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Algunos motivos

En un restaurante de carretera en Borneo (Malasia), el agua almacenada en un tanque ad hoc y con hielos (de los de cubitos), es servida gratis a los clientes. En la pared aparece escrito el menú, con precios y todo, y al ir a pagar te cobran lo mismo que figura en el panel. Sin haberlo ordenado, junto con la comida solicitada, te proporcionan una sopa. La televisión está apagada, pero no porque esté estropeada, sino porque no la han encendido. De este modo en el restaurante reina casi el silencio o se escuchan algunas conversaciones. Nadie viene a preguntarte, nada más llegar, de dónde vienes y a dónde vas. Sobre la mesa en vez de un rollo de papel higiénico hay servilletas. También son usadas para envolver los cubiertos, individualmente, y protegerlos de las moscas. Las fotos que adornan las paredes tienen marcos y están colgadas a la misma distancia del techo guardando así cierta harmonía. El techo está pintado de un color y las paredes de otro, pero no porque se haya terminado la pintura, sino por una opción del dueño. El local tiene cierto gusto. Afuera hay un lavabo que tiene hasta un dispensador de jabón. Este está lleno. El reloj de pared, modelo estación Atocha, da la hora correcta. Poca gente fuma.

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Estoy con un pedo de la leche

Una prostituta me invitó a dormir. No en su habitación, decorada en rosa, con ositos de peluche y ambientador con olor a fresa, sino en la habitación de al lado. Había llegado al punto en el que el único lugar para descansar era un restaurante de carretera. La jungla era muy cerrada y llevaba toda la tarde subiendo. El aroma del cacao, secando en los bordes de la carretera, y las piñas que colgaban de los pequeños e improvisados puestos de madera me había agotado. Un olor dulzón, pesado como un muerto de tres días, agobiante como un mosquito dentro de la tienda, mareante como el aroma que se respiraba en la habitación de la prostituta. Me había detenido en dos restaurantes más pero no me inspiraban confianza. O eran muy sucios o no había comida.

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Que fue de Noe

Cuando te adentras en el centro de la isla de Sulawesi te das cuenta que los arquitectos han debido pasar largas temporadas en el mar. En Toraja las casas parecen barcos a punto de iniciar una larga travesía. Y sus habitantes parecen dispuestos a emprenderla pues siempre están sentados en el porche como si el capitán fuera a lanzar la orden de soltar amarras en cualquier momento. Las decoraciones del frontispicio me recuerdan, por sus coloridos detalles, a los muros de las casas de Bhutan. Sólo que aquí son algunas casas las que aparecen pintadas y allí eran la mayoría. Pero lo que más sorprende al entrar en Toraja es la afición de los políticos por poner su cara en un banner al borde de la carretera. Y digo yo si no podrían utilizar ese dinero en lanzar mensajes de protección del medio ambiente o de seguridad vial.

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El pez clown

En las ópticas de todo el mundo deberían existir un tipo de gafas semejantes a las que usé el otro día. Con ellas no se mejora la vista pero se colorea el alma. Se abre una ventana a otro mundo. Ante la cancelación del barco que debía tomar rumbo a Sulawesi decidí emplear los días de regalo en quemarme un poco la espalda en una de tantas islas de Indonesia. Había oído hablar a Nathan de la isla de Alor por la miel. Él me había invitado a su casa en Bandung (Java) meses atrás y me había dado un bote de miel de Alor. Se la había traído de su última estancia cuando visitó a su hermano Julius. Nunca pensé que yo también le conocería. Pero el viaje sin planes tiene esos encantos. Dejé en casa de Julius en Alor a mi Karma y partí hacia una isla más pequeña aún

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Primer barco que pincha

El veintitrés de octubre debía llegar a Kupang para tomar el barco rumbo a Makassar. Por tal motivo abandoné Dili un poco precipitadamente, sin tiempo para aceptar la invitación del Presidente de Timor Leste, Don Jose Ramos Horta, de cenar en su residencia. Doble delito a registrar en mi hoja de antecedentes penales: rechazar una comida y una conversación que prometía interesante.

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sonrisas

Sonrisas donde había fuego

Es algo así como armar un puzzle antiguo. Uno ignora si están todas las piezas hasta que coloca la última. Muchas reuniones, dos visitas al lugar, listas de material, de autoridades (al final ha venido el Presidente de la República de Timor Leste, Don José Ramos Horta, y la Ministra de solidaridad social, Mikato), y por supuesto el clown.

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Un nuevo encuentro

Vivimos en el filo de la navaja, caminamos por el risco de la vida inconscientes del precipicio que se abre a nuestros pies: con la distraída atención con la que un escolar cruza la calle al salir del cole en primavera. Olvidando que el presente es el único tiempo verbal conjugable y vivible. Haciendo planes para un futuro que no nos aguarda porque no existe.

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No me llames turista

Los sprinters morirían de hambre en la isla de Flores. Desde que comencé a recorrer sus serpenteantes carreteras no he visto más de dos kilómetros seguidos planos. En cambio los escaladores estarían todo el día dando gracias a Dios. Y digo bien a Dios y no a Alá porque en la isla de Flores las mezquitas escasean más que los restaurantes. Un razonamiento simple nos llevaría a colegir que si los musulmanes anduvieran en bici serían sprinters y no escaladores.

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no me llames turista

Paga y sube

No es fácil describir la ayuda brindada por Tri y su familia en Bali. Que alguien te acoja como un hermano desde el primer minuto no sucede a menudo. Él aún piensa que no ha hecho nada especial conmigo y yo aún no consigo entenderlo. Vinieron a verme al este de la isla, donde yo debía tomar el barco hacia Lombok, y me llenaron las alforjas de comida y fondos suficientes para que nada me falte en unos meses. Pero sobre todo me recordaron que, mientras esté en Indonesia, tengo familia en Bali que puede ayudarme si necesito lo más mínimo. Hasta me buscaron un terreno donde construirme una casa si deseaba retirarme en esta isla paradisíaca.

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