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bucear en la basura 1

Bucear en la basura es como tocar jazz

No es por necesidad. Puedo vivir sin saltar dentro del cubo de la basura. Si bien es cierto que muchos de los productos que allí se encuentran superan mi presupuesto y, de no hacer la inmersión subcubina, no los probaría. Pero no es por necesidad sino por convicción. Por rebeldía, por desacuerdo con un sistema y una sociedad que tira a la basura kilos (toneladas) de comida en buen estado. En Australia la ley de algunos estados prohíbe darlos a caridad y acaban en los contenedores. Incluso rociados con detergentes para evitar que los jóvenes que por la noche se sumergen en la basura para rescatar la comida puedan consumirlo.

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la sonrisa del nomada

3,2,1… La Sonrisa del Nómada

Ya se terminó el Clownfunding y la cifra total de productores de La Sonrisa del Nómada no podía ser más curiosa: 321. La cuenta atrás ha sido perfecta y el puzzle que llevamos construyendo desde hace más de un año está a punto de ver la luz. El 1 de Octubre saldrá a la venta, y antes, los clownfunders que lo solicitaron lo recibirán en su domicilio. Paquebote se encargará de ello. Braulio ya está metiendo en su base de datos, con algunos golpes como a los pulpos recién pescados, las direcciones de los clownfunders.

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un dulce reencuenro

Un dulce reencuentro

Recorro las calles de Charters Towers buscando un negocio de telefonía. El pueblo es tan pequeño que si me despisto me salgo. Necesito internet. Estoy en las fases finales de edición de La Sonrisa del Nómada y debo revisar los últimos cambios. Es un momento crucial. Pero en internet hay menos internet que lluvia. No tengo otra opción que comprar un usb por 80 AUS. Pero además debo cambiar de ruta. Por donde yo venía, el interior, no hay internet. Sólo está disponible en la costa. Una ruta transitada permanentemente por coches y camiones. La Sonrisa del Nómada me hace cambiar los planes, pero no solo ella.

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viento y tierra

Viento y Tierra

Había oído hablar de los Road Trains pero nada de lo escuchado hace justicia a esos monstruos articulados de acero de 55 metros de columna vertebral. Los carteles de carretera aconsejan sintonizar el canal 40 en UHF para avisar al conductor de que estás detrás de ellos y tienes intención de adelantarles. En mi caso me conformo con no ser succionado por alguna de las ruedas de sus trailers. Cuando la carretera está en obras, lo que parece habitual entre Atherton y Charter Towers (más de 400 kms), no hay más que un carril asfaltado. Los Road Train lo habitan en el centro igual que si estuvieran adheridos con un imán. El resto de los mortales nos apartamos como si viéramos la peste al oir el zumbido de estos monstruos. Menos suerte tienen los canguros que son sistemáticamente cegados por las potentes luces de los coches y son atropellados cada noche al tratar de cruzar, a saltos, la carretera. Cada día contabilizo más de quince de estos animales, símbolo de Australia, cuya carne es comida muy lentamente por los pájaros. Su olor a muerte, pesado y penetrante, es el aroma que recordaré de estos campos australianos.

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tiempo de aseguradoras

Tiempo de aseguradoras

Tras las últimas e inolvidables muestras de hospitalidad japonesa, a cargo de Daisuke y de Michi, subí al avión rumbo a Australia. Un vuelo nocturno de ocho horas en el que no era posible dormir. Cada tres horas las luces se encendían a bordo y las herméticas señoritas te ofrecían comida. Pagando con tarjeta claro está. Pero ni tenía hambre ni tarjeta. Un error de mi banco hace que desde hace semanas no tenga acceso a mis ahorros. Despertado cada tres horas me sentía como esos pollos en granjas industriales a los que los despiertan para poner huevos.

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la medida del tiempo

La medida del tiempo

Hay algo que aprecio enormemente de este vagar con un destino pero sin una dirección fija, siguiendo los dictados de mi corazón y no la línea marcada por un gps: el control del tiempo. Vivir despacio es sinónimo de vivir más. Se puede conducir rápido, amar rápido, comer rápido…, se puede. Hay aparatos, como uno al que me subiré el lunes por la noche, que te trasladan velozmente a miles de kilómetros. Cuando llegas a tu destino tu cuerpo quiere dormir pero los locales se levantan. En casi siete años de vuelta al mundo he tenido que tomar tres de esos aparatos. He buscado barcos para llegar a mi destino a una velocidad más humana pero o eran mucho más caros que el avión o no he encontrado. En ocasiones hay que tragarse, rápidamente, los principios.

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donde se acaba

Donde se acaba la tierra

Los Ainu, el pueblo indígena que habitó hace tiempo esta parte del extremo oriental de Hokkaido, llamaban a esta tierra Shiretoko que se puede traducir por Donde la tierra se acaba. Este brazo de tierra, como un dedo acusador del robo de las Kuriles de Rusia a Japón tras la segunda guerra mundial, es territorio salvaje. Apenas en el dos mil cinco se registró como Patrimonio de la humanidad. Los de la Unesco debían estar ciegos para no haberlo hecho mucho antes. Pero al menos eligieron un buen día para hacerlo. El diecisiete de julio.

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no hace falta

No hace falta cambiar de gafas

Las mariposas se suicidan en el asfalto que, fundiendo con el alquitrán sus patas, colabora en esa muerte de bellos colores y aleteo incesante. Intento por todos los medios no ser cómplice pero hay tantas mariposas en la carretera que no se si habré pisado alguna con mis ruedas. (Se me encoje el corazón de pensarlo) Los ciempiés también se lanzan a la ruta con fe ciega en su locura de intentar alcanzar el otro lado del arcén. Como si allí hubiera un paisaje diferente del que están a punto de abandonar.

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uno mas

Uno más

Yoji me pidió que le acompañara hasta una esquina de Otuschi. El olor a podrido hacía insoportable permanecer mucho tiempo merodeando entre los escombros. Si bien no quedaba ni techo ni muro en pie, Yoji me aseguró que el agujero que se abría ante nuestros pies era la casa de su padre. Podía identificarla porque una calle del pueblo terminaba justo en esa esquina. Otuschi era antes del once de marzo un pueblo de 6.500 casas; en unas horas quedó convertido en una explanada de escombros, muerte y dolor. Las pocas casas que quedaron de pie dejaban ver muros ennegrecidos. Cuando la gran ola sumergió el pueblo muchas bombonas de gas explotaron generando una cadena de incendios.

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devolver el puntito rojo

Devolver el puntito rojo a la bandera

La lluvia descargó con fuerza sobre mi bicicleta la última hora de pedaleo. Fue la tarde que llegué al gimnasio donde ofrecería mi primer espectáculo en Japón. Tendría lugar al día siguiente, al anochecer, para aguardar el regreso de los trabajadores a lo que desde el once de marzo constituye su hogar. No todos los afectados por el tsunami que viven en ese gimnasio tienen trabajo puesto que el mar se tragó no solo sus casas sino también sus negocios. Sus pertenencias caben en cuatro cajas de cartón. Familias enteras viven en el suelo del gimnasio desde hace meses sin más privacidad que las que le confiere el edredón. Los niños corretean por lo que para ellos es un enorme salón aunque no olvidan lo que ha ocurrido. Una niñita de apenas cuatro años, mientras dibujaba unas flores, le comentaba a un voluntario:

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