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Venezuela

Detenido en Venezuela

Sólo hay algo peor que una dictadura; un régimen que se venda como democrático, pluralista y abierto, cuando en sus venas corre no obstante sangre de venganza, discursos de autoritarismo y genuina represión policial y militar en las calles. Más de un mes ya en Venezuela y ha tenido que ocurrir un lamentable suceso en el pueblecito de El Cobre en Táchira, para experimentar en mis propias carnes, la sinrazón de este gobierno bolivariano al que Chávez dejó huérfano de liderazgo. En la televisión del gobierno he escuchado al actual presidente, Maduro, hablar de Paz un día y al otro hablar de mano dura, sin concesiones, contra la derecha fascista. Si el castillo no tiene fantasmas los turistas no accederían, así que Maduro resucita viejos fantasmas, usando lo que siempre ha funcionado en todo el mundo para mantenerse en el poder: meter el miedo en el pueblo.

Zimbabwe, Cuba y Venezuela; en la misma liga

Si hace quince años (más o menos cuando Chávez tomó el poder) les dijeran a los venezolanos (y venezolanas como a él le gustaba llamar) que serían marcados con un número en la piel cuando fueran a comprar alimentos al supermercado nadie daría crédito al autor de esa afirmación. Elaida se ha levantado a las cuatro de la mañana y ha acudido a hacer la cola al mercado popular porque ha corrido el rumor de que hoy llegará un camión con harina. Pero al llegar a la cola ha tenido que regresar a casa porque ya habían sido repartidos,o mejor dicho impresos en la piel, todos los números a las personas que estaban aguardando bajo las estrellas. Algunos habían llegado a las once de la noche del día anterior. Elaida no se ha resignado y ha conducido su coche hacia el páramo, a unos treinta kilómetros, porque ha oído que un comercio tiene harina y tal vez pueda comprar algo. La harina es fundamental en la cultura venezolana porque es el ingrediente básico para hacer las famosas arepas: tanto como lo es el arroz para Japón. Apenas hace cuatro meses se podían encontrar varias marcas de harina en el supermercado. También leche en polvo, aceite, papel higiénico, jabón para lavar las manos, champú…

Bachaqueros, Guarimbas y desfiles de Disney

Desde que visité por primera vez Venezuela, hace doce años, dos cosas permanecen invariables: una es el precio de la gasolina. Sigue siendo más barata que el agua. Es uno de tantos productos subsidiados por el Gobierno, hasta el extremo de que producir gasolina cuesta 28 veces el propio precio de venta (fuente PDVSA, Petróleos de Venezuela). Aunque el Gobierno trate de evitar el contrabando de gasolina por carretera hacia Colombia, cada día unos cien mil barriles traspasan la frontera: la picaresca, hija directa de la necesidad, es más audaz. Los venezolanos conducen viejos coches que han modificado para incluirles dos tanques de gasolina. Cruzan hasta Colombia, venden la gasolina a los locales y regresan vacíos. En el camino de vuelta paran a repostar en alguno de los puestecitos que, otros venezolanos, han instalado debajo de un árbol. Como Elizabeth. Con ese pequeño negocio mantiene a cuatro hijos y cinco sobrinos. Desde hace muchos años mencionar un aumento de la gasolina era como mentar la soga en casa del ahorcado. Pero desde que salen cien mil barriles a diario con destino a Cuba, regalo al hermano Fidel, la gente empieza a protestar. Un gasolinero gana más con las propinas de los conductores que repostan que lo que le corresponde por su propio salario. (Haz click en el título para leer más)

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