Razones para la apatía
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La capital de Uzbekistan, parece dormir un sueño eterno del que no puede despertar al menos en julio. Las temperaturas en las ciudades más importantes del pais siempre superan los 40 C. Taschkent tiene grandes avenidas pero pocos coches. Algunas calles están hasta bien asfaltadas y parecen ideales para un criterium ciclista. El dia que llegué aqui lo hice con la buena intención de descansar. Pero Tanya, el ángel de la guarda que nos aloja aquí, no lo veía igual. Se tomó el dia libre para pedalear con nosotros por la capital. Mas de cuarenta kilometros, en una etapa de descanso mas propia del tour de Francia que de una vuelta al Mundo. Andie y Salva no se quejaban pero tampoco les agradaba el paseo.
Más o menos coincide con el día que la Comandante Maxi inició nuevo vuelo en solitario. Sucedió en la frontera jordano-israelí allá a finales del dos mil siete. Desde entonces no levanto cabeza. Se podría llamar una mala racha, aunque va ya camino de un año.
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La frontera de Turkmenistán con Uzbekistán cierra para almorzar. Le echan el candado a la valla y los funcionarios turkmenos se van a la cantina a comer y a dormir. Yo aproveché para bañarme en el río y asearme un poco. Siempre los trámites son más sencillos cuando uno está bien presentado. Para entrar en Uzbekistán hay que pasar un control médico. En una sala de tres metros por un metro, un doctor (creo) echa una siesta en la camilla.
Inversamente a la intensidad con la que ha crecido el viento ha ido disminuyendo la hospitalidad iraní. En el norte del país era deslumbrante. Imposible ir a un supermercado y que te cobraran. Invitaciones por doquier para dormir o comer. En el sur del país, en la ruta 44 que une Tehrán con Mashhad, antigua ruta de la seda, las cosas no son ni mucho menos así. Y es curioso pues es un terreno árido e inhóspito en el que solo la hospitalidad puede dotar de cierto atractivo a estos casi mil kilómetros de viento, viento y viento. El desierto del norte de Sudán era mucho peor en un sentido: en vez de asfalto y dos carriles, había arena y rumbo incierto. En vez de agobiante calor iraní, allí había sofocante y exterminador sol con temperaturas cercanas a los 55 C (al menos en julio cuando yo lo crucé). Aquí en Irán, en este desierto, tal vez solamente haya 50 C. Pero algo había en Sudán, a parte del Nilo, que hizo aquélla travesía mágicamente soportable: la hospitalidad del pueblo nubio. Aquí al sur de Irán se echa un tanto en falta.
A este desierto le falta un nubio Read More »
Veinte kilómetros después de abandonar la casa de Ali y Shabnam se veían las primeras montañas. Recorrer Tehrán sólo nos llevó unas horas. La carretera estaba llena de camiones y de coches. El arcén iba y venía como el Guadiana y el sol nos iba alargando la sombra. El viento no dejaba de soplar. En el termómetro los 45ºC eran una constante. Más de ocho litros de agua al día con solo dos paradas a evacuar. Es verano en Irán, y en el desierto que atravesamos, las nubes se han ido de vacaciones.
La última mañana en Teherán la pasé en un taxi tratando de encontrar la Embajada de Uzbekistán. Fueron dos horas a la búsqueda de un edificio, escondido en una calle sin salida, que terminaron con final exitoso. Mi primera visa de un Stan. Para aclarar la curiosidad de Cristina que pregunta en el foro, diré que los Stan son cinco países de la antigua Unión Soviética que se hallan en Asia Central. Por el orden que debo recorrerlos son: Turkmenistán, Uzbekistán, Tajikistan, Kiryiguistan y Kazahastan.
Un país con muchas montañas y muy pocos árboles. El viento generalmente sopla del Oeste, aunque en las colinas no se deja sentir apenas. Mis piernas están acostumbradas ya a empujar los ochenta y cinco kilos de la bici hacia arriba. Pero siempre hay que sufrir un poco más de la cuenta. No es fácil superar los 2.500 metros
Y no solo eso sino que no frenan para adelantarte pero si para ponerte a tu lado y sacarte una foto con su móvil. Da igual que estés sufriendo como un perro en una subida con más de 35ºC. Para ellos eres un turista. ¿Eres turista?, me preguntan. No puedo explicarles que no. Que un turista viaja para llegar y yo sin embargo ya he llegado. Conozco mi destino final pero no las etapas que me separan del mismo ni los pasos que daré. No viajo, me desplazo por el camino. Un país u otro me da igual. Todos son interesantes pues todos son nuevos. Pero no trato de llegar, porque es inútil, como esos chistes que solo hacen gracia a quien los cuenta. Pretendo volver al punto de partida que dejé un diecinueve de noviembre de dos mil cuatro, pero ya no seré el mismo. Porque quien ha visto ciertos atardeceres, quien ha sufrido subiendo determinados puertos y quien ha besado a algunas mujeres, ya no puede ser el mismo. Ha visto la belleza tan de cerca que sus ojos se han incendiado.
Los pájaros, los árboles y hasta las personas, han ido desapareciendo poco a poco de la ruta hacia Mashhad. La hospitalidad iraní, alejada unos días por motivo del fuerte viento que no ha cesado un minuto, ha resurgido con fuerza en Sabzevar. Un cincuentón se acercó a la salida de la ciudad para ofrecer su ayuda. Había estado hacía 19 años en Italia, estudiando farmacia, y desde entonces no había vuelto a salir del país ni a hablar la lengua de Paolo Conte. Por haber compartido piso durante unos meses en El Cairo con dos ragazzas italianas (Alex y Claudia) puedo parlar un poco esa lengua y así comunicarme con Holam, nuestro mecenas en Sabzevar. No está de acuerdo con las radicales reformas de la revolución, y su mujer tampoco, y sufre en silencio un deseo de un Irán un poco más abierto. Sus hijas de doce y trece años están ahora buscando una escuela para seguir sus estudios. Una que no les obligue a llevar la Hijab. Con colocarse el pañuelo cubriéndoles la cabeza ya tienen bastante. Es una obligación en Irán. Incluso en los lugares oficiales o gubernamentales los empleados no pueden ir en camisa de manga corta. Así haga 45ºC afuera.
Mear en la cocina o cocinar en la letrina Read More »