Login

Register

Login

Register

América

Déjame que te cuenta limeña

Confieso que Lima me atrapó. La seducción de esta ciudad no fue generada por su brillante luz, ni por sus amables conductores. Cruzar un paso de cebra es un deporte de riesgo en la capital de Perú. Si pones un pie en la raya blanca se activa una neurona en la cabeza del conductor que está a diez metros y acelera para matarte. No es broma, lo he vivido una y otra vez. No es una ciudad para ir en bici, los pocos carriles bici están mal cuidados y acaban de forma imprevista en medio de un tráfico caótico que amenaza con tragarse a los habitantes de la propia ciudad. Los mismos seres que han levantado Lima serán engullidos por ella si el tráfico sigue creciendo de esta forma descontrolada.

Equilibrios a 4000 metros

De acuerdo con la información que tenía para preparar esta ruta por Perú, me iba a enfrentar a varios pasos de 4.500m y me tocaría empujar la bici bastante. Pero lo que no sabía es que también tocaría levantar la bici por encima de rocas enclavadas de forma perversa en las partes más empinadas de un precipicio. Lo que para los chicos de andesbybike era un maravilloso hike-bike de 7 kilómetros, para mi fue un número de equilibrio a 4.000m por un camino tan estrecho, que o entraba la bici o servidor. Aprendí así a caminar como una modelo, colocando un pie delante del otro, pero en vez de contornear mi cadera debía empujar y levantar a Karma por un precipicio de tierra suelta y piedras. Si no llega a ser que puedo colocar mis alforjas delanteras más arriba de lo habitual, no hubiera pasado ese maravilloso tramo, debido a lo estrecho de muchas de sus secciones. Al final del recorrido, ni siquiera en una bici sin alforjas hubiera podido atravesarlo sin levantarla. Tuve que quitar todas las alforjas y escalar los últimos metros para retroceder e ir a buscar la bici que me aguardaba metros más abajo.

Tablas en el Paso Chucopampa


«Mira mamá, es un cóndor», señala la pequeña niña con su dedo al cielo al tiempo que, entusiasmada, busca la confirmación de su madre.

«Es muy pequeño para ser un cóndor«, le corrijo.

«Es un baby cóndor«, me dice la niña; tan segura de sí que me convence y vuelvo a mirar al cielo buscando el pájaro que ahora es un puntito negro.

Qué osadía la mía que crecí viendo a la Abeja Maya en televisión, para discutir con alguien que ha crecido viendo cóndores en el cielo de los Andes.

Mi osadía comenzó unos días antes, cuando decidí dejar el asfalto para seguir la ruta que los intrépidos chicos de andesbybike.com inventaron en Perú. Si en su caso cada uno de ellos no llevaba más de 15 kilos, en el mío, aunque envíe 10 kilos en una caja a Lima, tenía una bici que aún pesaba casi 60 kilos. Si a ellos les llevó 8 días en recorrer las pistas de tierra y piedras que ascienden hasta 8 pasos de más de 4.500m, a mí me llevó 14 días. Sarna con gusto no pica, aunque esta vez si me picó. Hasta dolió.

Haz trekking por la Cordillera Blanca antes de que huela peor

He tenido la gran suerte de estar alojado unos días en Huaraz por una pareja, Gianina y Pablo (de Vitoria), que regentan una agencia de viajes llamada Shelek Trek. La temporada de trekking en Huaraz se termina pues llegan las lluvias. Las de escalada de las grandes montañas de la Cordillera Blanca ya han finalizado porque el hielo está demasiado frágil. Quedan sin embargo posibilidades de hacer algún trekking, e inspirado por esas dos grandes personas, me lanzo a Santa Cruz. Al ser el final de la temporada no habrá mucho turista, pienso.

Vivir para contarla y contar lo que viví

Estas hermosas palabras de Battistino Bonali fallecido en el Huascarán (Perú, 1993) pueden también resumir mi pensamiento y, sin conocerlas, las he ido madurando durante tantos años en bici por el mundo. Incluso en el documental La Sonrisa del Nómada hablo de ello.

«…porque sufriendo he saboreado la alegría de la cumbre, percibiendo que las cosas verdaderas, aquéllas que llevan a la felicidad, se obtienen sólo con fatiga; porque quien no ha sufrido no lo entenderá.»

La fábula de los tres hermanos

Karma me ha hecho pagar caro las dos semanas que he pasado trabajando en el Festival de Belén. Al regresar a Tarapoto la encontré en la casa de la Familia Pérez, donde la dejé, con cara de pocos amigos. Una pequeña capa de polvo la cubría y ocultaba su ceño fruncido. Un día más me detuve en Tarapoto con la grande (en varios sentidos) familia Pérez para compartir mis experiencias beleneras. No fue fácil partir y ver al pequeño Marcelo llorando. Es mágica esta vida cuando uno llega a un pueblo sin conocer a nadie y parte días después tras haber tejido un invisible hilo de afectos con una familia entera. En el diccionario del nómada no existe la palabra extranjero, gringo o frontera.

El Festival de Belén, la locura colectiva

Mi vuelta al mundo tiene mucho que ver con hacer malabares con tres pelotas. Una de ellas es la bicicleta. Mantenerla en el aire, limpia, sin averías, hacerla llegar a las cumbres más altas, retenerla en las duras bajadas y conseguir que no se detenga cuando el viento sopla de frente es, por sí mismo, ya un ejercicio complicado. Otra pelota sería mi clown. Entrenarlo, limpiarlo, educarlo, entregarlo en los lugares más humildes, organizar sus presentaciones, documentarlas, es otro salto mortal sin red. Y la última pelotita que debo hacer circular en el aire es esta web y todos mis escritos en redes sociales, mis libros, documentales y la preparación del viaje; buscar información de las rutas, mapas, lugares a los que llegar con las otras dos pelotitas, la bici y el clown.

Esa frontera desconocida

Hay un famoso dicho que afirma que «Hasta el rabo todo es toro» y yo podría decir que «Hasta la frontera todo es barro», porque meterse por la frontera de las montañas entre Ecuador y Perú es una locura hermosa. Uno de esos actos conscientes de los que te arrepientes cada día un poco, pero nunca lo suficiente como para abandonar la faena. Salí de Loja con el cielo más despejado que había visto durante los varios días que pasé en esa ciudad, por cierto, alojado por un seguidor en twitter y su amable familia. Atravesé Vilcabamba y no encontré a la misionera que había conocido hacía 12 años atrás y de la que hablo en el documental Kilómetros de Sonrisas. La ciudad que presume de dotar a sus habitantes de larga vida está hoy día llena de turistas (en muchos casos norteamericanos) que se retiran en busca de un buen clima y un ritmo de vida que les haga sacar mayor partido a su pensión de jubilación.

A Loja me (Aloha me)

Cuenca es una ciudad para caminar y descubrir. Te seduce desde el primer paso; ya lo hizo doce años atrás y lo ha vuelto a repetir. Dejarse llevar por sus calles, sin rumbo fijo, paseando de plaza en plaza y observando como la luz se consume en los cerros que la circundan, es un goce para los sentidos. Los peligrosos helados de Monte Bianco (de maracuyá, nueces con chocolate, mandarina…) amenazan en cada esquina, pero tras la paliza que me esperaba más adelante podía comer uno al día. Iba a necesitar esas calorías y muchas más.

Donde vuelan las piedras

Inicio esta crónica en el aula de una escuela de un pueblito de los andes ecuatorianos. A casi 4.000 metros de altitud. Los dedos no atinan con las teclas y a cada línea debo frotarme las manos. Una familia ha venido a ofrecerme unas mantas y, de paso, a echar un vistazo al campamento que he montado en la clase. La bici en una esquina, el saco de dormir en el suelo y la cocina descansando hasta la hora del desayuno. Hoy no podía haber encontrado un mejor lugar. Esta desangelada aula tiene hasta electricidad. La vida del nómada es tan simple y sencilla y su confort tiene parámetros tan ínfimos que basta bien poco.
Ir arriba