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Oceania

419 s

Tras los pasos de Cook

Nada me pone más nervioso que tomar un avión con mi bicicleta. El domingo me subiré a tres. No es miedo a volar. Es miedo a que rompan la bici al lanzarla desde la bodega del avión al carro de las maletas. En estos momentos siempre recuerdo la historia que hace unos cuantos años me contó Lorenzo en Mozambique. Era casi en el inicio de sus viajes por el mundo (lleva 14 años) y volaba a Australia. Le destrozaron la bici en el vuelo y como compensación le dieron 300 usd. Lorenzo ni siquiera se defendía en inglés y con su carácter apacible y reservado no iba a protestar. Un pasajero le ayudó a cobrar esa pequeña indemnización y le llevó hasta una tienda de bicis. Allí le vendieron una bici de segunda mano. Le costó 300 usd. Era de acero, de color verde y es con la bici con la que llegó a Mozambique y con la que ahora sube por los Estados Unidos rumbo a Alaska. En este último lugar tal vez nos encontremos de nuevo este año.

418 s

Surf en la SH 2

Dicen que el hombre del tiempo en Nueva Zelanda no se suele equivocar en su pronóstico. Lo hace en el día de la semana. Es decir que cuando habla de que el jueves habrá sol, quiere decir que habrá sol, pero tal vez no sea este jueves sino el lunes de la siguiente. Todos los kiwis con los que he hablado coinciden en apuntar que este año no ha habido verano en Nueva Zelanda. Aunque el agua no ha traspasado mis alforjas empieza a crear goteras en mi paciencia. Durante dos días enteros (más de 11 horas) he pedaleado con constante lluvia y terribles vientos. Ha sido en mi camino a Gisborne, una ciudad famosa por ser un buen lugar para hacer surf. Pero el verdadero surf lo he practicado en la carretera que me ha traído hasta aquí. Cuando te cae agua del cielo, pedaleas sobre una piscina, y un camión que te adelanta a menos de medio metro te arroja agua a presión desde sus ruedas, mantenerse en el pequeño o inexistente arcén es una cuestión sólo reservada para experimentados surfistas.
417 s

Cuando mirarse en el espejo no horroriza

Esto que voy a contar ocurrió hace nueve años. Tras terminar de recorrer América del Sur regresé a Oviedo para preparar la vuelta al mundo (2004-2014). Para conseguir fondos actué de payaso en algunos festivales, como el de Feten en Gijón. Ese mismo día otro clown figuraba en el cartel. Era un hombre que venía de muy lejos: de Nueva Zelanda. Fraser Hooper tenía (tiene) mi misma edad. Su clown es elegante, entrometido pero cariñoso, cercano y juguetón. Comedido y efectivo. Yo no recordaba que Fraser vivía en la capital de Nueva Zelanda, Wellington, y a punto ya de abandonarla, hemos coincidido en un barrio llamado Newton. Allí me alojaban dos chicas españolas, de La Rioja, que no dudaron en compartir una cama para dejarme la otra. Varias veces había escuchado esta semana lo de: «Te invitaría a casa pero no tengo sitio». Tenemos demasiado: demasiado dinero, demasiada casa, demasiada ropa y hasta demasiado tiempo. Ocurre que no lo administramos con generosidad.
416 s

Primero ocurrió en Niger

La lluvia no cesó ni un solo minuto en toda la tarde y el viento intentó llevarse la tienda volando. Noe se hubiera encontrado en su salsa ese día en el Parque Nacional Abel Tasman. Pero como dice el refrán, Nunca llovió que no parara, y el día siguiente el sol que aparece en las postales turísticas que hacen que el Abel Tasman tenga 150.000 visitantes por año salió a relucir. Durante tres días he estado caminando por ese hermoso Parque que serpentea por la costa del norte en la isla del Sur de Nueva Zelanda. Los leones marinos tratan de ponerse a salvo cuando los barcos-taxis llevan a turistas a las partes más remotas del parque. El oleaje que levantan también molesta a los kayakistas, como Nuno y Joanna. Conocí a esta pareja de ciclistas portugueses en Westport, un sábado de mercado que fue providencial para mi. No vendí más que 5 dvds de La Sonrisa del Nómada pero conocí una mujer que me hizo un gran regalo. Algo muy especial que llevaba tiempo buscando y que ella, Kate, interpretó con gran delicadeza. La historia había comenzado en un lugar de África en el año 2.005, en Niger. Una tarde vi a un hombre que hacía pendientes y le pregunté si podía fabricarme uno con el logo del biciclown. El día siguiente lo tenía hecho. Esa es la rapidez africana. Lamentablemente lo perdí en el camino algunos meses más tarde. Kate fabrica colgantes, pulseras y pendientes como una afición. Pero sus diseños son únicos y hermosos.
415 s

Gerry, no le llames clown

Con puntualidad británica comenzó la presentación de mi proyecto en una concurrida sala del politécnico de Christchurch, la ciudad que hace casi un año, sufrió un gran terremoto que acabó con la vida de casi 200 personas y dejó sin casa a miles. Saludar a la audiencia y sentir el suelo moverse fue todo uno. Me agarré al pequeño estrado pero miré a los asistentes buscando la salvación. La sala comenzó a reírse. Tal vez como reacción humana y natural al miedo o mas posiblemente al ver mi cara de pánico. Desde que ocurrió el gran terremoto que transformó la vida de la, hasta entonces, apacible, hermosa y ajardinada ciudad de la isla del sur de Nueva Zelanda, más de 10.000 pequeños terremotos se han dejado sentir. Sus habitantes parecen acostumbrados. Al menos los que yo he ido conociendo estos días. Otros muchos se han ido. El centro histórico de la ciudad ha desaparecido. No puedo dejar de comparar lo que veo con lo que vivi en Japón durante el tsunami. El dolor por las enormes pérdidas humanas y la capacidad del pueblo japonés para soportar el dolor, con pinceladas de estoicismo, contrastan con la notable insatisfacción de los habitantes de Christchurch al ver como, tras casi un año desde el terremoto, la ciudad aún sigue vestida de escombros. Hasta el punto de que el Ministro Gerry acusa del retraso al alcalde de Christchurch Parker calificándole de payaso. Bastante injusto pues nunca se ha visto que los payasos se insulten entre sí llamándose políticos.
414 s

Desnubar

Después de la visita de mi hermana María me doy cuenta de que mi cerebro piensa en otro idioma. Hay palabras que ya no me vienen a la mente en español sino en inglés. Me resulta más fácil y de mi boca sale no un idioma sino una especie de jerga internacional. Algo parecido le ocurre a Duruck, que acaba de cumplir cinco añitos. Yo le conocí en Ankara la capital de Turquía cuando apenas tenía uno. Fue durante el invierno del 2.008. Me refugié en casa de Murat y su familia,unas personas que había encontrado semanas antes en la isla de Chipre. Estaban a punto de abandonar Turquía pues querían intentar una nueva vida en Nueva Zelanda. Pensando exclusivamente en darles a sus hijos un futuro que en Turquía no parecían tener. A excepción de Murat, ni su mujer ni sus dos hijos sabían una palabra de inglés.
413 s

Que no te de la fiebre

Cuesta creer que en esa empinada calle en el centro de la provincia de Otago, donde el calor te derrite pero el frío hace que en un vecino pueblo haya una pista de hielo abierta todo el año, se escuchara hablar chino hace apenas cien años. No eran muchos. Dicen que 50, y desde luego no eran clientes habituales del Vulcan Hotel. El pueblo de St. Bathans no existiría de no ser por esa enfermedad que comienza por una pequeña fiebre: la del oro. La mayoría de los habitantes eran sin embargo irlandeses, como lo atestigua una visita al cementerio de la Iglesia católica, que no podía llamarse de otra manera que San Patricio.

«Los chinos están enterrados en alguna colina más abajo»
me asegura Mike, el actual dueño del Vulcan Hotel, con un maltoso acento que me obliga a poner todos mis sentidos en juego para entenderle.
412 s

Perdido en un lago

El humo que sale de la estilizada chimenea se pierde entre las gigantescas montañas que se levantan, como con urgencia, en el lago Wakatipu. La sirena que antiguamente servía para alertar a los ganaderos de las estancias colindantes con el lago, moviliza ahora a los turistas que apuran su último café en el embarcadero de Queenstown. Una ciudad situada en un enclave de cine pero que ha caído en manos del turismo, las tiendas de artesanía barata y olores de comida asiática. Queenstown es un claro ejemplo de un pueblo que ha enajenado su encanto a favor de turismo de paso. La globalización es ahora comer en un tailandés siendo atendido por una joven de Vietnam que pasa la comanda al cocinero chino. El verdadero embrujo de Queenstown se encierra en sus jardines y en un paseo por la orilla del lago poco antes de la puesta de sol. Incluso en un baño en el lago, a sólo unos kilómetros del pueblo, durmiendo en la tienda en alguna de las pequeñas playas que reciben el oleaje del vapor Earnslaw.
Darle la vuelta a la tortilla

Darle la vuelta a la tortilla

«Ni siquiera uno de mis amigos se ha planteado la posibilidad de arriesgar, de viajar, de soñar, de apostar por una vocación, o por otro estilo de vida (…);la sociedad de consumo, la atadura al trabajo, y sobre todo el miedo, los miedos nos han vuelto mecánicos, pusilánimes, acomodaticios, … incapaces de dar la vuelta a la tortilla«.

Así me comenta por correo electrónico un antiguo amigo de la época universitaria en Pamplona. Se de lo que me habla. La mayoría de la gente con la que me encuentro en mis viajes suele preguntarme precisamente por eso: la fórmula mágica para dar la vuelta a la tortilla. De donde obtuve yo el coraje para, hace más de 10 años, abandonar el barco de la felicidad efímera del consumo y la inestable seguridad de unos muros y un salario.

Desde la isla sur

Desde la Isla del Sur

Una mujer encerrada en un cuerpo de modelo esperaba al Portu en el aeropuerto de Auckland. Sostenía un cartel con el nombre de mi amigo. Pretendía gastarle una broma. La mujer le daría una carta en la que le explicaba que yo no podía ir al aeropuerto a recogerle y que en mi lugar, había contratado el servicio de una agencia de modelos que empleaba, para tales menesteres, modelos sordomudas. Al lado de mi amiga, la modelo, estaban los enviados de los hoteles sosteniendo los carteles de sus huéspedes y alucinando con lo duro que se estaba poniendo el negocio de recogida de pasajeros en los aeropuertos.
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