Asia

dolarizado

Otro país dolorizado

A las cinco de la mañana las putas y los turistas se dan cita en las céntricas calles de Siem Reap. Pero para desconsuelo de aquéllas los turistas, ataviados con gorro de paja y gafas de sol, se suben al pequeño autobús que los aguarda a la salida de su hotel tres estrellas. Las camboianas, de labios sensuales y ojos rasgados, que no han pillado su cachito de dólar con patas a las cinco de la mañana deberán aguardar al día siguiente.

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rumbo

Rumbo a la más pequeña

El tren que pretendía tomar, rumbo al norte de Tailandia, partió a su hora. Iba lleno. El fin de semana pasado se celebraba el Año nuevo Chino y todo el mundo se mueve. Tres días de cerrado por vacaciones. En el último momento opté por pedalear hacia el norte de Tailandia, en la frontera con Laos. Volví a pasar por Ayutaya, uno de esos lugares históricos en donde de cada tres turistas, cuatro no regatean el precio del hotel.

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agujero

El agujero en la pared

El guerrero cambia de táctica a medida que va acumulando experiencia. Cuando recorrí América del Sur (2.001-2.003) no entraba en las grandes capitales pedaleando. Paraba unos kilómetros antes, generalmente en una gasolinera, y pedía a alguien que me llevara para evitar circular por las barriadas y para eludir el caos del tráfico. Ahora, tras casi 7 años de experiencia en ruta, ya no utilizo ese método.
Entré a Bangkok con un pequeño plano y alguna vaga idea de dónde se hallaba la casa de mis amigos Cynthia y Joel. Había estado en su casa hacía casi un año, cuando procedente de India, bajé hacia Malasia e Indonesia.

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cumplieron

Cumplieron

La lluvia tardó un par de días en abandonarme. Me zafé de ella en cuanto me acerqué a la frontera de Tailandia. Dos días antes de llegar a Kota Bharu (aún en Malasia) el sol me trajo de nuevo a mi sombra. La echaba de menos. Sucedió además en una pequeña y secundaria carretera. Tan secundaria que los coches no podían pasar por los puentes. Demasiado estrecho para sus cuatro ruedas. Sólo el tren podía hacerlo.

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algunos motivos

Algunos motivos

En un restaurante de carretera en Borneo (Malasia), el agua almacenada en un tanque ad hoc y con hielos (de los de cubitos), es servida gratis a los clientes. En la pared aparece escrito el menú, con precios y todo, y al ir a pagar te cobran lo mismo que figura en el panel. Sin haberlo ordenado, junto con la comida solicitada, te proporcionan una sopa. La televisión está apagada, pero no porque esté estropeada, sino porque no la han encendido. De este modo en el restaurante reina casi el silencio o se escuchan algunas conversaciones. Nadie viene a preguntarte, nada más llegar, de dónde vienes y a dónde vas. Sobre la mesa en vez de un rollo de papel higiénico hay servilletas. También son usadas para envolver los cubiertos, individualmente, y protegerlos de las moscas. Las fotos que adornan las paredes tienen marcos y están colgadas a la misma distancia del techo guardando así cierta harmonía. El techo está pintado de un color y las paredes de otro, pero no porque se haya terminado la pintura, sino por una opción del dueño. El local tiene cierto gusto. Afuera hay un lavabo que tiene hasta un dispensador de jabón. Este está lleno. El reloj de pared, modelo estación Atocha, da la hora correcta. Poca gente fuma.

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estoy con un pedo

Estoy con un pedo de la leche

Una prostituta me invitó a dormir. No en su habitación, decorada en rosa, con ositos de peluche y ambientador con olor a fresa, sino en la habitación de al lado. Había llegado al punto en el que el único lugar para descansar era un restaurante de carretera. La jungla era muy cerrada y llevaba toda la tarde subiendo. El aroma del cacao, secando en los bordes de la carretera, y las piñas que colgaban de los pequeños e improvisados puestos de madera me había agotado. Un olor dulzón, pesado como un muerto de tres días, agobiante como un mosquito dentro de la tienda, mareante como el aroma que se respiraba en la habitación de la prostituta. Me había detenido en dos restaurantes más pero no me inspiraban confianza. O eran muy sucios o no había comida.

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noe

Que fue de Noe

Cuando te adentras en el centro de la isla de Sulawesi te das cuenta que los arquitectos han debido pasar largas temporadas en el mar. En Toraja las casas parecen barcos a punto de iniciar una larga travesía. Y sus habitantes parecen dispuestos a emprenderla pues siempre están sentados en el porche como si el capitán fuera a lanzar la orden de soltar amarras en cualquier momento. Las decoraciones del frontispicio me recuerdan, por sus coloridos detalles, a los muros de las casas de Bhutan. Sólo que aquí son algunas casas las que aparecen pintadas y allí eran la mayoría. Pero lo que más sorprende al entrar en Toraja es la afición de los políticos por poner su cara en un banner al borde de la carretera. Y digo yo si no podrían utilizar ese dinero en lanzar mensajes de protección del medio ambiente o de seguridad vial.

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