Asia

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Sila y un secreto

El secreto es con quien pasé tres días en la isla de Ko Samui. Desvelarlo es quebrar la promesa que le hice al partir, cuando el barco calentaba motores y yo iba enfriando los míos. Fueron tres días dulces como algunas frutas que solo nacen en esta tierra. De coraza dura y contenido jugoso y refrescante. Mi idea era quedarme unos días en Ko Thao, pero a la vista del ambiente de turista tatuado y alojamiento por diez euros, prefería partir a Ko Samui. La lluvia tampoco hacia merecer más la estancia.

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tierra de sonrisas

Tierra de sonrisas y contrastes

El sofocante calor y el viento seco me han obligado a cerrar la boca. No otra cosa. El país me sigue pareciendo de cuento de hadas. Es tan bonito sonreír a un desconocido con el que cruzo mis pedaladas y recibir una sonrisa, más grande aún, como recompensa?Es tan agradable sentarse en cualquier chiringuito de la calle y comer? Muchas veces no se lo que voy a comer. Como no hablo Thai mi truco para comer es el siguiente. Optó por pararme en un lugar en el que hay gente comiendo, no en un local vacío. Recorro las meses y selecciono algo de lo que la gente están comiendo que parece tener buena pinta. Y le digo a la chica que yo quiero lo mismo. Me siento y en diez minutos o menos llega mi paladar viaja también. A diferencia de India no tengo que preguntar primero cuánto me van a cobrar pues no me engañarán. Por un poco menos de un dólar puedes tener hasta alguna gamba flotando en la sopa, dándose codazo con un trozo de pollo y emergiendo entre verduras frescas. Las raciones no son abundantes, por eso la gente de aquí se la pasa comiendo. Más que comer es como tomarse un te. Pero alimenta más.

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tratando de cerrar

Tratando de cerrar la boca

Aunque no me lo parece ya ha pasado una semana desde que aterricé en Thailandia. El vuelo fue demasiado corto. Como un niño suelto en una pajarería, aún no había terminado de enredar con todos los botones que estaban al alcance de mi mano, cuando aterrizamos sin ninguna emoción en Thailandia. Digo sin emoción en el sentido Indio. Ningún avión hizo un adelantamiento imprevisto por la pista tocando la bocina, ni los coches de bomberos hacían sonar la sirena solo por matar las horas. Todo parecía civilizado, organizado desde el más allá, con una limpieza de quirófano. Antes de llegar a por las maletas, mi Karma ya estaba aguardándome en la sección de equipajes voluminosos. Media hora más tarde salía del aeropuerto rodando con mi bici y mis maletas mientras los pasajeros aguardaban taxi. Obtener la visa de Thailandia fue más fácil que encontrar una papelera en Calcuta. El policía ni siquiera me hizo una sola pregunta. Ni se dirigió a mí. Pegó el sello, consumiendo otra de mis valiosas hojas, y bajó la vista.

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magia de la buena

Magia de la buena en Butan

Los símbolos fálicos proliferan en muchas casas de Bhutan. En la mayoría. Unas veces pintados a la entrada de las casas, y otras colgados de una cuerda de las esquinas del tejado. Pero no son colocados sin más por el propietario. Antes son bendecidos por un lama. Eso es lo que otorga protección al edificio. Eso, y la fe de quien solicita los servicios del lama.

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mi karma

Mi Karma tiene 60000 kms

Para salir de Thimpu hacia el este, por la única carretera que atraviesa el pequeño país, hace falta un permiso. Ni siquiera en un libro de una ciclista que recorrió hace años Bhutan se menciona ese hecho. Y no lo hace porque posiblemente ella tampoco lo sabía. Su agencia de viajes se debió ocupar de ese detalle cuando Laura Stone pagó los 200 USD diarios. Eso le daba derecho a viajar con un coche de apoyo que le llevaba las alforjas. Sólo así puedo entender los tiempos de subida de los puertos que la señorita marca y que, con alforjas, son imposibles de cumplir.

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felices sin saberlo

Felices sin saberlo

Jaigon, la ciudad India frontera con Bhutan, es un hervidero religioso y comercial. En cualquier esquina puedes ver juntos a un Sik, un Musulmán, un Hindú, un monje Budista y un Bhutanes vestido con su característico Gho. Es una prenda de elegantes colores pero de diseño un tanto de andar por casa. Al menos para nosotros los europeos, que usamos (o usábamos) el batín para ponernos encima del pijama al salir de la cama un domingo notarial.

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en parte

En parte se acabará la mala racha

Este tipo de vida que llevo me da tiempo para pensar. Aunque son muchas horas al día encima del sillín, resguardando mi vida de conductores estúpidos, cuando llego a la ciudad en la que hago parada y fonda, me detengo a pensar en cómo van mis días. El ahora, el ayer y el mañana. Me siento como un capitán dirigiendo un barco y de cuyas manos depende el rumbo a seguir. Y mi camino, igual que el de los barcos en la mar, no sigue líneas marcadas, ni se rige por otra guía que la de mi corazón y mi intuición. Y fue en uno de esos pensamientos con una taza de té con leche en la mano que descubrí que estoy contando las horas para salir de la India. Y es terrible reconocerlo pero sería peor engañarme.

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salvavidas

Salvavidas de tierra adentro

De su pecho no cuelga un chaleco salvavidas, ni un silbato, ni un gps. Tampoco ninguna medalla. Solo una cruz que, juguetona, se instala a veces en el hueco de sus omoplatos. Si a algunos voluntarios la visita al Centro de la Madre Teresa en Calcuta les cambia su forma de ver la vida, a Das le ha cambiado su vida. Tras trabajar veinte años en ese centro, codo a codo con su fundadora, decidió abrir un proyecto a las afuera de Calcuta

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una llave

Una llave en el bolsillo

Delante de mí, Musa, abriendo camino entre el contaminante tráfico con su moto. A mi lado otro ciclista de Dhaka que va haciendo de parachoques con los autobuses que tratan de arrollarme. Aunque son las siete y media de la mañana las calles ya están llenas por igual de humo y de vida. En un pequeño bar nos detenemos a desayunar. Es la última invitación de Musa, bueno la penúltima. La última es su oferta de que si al terminar mi vuelta al mundo quiero regresar a contarlo a Dhaka el buscará patrocinadores para costear la mitad del pasaje

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regreso africa

Regreso a África

Cruzar la frontera de Changarabanda, o algo así, entre India y Bangladesh es como regresar al pasado unos cuantos años. A mi pasado y en concreto a África. Los coches desaparecen y son sustituidos por bicis o, en este caso, rickshaws. Pesados triciclos capaces de llevar una familia, trescientos kilos de cemento, ciento ochenta botijos, una vaca o medio bosque.

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