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Camboya

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Javi Grossi in memoriam

Durante la época en la que opositaba a Notarías en Oviedo le conocí. Una radiante sonrisa y una vibrante energía eran las características más notables de Javi Grossi. Una tarde africana encontró la muerte en un accidente de coche mientras realizaba labores de voluntario. Era un chico de mi edad. Era mi amigo. Se fue. Todos nos iremos pero a él nos lo arrancaron de cuajo.

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El polvo no llega al sol

Durante unos días he compartido carretera con un ciclista suizo que lleva dos años pedaleando y tomando café. Ha optado por vivir en la ruta con cierto confort y por eso carga en su remolque una silla, una mesa y hasta una cafetera italiana. Unos cien kilos. Por el camino ha perdido unos 15 kilos de grasa que tenía adosada a sus músculos antes de partir. Y ha dejado de consumir un paquete de cigarrillos al día. Ahora solo fuma dos. Su media naranja le espera en Suiza esperando los vientos propicios para unírsele. No estaba acostumbrado a distancias de 100 kilómetros diarios y tampoco había experimentado eso de ir a un templo a pedir asilo.

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Unas ruinas que valen un país

Camboya podría bien llamarse Angkor. Las ruinas de Angkor, los templos de Angkor, están presentes por todo el país. Las tres torres más famosas de Ankor, que reciben miles de visitantes a diario, aparecen en el centro de la enseña nacional. Hay hasta cerveza Angkor. Cuyo precio va de medio dólar a cuatro depende de donde la tomes y de lo espabilado que sea el vendedor.

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Otro país dolorizado

A las cinco de la mañana las putas y los turistas se dan cita en las céntricas calles de Siem Reap. Pero para desconsuelo de aquéllas los turistas, ataviados con gorro de paja y gafas de sol, se suben al pequeño autobús que los aguarda a la salida de su hotel tres estrellas. Las camboianas, de labios sensuales y ojos rasgados, que no han pillado su cachito de dólar con patas a las cinco de la mañana deberán aguardar al día siguiente.

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