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América

El inalcanzable horizonte

Vuelvo a contemplar el abrazo del cielo y el mar, son canales, pero es el mar, y ajusto mi alímetro a cero. Pedaleo por Puerto Natales con una emoción lejana, con recuerdos de la primera vez que lo hice. Era más jóven, tenía menos vida, había apenas comenzado a escribir (reescribir) mi historia. La bici era más ligera y el suelo no estaba resbaladizo. Llevaba poca ropa puesta y hoy sólo la piel de mi cara está expuesta al gélido viento.
El horizonte es una línea que el nómada nunca logrará tocar pero que le guía como un imán invisible. Mientras haya tierra que pisar habrá un motivo para pedalear. No importa que esa tierra haya sido ya hollada, porque la pisada es diferente, la mirada es ahora más universal. No se trata de comprenderlo todo sino de cuestionarlo todo. No des nada por hecho, no te creas lo que te cuenten. Pruébalo. Tal vez si se pueda pedalear por la Luna y lo de la falta de la gravedad es para que aquéllo no se llene los fines de semana.

De pumas, tormentas y rutas cortadas

Hace años la gente de Aysén, al sur de Chile, se levantó en armas para reclamar un poco más de atención del gobierno central. Entonces, para solucionar la sublevación popular, fuerzas especiales fueron enviadas desde Santiago con la misión de terminar (por la fuerza de ahí su nombre) con el sentir popular de justicia. Los balines de los carabineros surcaban el aire sin importar el destino. Muchos perdieron un ojo, muchos recibieron pedradas y pocos se vieron satisfechos del resultado tras la batalla. Lo que quedó claro es que esta tierra es de gente brava, agerrida y luchadora, que no se amilana por muchos cuerpos especiales venidos de otro planeta. El lema de aquéllas marchas era Tu problema es mi problema. Coyhaique, Puerto Guadal…, todos los pueblos de la zona se unieron para evitar que las represas se construyeran en esta zona aún virgen. Y lo consiguieron.
No pudieron represar el río Baker, de hermosas aguas de azul turquesa, ni silenciar las reclamaciones de una gente que más que en Chile vive en un país diferente llamado Patagonia.

Desde el autobús

Estoy sentado en un desvencijado sofa que a buen seguro tiene tantas historias que contar como yo. A mi derecha, vacío, se encuentra el asiento del conductor y el enorme volante está gritando para que lo manoseen. Pero hace muchos años que nadie le da vuelta a ese aro de plástico. Delante de mi hay una vieja estufa de leña que, si yo fuera un poco más habilidoso, hubiera puesto en funcionamiento aun teniendo sólo leña húmeda. Lo he intentado en dos ocasiones y he desistido al ver la humareda causada. Afuera llueve. Nadie recuerda cuando fue la última vez que el sol brilló un día entero en la carretera austral. Hay días, los de verano mayormente, que el sol se asoma pero no por mucho tiempo. Ahora en otoño se ha ido de vacaciones. Como los propietarios de muchos negocios de por aquí. Todo, o casi todo, aparece cerrado. Este autobús al menos estaba abierto. Negocié a la baja el precio con el encargado y por tres dólares me prometió leña seca y una ducha de agua caliente. Del trato tan sólo los tres dólares cambiaron de dueño. Estoy ahumado y con frío. Pero al menos la lluvia no me moja, se detiene en el techo de metal de este antiguo autobús del ejército y no me toca. La oigo, si, pero no me resbala por la nariz.

Segunda entrada a Chile

La ruta entre San Juan y Mendoza es una de las más peligrosas que he recorrido en mi vuelta al mundo. A la salida de San Juan hay dos carriles en cada lado para los autos, pero no hay espacio para los ciclistas. Termina el carril de la derecha y concluye de forma abrupta el asfalto. La berma o banquina es de tierra y piedras. Es imposible circular por allí, pero saltar es posible y necesario. Lo tuve que hacer varias veces al ver cómo los camiones y vehículos particulares iban a embestirme. El espejo retrovisor es una herramienta mucho más importante que el casco. No lo duden.

Dame un asado y trasformaré el mundo

En ocasiones me da miedo mi mente. Deseo cosas y éstas suceden. Los domingos son día de asado en Argentina. Un país cuyo costo de vida es uno de los más altos de Sudamérica. Todo está muy caro y me resulta difícil mantenerme dentro de los 8 dólares de gasto diario. Me he cruzado con algún ciclista y me manifiesta su misma impresión.

La cabra siempre va a tirar hacia el monte

¿Cuándo decides que debes irte de un lugar? No hay fórmulas matemáticas; es cuestión de olfato. Los días en Iquique se estaban pasando muy rápido, gracias a la complicidad de Mariano y Carola.

¿Hace cuanto que no comes ostras?,
me preguntó una mañana Mariano.
Uff, ni se, le dije rascándome la cabeza.
Esa noche las volví a probar. Así de mal me trataban en Iquique. Mi vida va pasando del arroz con atún a las ostras en un abrir y cerrar de ojos. Y eso es lo que adoro de ser nómada.

La maravillosa ración de combate

La última crónica anunciaba un plan de viaje que no he podido mantener. No hay mortal que aguante día si y día también, las tormentas eléctricas, la lluvia, el barro y el viento a más de 4.000 metros durante una semana. La media hora de sol que el cielo obsequia cada mañana se paga en estos lugares con dos o tres tormentas diarias. No le encuentro mucha diversión a empujar la bici por el barro y meter los pies, hasta el tobillo, en barrizales que te agotan más moralmente que fisicamente. Aunque esto último también.

El Dakar no pasó por aquí

Ni hay ensaladilla rusa en Rusia, ni tortilla francesa en Francia, ni el Dakar atraviesa la capital de Senegal. Ahora atraviesa Bolivia, Argentina…; pero creo que los parajes que recorro estos días son aún vírgenes para esa carrera sin sentido en donde la ambición humana abandona los circuitos cerrados para dejar una huella de gasolina y velocidad en la naturaleza. Si el hombre llega a Marte no duden que organizará un rally también allá.

Señales de Juliaca a La Paz

Saliendo por la única carretera posible de Juliaca hacia el sur, rumbo a Puno, empiezan a aparecer señales descorazonadoras para la especie humana. Ningun ser sensible puede ser ajeno a tremendo sin sentido. Pero clavada al margen de la carretera figura la prohibición de circular bicicletas. Ya se sabe que la bicicleta, de tomarse en serio, podría perjudicar de forma considerable la industria del automóvil y hasta la farmaceútica, pues de ser usada de forma generalizada disminurían las consultas hospitalarias porque la gente gozaría de mejor salud. Eso es peligroso.

Échale la culpa al O(t)ro

Si mi cuerpo se parece a algo es a un muelle, capaz de relajarse y de tensarse en cuanto lo ponen a prueba. Unos días de descanso en Lima han sido suficientes para que mis músculos se relajasen tanto que desaparecieron, pero la capacidad de sacrificio sigue intacta (o aumenta incluso con los años en ruta). De nuevo Karma cargada con todos los bártulos y en esta ocasión acompañada por Borboleta (mariposa en portugués, la bici de Eric) afrontaba una nueva salida de Lima. No se ya cuántas veces he salido de Lima en bici. Los primeros días rodamos por la costa del pacífico, rumbo al sur, un paisaje aburrido que alterna brumas, dunas y granjas de pollos que viven durante cuarenta días en unos condominios frente al mar, antes de ser consumidos. La cantidad de pollo industrial que se come en Perú sólo es comparable a la cantidad de arroz que se consume en China.
En un pueblito llamado Cerro Azul la municipalidad nos dejó dormir en la antigua oficina del Registro Civil. De almohada teníamos las actas de defunción de la población y para acunarnos en vez de una nana hubo un temblor de 5,8 grados.
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