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México

Parecidos como lo tomates del supermercado

Uno de los mayores riesgos de viajar por períodos de tiempo largos (años, lustros y casi décadas de continuo nomadeo) es que todo acaba pareciéndose. Esa callecita empedrada con un bar en la esquina recuerda a otra callecita empedrada con un bar casi haciendo esquina. La globalización muestra su peor cara en esos negocios que como plagas, se instalan en cada rincón del mundo, ajenos a la cultura local e imponiendo una moda foránea y avasalladora. Así uno no sabe si está en Zacatecas o en San Cristobal de las Casas, en Cartagena de Indias o en Malibú. No es que uno pierda interés por los lugares sino que los lugares acaban perdiendo interés.
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¿Para qué te arriesgas?

Para conocer a Alex, de warmshowers, o a Joel, el limpiabotas…; podrían ser algunas de las respuestas. Otras podrían ser que no quiero arriesgarme, que no he venido a México a jugarme la vida en las carreteras y que si eso ocurre, es simplemente porque no abunda aquí el sentido común y el respeto a la vida. De vuelta a México me reencuentro con las imprudencias y locuras que observé antes de saltar a Cuba. Tal vez por eso Chespi se ofreció con Santi a sacarme en coche del DF. Y fue un alivio abandonar esa locura de tráfico, aún en domingo, dentro de un coche. Así llegué hasta Puebla donde volví a subirme a Karma. Tras el genial servicio dado en el barrio de mi amiga Claudia por la tienda de Giant de Samuel (gracias Jose), Karma no ruge sino maulla como un gato que busca una caricia de mano extranjera.

Pa´ Cuba

En el aire un aroma dulzón, pegajoso como mi camiseta sudada que es ya mi segunda piel, me soprende al doblar la carretera. Campos de caña de azúcar enmarcados por pequeñas colinas y entre los que sobresalen algunas palmeras, como si fueran los faros del agricultor. No estoy aún en Cuba sino en la Huasteca potosina. Un oasis en mitad del desierto de San Luis de Potosí.

He dado unas vueltas erráticas por México para llegar hasta aquí, desandando el camino que me aproximaba a la capital. Aun tenía unos días antes de volar a Cuba y queria aprovecharlos visitando una tierra que me prometían sin carros y llena de cascadas, lagos y cuevas mágicas: es la Huasteca Potosina.

Ni una bicicleta blanca más

En lo que va de año han muerto más de 15 ciclistas en la ciudad de Guadalajara, a consecuencia de la imprudencia, ignorancia y mala fe (en muchos casos) de los conductores de coches y camiones. Cada vez que un ciclista es asesinado (aunque sea imprudencia temeraria es un asesinato) la organización Guadalajara en bici coloca en el lugar del atropello una bicicleta blanca. Cuando un ciclista es atropellado pero no muere, no se instala ninguna bicicleta blanca. No habría suficientes. El recién estrenado Secretario de Movilida de Jalisco, el señor Mauricio Guido, me comentaba que desea implementar 200 kilómetros de carriles bicis en los seis años de su mandato. En mi opinión de nada sirve hacer un sólo kilómetro de carril bici si no se destina una partida presupuestaria a mantenimiento. El carril bici que discurre por la Avenida del Federalísimo en Guadalajara -y que misteriosamente desaparece durante 250 metros- es una trampa mortal. Hay agujeros sin iluminación en los que caer y matarse es todo uno. Lo más sorprendente de Guadalajara es la pujanza de los grupos ciclistas que salen a pasear, día si y día también, por la ciudad. Muchos de ellos por la noche, donde el aire no es más limpio (Guadalajara tiene un 70 de PM10 -partículas líquidas y sólidas- y lo recomendado por la Organización Mundial de la salud es de 20 PM10), pero hay menos vehículos motorizados.

Ningún ser humano es ilegal

Los ojos de Guadalupe Izaguirre no conseguían fijarse en ningún punto. Tras 26 días de marcha, de angustia, de miedo e incertidumbre, su mirada era vigilante. Las últimas 9 horas las había pasado en el techo de un tren que, al entrar en los túneles, ponía a pruebo su flexibilidad. Un documental llamado El tren de las moscas narra las aventuras de personas como él.
«¿De dónde eres hermano?».
«De Honduras. ¿No tendrás unas moneditas para una soda?»

Dicotomías con guacamole

Tras ocho horas de pedaleo, y a punto de salir de Estados Unidos, mi cansancio era evidente y mi aspecto deplorable. Más de seis días si afeitarme, sudando sin parar desde al amanecer hasta la puesta del sol, y con ganas de huir del horrible viento, dejaban en mi cara surcos de fatiga. Es admirable que el oficial de aduanas mejicano se dirigiera a mi con la coletilla de Señor:
«¿Cuánto tiempo va a estar en Mexico el señor?»

La lección del colibrí

En la calurosa sala del aeropuerto de Mexico DF los altavoces recuerdan, por última vez, que el vuelo con destino a Alaska va a despegar de forma inminente. Cargados con las bolsas de las últimas e innecesarias compras del duty free, los pasajeros van poco a poco accediendo al pájaro de metal que los trasladara, en menos de un día, hasta el norte de América. A esa misma hora otro pájaro inicia su vuelo con idéntico destino. No lleva pasajeros a bordo, ni maletas, y por más combustible no carga más que un afilado y largo pico curvilíneo del que irá sustrayendo a las flores el manjar con el que alimentar su cuerpecito en una travesía de meses. Pocos pájaros hay en el mundo que, con relación a un peso tan liviano, sean capaces de cubrir una distancia tan grande.
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