Los primeros días en Addis, me dejé caer por la Alianza Francesa, un jardín de relax en mitad de la trepidante actividad de la capital. Estaban cerrando el programa de actividades de Abril, Mayo y Junio. Mi deseo era ofrecer mi espectáculo para un público diferente. No serían chicos de la calle, ni refugiados políticos, ni enfermos, sino todo aquél que pudiera costear los menos de 2 euros de entrada. A cambio le pedí a Guy, el director, un poco de dinero y un lugar para conectarme a Internet cada día. La gente que he conocido en la Alianza vale cien veces más que ese dinero. Compartía despacho con Aida, diseñadora gráfica que me presentó a su amiga Marsha, quien no dudó un segundo en ofrecerme un palacio (sin muebles pero palacio) para vivir.