencias son aterradoras.
Y ese es, apenas, uno de los cinco órganos sensoriales.

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Técnicas africanas para Canadá: inimaginable

Las enormes distancias entre pueblo y pueblo (el último supermercado lo vi hace 19 días), la agobiante y permanente presencia de mosquitos y la amenazadora presencia de miles de osos, convierte el recorrido por Canadá en una diminuta pesadilla. Si a esto le añadimos la lluvia y los escandalosos precios del pan o una simple lata de atún en alguna de las escasas tiendas de la carretera, no conviertene a Canada en uno de los mejores destinos para ser un nómada. Se entiende por nómada aquélla persona que está en un continuo viaje, sin residencia fija. Aunque en los países que se autodenominan primer mundo no se les llama nómadas sino vagabundos, como si tener una casa te diera confiriese más derechos y te elevase a una categoría diferente a la de pájaro, salmón o nube.

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Con el Gardel de la bicicleta

Uno podría pasar todo lo que dura un verano en el Yukón, el peor verano en años dicen los de aquí, escuchando a Lorenzo Rojo: un vasco que lleva ya 15 años tipitapa (pasito a pasito en euskera) en bicic por el ancho mundo. Lo más interesante de lo que Lorenzo dice es lo que calla. Sus manos liándo un cigarrillo como quién puliera un diamante, sus movimientos tan precisos y lentos que uno diría que tiene una batería limitada. Compartimos hace 6 años lindos paseos por Maputo (capital de Mozambique) pero ahora nuestras conversaciones se han hecho más densas: como si dos académicos de la Lengua que se admiran se reuniesen, tras mucho tiempo en contacto, pero la reunión fuera breve: lo que dura un verano en el Yukón.

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De esto hace aproximadamente 112 años

Los caballos, en número de seis, eran cuidados con especial interés y cada uno tenía nombre propio. No sólo por el bien del negocio sino porque si morían o desfallecían de frío, tal vez ni los pasajeros ni los conductores saldrían con vida de aquélla. Gruesas mantas les protegían el pecho y los costados, y en sus patas, unos inventos de metal de afiladas puntas evitaban que resbalasen en el hielo.
La compañía White-pass and Yukon Road ofrecía este viaje entre Dawson y Whiterhorse, en invierno, por una ruta más directa que la que hoy he seguido para llegar hasta la capital del Yukón. Aprovechándose de que la tierra cerraba sus grietas en un letal abrazo de hielo, los caballos que tiraban del carruaje podían acortar por valles que en verano eran ciénagas por donde los mosquitos harían imposible aventurarse en esos terrenos.

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Cuando el río suena oro lleva

«El comfort es muelle, cada vez más muelle, ablanda, aquieta, inmoviliza. Y si a pesar de todo te movés, es para ganar más plata, a fin de conseguir más comfort» (La vecina orilla, Mario Benedetti)

Un viento favorable me impulsa para salir de Tok. Aunque no me sopla en la espalda sino en el corazón. La visita, inesperada y carnívora, de mis nuevos amigos españoles que conocí en Fairbanks me da la energía de la que mis piernas adolecen para mover a Karma. Se han metido más de 600 kilómetros entre pecho y espalda para hacerme dos impresionantes barbacoas. No pueden ser mejor gente. Gracias amigos.

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De reencuentros entre viajeros, con sus silencios y corcheas

A punto de abandonar Alaska y entrar en Canada he decidido cambiar de frontera. Cruzaré por la que une, más al norte, norteamerica y Canada. Una ruta que se llama «La cima del mundo» y cuyo nombre, siendo una mentira para atraer más gente, no deja de ser evocadora. La cima del mundo podría ser, en su caso, algunas de las pistas que por encima de 4.000 metros conectan los profundos e inmensos valles del Tibet. Pero en Tibet no necestian crear productos de marketin para captar turistas.
La razón para modificar mi ruta se llama Terry. Un neozalendés que conocí en su país hace meses y que con sesenta y pico años, ha estado recogiendo manzanas por 15 dólares la hora para juntar fondos y pagar un avión que, junto con su bici, le trajera por estas latitudes. Terry cruzará por esa pista que lleva a Dawson (Canada) y si yo lo hago por otra frontera no nos veremos. Y eso no se puede consentir.
Los encuentros entre viajeros son tan raros y excepcionales como hallar en tu jardín un trébol de cuatro hojas, ver un arco iris doble o sorprender a un alce cruzando la ruta.

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Y al noveno día apareció Fairbanks (parte 2 de 2)

El primer y mustio árbol surgió nada más bajar el paso de Atingun. Más parecía un poste de la luz que un árbol; no tenía ni ramas. Pero pronto surgieron cuatro más, y veinte, y de repente un bosque. Y la amenaza de lo osos grizzley se convirtió en la de los osos negros, que son los que suben a los árboles. Me tomé más en serio lo de no comer cerca de la tienda antes de dormir y tratar de subir la comida a un árbol lejos de mi campamento. Era un poco más de trabajo del habitual. Empaquetar junta toda la comida y meterla en una bolsa hermética para no atraer a los osos, cuyo fino olfato percibe la comida desde bien lejos.

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Más al norte solo está el sur (parte 1 de 2)

La sala del diminuto aeropuerto de Deadhorse (caballo muerto) pronto se quedó despejada. Los demás ocupantes del avión que habían viajado conmigo desde Anchorage ya habían retirado sus maletas de la bandeja de equipajes y habían partido a sus habitaciones metálicas: containers. Todos lo hacían en coche. Nadie camina por Deadhorse pues, en realidad, no hay aceras, calles, ni farolas. Todo es una placa de hielo, un mar sin más vida que la que comienza a aflorar, el uno de junio, con el deshielo.
Monté la bici y coloqué todas las alforjas, ante la atónita mirada de un policía que no daba crédito a que una bici pudiera acarrear tanto material. Una vez terminé, comi unas bolitas de arroz que había preparado por la mañana antes de ir al aeropuerto, y salí a la calle. 0ºC y un viento que cortaba la digestión.

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Recobrando el latido

Las montañas, aún nevadas, recuerdan con su imponente presencia, visibles desde cualquier calle de Anchorage, que el verano solamente ha iniciado su andadura en estas gélidas latitudes. Yo comenzaré la mía mañana. Si hay sitio en el avión de Alaska Airlines llegaré a Dead Horse llegaré a las 4,30 pm, y tras prepararme algo de comida y poner a Karma en orden saltaré al ruedo polar Ártico. Posiblemente esos diez días (nueve con suerte) hasta Fairbanks, cargado de comida y de moral a tope, sean los más duros que deba afrontar este año. Por aquí pasó hace exactamente 365 días mi amigo Salva y los detalles de su lucha en su web no son alentadores. «Salgo del aeropuerto montado en la bici a las 6 de la tarde del 2 de junio. Fuera me reciben dos grados bajo cero y un viento de ballenas que hiela todo a su paso. Me abrigo, saco la espada y a duras penas me abro camino en la batalla. Aquí no se queja nadie, estoy en plena costa del Ártico y no esperaba cocoteros, ni sol como bienvenida» Web de Salva

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