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América

De esto hace aproximadamente 112 años

Los caballos, en número de seis, eran cuidados con especial interés y cada uno tenía nombre propio. No sólo por el bien del negocio sino porque si morían o desfallecían de frío, tal vez ni los pasajeros ni los conductores saldrían con vida de aquélla. Gruesas mantas les protegían el pecho y los costados, y en sus patas, unos inventos de metal de afiladas puntas evitaban que resbalasen en el hielo.
La compañía White-pass and Yukon Road ofrecía este viaje entre Dawson y Whiterhorse, en invierno, por una ruta más directa que la que hoy he seguido para llegar hasta la capital del Yukón. Aprovechándose de que la tierra cerraba sus grietas en un letal abrazo de hielo, los caballos que tiraban del carruaje podían acortar por valles que en verano eran ciénagas por donde los mosquitos harían imposible aventurarse en esos terrenos.

Cuando el río suena oro lleva

«El comfort es muelle, cada vez más muelle, ablanda, aquieta, inmoviliza. Y si a pesar de todo te movés, es para ganar más plata, a fin de conseguir más comfort» (La vecina orilla, Mario Benedetti)

Un viento favorable me impulsa para salir de Tok. Aunque no me sopla en la espalda sino en el corazón. La visita, inesperada y carnívora, de mis nuevos amigos españoles que conocí en Fairbanks me da la energía de la que mis piernas adolecen para mover a Karma. Se han metido más de 600 kilómetros entre pecho y espalda para hacerme dos impresionantes barbacoas. No pueden ser mejor gente. Gracias amigos.

De reencuentros entre viajeros, con sus silencios y corcheas

A punto de abandonar Alaska y entrar en Canada he decidido cambiar de frontera. Cruzaré por la que une, más al norte, norteamerica y Canada. Una ruta que se llama «La cima del mundo» y cuyo nombre, siendo una mentira para atraer más gente, no deja de ser evocadora. La cima del mundo podría ser, en su caso, algunas de las pistas que por encima de 4.000 metros conectan los profundos e inmensos valles del Tibet. Pero en Tibet no necestian crear productos de marketin para captar turistas.
La razón para modificar mi ruta se llama Terry. Un neozalendés que conocí en su país hace meses y que con sesenta y pico años, ha estado recogiendo manzanas por 15 dólares la hora para juntar fondos y pagar un avión que, junto con su bici, le trajera por estas latitudes. Terry cruzará por esa pista que lleva a Dawson (Canada) y si yo lo hago por otra frontera no nos veremos. Y eso no se puede consentir.
Los encuentros entre viajeros son tan raros y excepcionales como hallar en tu jardín un trébol de cuatro hojas, ver un arco iris doble o sorprender a un alce cruzando la ruta.

Y al noveno día apareció Fairbanks (parte 2 de 2)

El primer y mustio árbol surgió nada más bajar el paso de Atingun. Más parecía un poste de la luz que un árbol; no tenía ni ramas. Pero pronto surgieron cuatro más, y veinte, y de repente un bosque. Y la amenaza de lo osos grizzley se convirtió en la de los osos negros, que son los que suben a los árboles. Me tomé más en serio lo de no comer cerca de la tienda antes de dormir y tratar de subir la comida a un árbol lejos de mi campamento. Era un poco más de trabajo del habitual. Empaquetar junta toda la comida y meterla en una bolsa hermética para no atraer a los osos, cuyo fino olfato percibe la comida desde bien lejos.

Más al norte solo está el sur (parte 1 de 2)

La sala del diminuto aeropuerto de Deadhorse (caballo muerto) pronto se quedó despejada. Los demás ocupantes del avión que habían viajado conmigo desde Anchorage ya habían retirado sus maletas de la bandeja de equipajes y habían partido a sus habitaciones metálicas: containers. Todos lo hacían en coche. Nadie camina por Deadhorse pues, en realidad, no hay aceras, calles, ni farolas. Todo es una placa de hielo, un mar sin más vida que la que comienza a aflorar, el uno de junio, con el deshielo.
Monté la bici y coloqué todas las alforjas, ante la atónita mirada de un policía que no daba crédito a que una bici pudiera acarrear tanto material. Una vez terminé, comi unas bolitas de arroz que había preparado por la mañana antes de ir al aeropuerto, y salí a la calle. 0ºC y un viento que cortaba la digestión.

Recobrando el latido

Las montañas, aún nevadas, recuerdan con su imponente presencia, visibles desde cualquier calle de Anchorage, que el verano solamente ha iniciado su andadura en estas gélidas latitudes. Yo comenzaré la mía mañana. Si hay sitio en el avión de Alaska Airlines llegaré a Dead Horse llegaré a las 4,30 pm, y tras prepararme algo de comida y poner a Karma en orden saltaré al ruedo polar Ártico. Posiblemente esos diez días (nueve con suerte) hasta Fairbanks, cargado de comida y de moral a tope, sean los más duros que deba afrontar este año. Por aquí pasó hace exactamente 365 días mi amigo Salva y los detalles de su lucha en su web no son alentadores. «Salgo del aeropuerto montado en la bici a las 6 de la tarde del 2 de junio. Fuera me reciben dos grados bajo cero y un viento de ballenas que hiela todo a su paso. Me abrigo, saco la espada y a duras penas me abro camino en la batalla. Aquí no se queja nadie, estoy en plena costa del Ártico y no esperaba cocoteros, ni sol como bienvenida» Web de Salva

Si es de día esto es Alaska

Esta es la crónica de un accidentado viaje rumbo a Alaska. Una pequeña historia que comenzó en Hilo (Hawai) a las 5 de la madrugada con mis ojos haciendo competencia al sol para alumbrar el día. Mi amigo Bryan de couchsurfing y su hijo Ashton de cinco añitos me ayudaron a llevar la pesada caja de cartón en la que Karma viajaría hasta Alaska. Como si fuera ET, con sus enormes ojos azules abiertos a la mañana, Ashton ni se movía en el manillar de la bici. Su padre Bryan, con un equilibrio digno de galardón en el festival de circo en Montecarlo, sostenía la caja en una mano mientras conducía la bici con la otra. Durante unos kilómetros le di el relevo, llevando yo la caja, y llegamos al aeropuerto. Me despedí de esta especial pareja que me ayudaron enormemente durante mis sucesivas idas y venidas a Hilo. Ashton tenía los ojos húmedos al irse.

Más brillante que Mapuana… Mauna Kea

No consigo quitarme estos días una canción de la cabeza. La escuché por primera vez a un hombre que guardaba la puerta trasera del jardín botánico cerca de HIlo. Un hombre que tras empuñar una ametralladora en Vietnam, y luego un cuchillo en la cocina de un gran Hotel, ahora aprieta su dedo contra las cuerdas de un ukelele. La parte más dura de su trabajo es, según me confiesa, preparar su almuerzo. Protegido por palmeras y un plástico azul de la lluvia, le arranca al instrumento los acordes de la canción que me persigue: Mapuana. Una típica canción hawiana cuya letra habla de cosas tan banales, y a la vez fundamentales, como el amor. Dice así:

La magia del Hula

Como cada invierno en Montana, Smitthy y Roberta regresaron con ganas de esquiar y preguntaron por su habitual instructor. Les gustaba la forma en la que él enseñaba y siempre acudían al mismo. Pero este año no estaba. Se había ido de Montana y nadie pudo decirles a donde. Unos cuantos años después, Smitthy y Roberta, decidieron cambiar la nieve por la playa y se mudaron a Hawaii. Sin mucha idea de donde vivir terminaron recalando cerca de Kona, en la isla grande. Roberta había nacido en Hawaii, por lo que les fue fácil reconectar con la cultura local.
Aprendieron a tocar el ukelele y se unieron a un grupo para aprender el Hula: la danza tradicional hawaiana que recuerda el vuelo de las aves. Se unieron a un grupo de su pueblo y en la primera clase, ¿quién formaba parte de los asistentes? Su instructor de esquí de Montana.

Se llama Raúl, sonríe, y me da la bienvenida

La página web del Departamento de Exteriores de USA mete el miedo en el cuerpo a todo aquél que pretenda poner los pies en Casa Obama. Ya no basta con tener un pasaporte electrónico. Además, si se entra por el espacio aéreo, hay que enseñar un billete de salida del país. Mi amiga Ebba en Auckland me ayudó a conseguir uno gracias, no a una compañía aérea, sino a un programa de ordenador llamado PDF (Porque debes falsificar). Ni la compañía aérea, Qantas, que me ha traído hasta Hawaii (¡¡gratis para Karma!!), ni el policía norteamericano que me escaneó los cuatro dedos de cada mano me pidieron el billete de salida. Ni tampoco me pidieron justificar que tengo recursos económicos suficientes para recorrer USA.

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