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Estados Unidos

Hace falta más desiertos

Un par de noches de descanso en Moab fueron suficientes para renovar mis deseos de aventura y generar la energía que requería el camino de cabras del Shafer Trail. Denominado así en honor a un par de hermanos que en 1917 conducían el ganado por un desfiladero, abierto a golpe de pezuña de cabra, en la quebradiza roca del Canyonland; rojiza como la piel de una alemana tras una tarde tostándose en la playa de Benidorm. Treinta años y pico después el hallazgo de uranio en estas tierras provocó que el imposible sendero se ensanchara para dar paso a vehículos. Y terminado el uranio quedó la pista que ahora es usada por todo terrenos y algunos tipos que están como una cabra. Cual es mi caso y solo para hacer honor al origen del camino. El acceso al Canyonland por el Shafer trail tiene además premio económico: 10 dólares. Pues la garita de acceso al parque está unos metros antes del sendero y si tu alma de funambulista es capaz de superara esas cuestas de arena y piedras del 8% entras gratis al parque.

Tengo que multarte

Leyendo esta crónica alguno va a querer pillar uno de esos vuelos de bajo coste del estilo a los que ofrecen www.vuelo24.es y venir a darse una vuelta por el sur de Utah. Algunas fotos que acompañan estas palabras dan prueba de ello. Pero antes una anécdota amarga que me aconteció tras pasar unos días de gloria en Salt Lake City en los que he hecho nuevos amigos: Lou y Julie, la encantadora pareja de warmshowers. Cualquier calificativo se queda corto para describir su generosidad, su hospitalidad, su amor por los ciclistas: por cualquier tipo de ciclista, haya estado 15 años en el camino o 15 horas.

Papa: ´Quiero un rifle´

Los disparos se escuchan por todos los rincones haciendo imposible determinar donde está el enemigo. Apostado detrás de un coche blanco un hombre dispara. Sus piernas están bien separadas para asegurar que el retroceso de su escopeta no le tirará al suelo. Antes de disparar se toma tu tiempo, pues primero apura otra cerveza que tira en una caja. Es domingo en la montaña de Utah que se tiñe de rojo. No es la sangre de las víctimas sino el milagro del otoño, que va trasformando segundo a segundo, el color de los árboles: los arces. No hay gente caminando por la montaña (sería un suicidio con tanto francotirador suelto) y los que suben hasta los casi dos mil metro de altura, lo hacen en unas motos de cuatro ruedas, ajenos a la belleza y al colorido del lugar. El polvo que levantan cubre el rojo de los arces y me rompe el alma pues es como si tiraran cubos de pintura en la fachada de un bello edificio.
El hombre que dispara ha terminado su munición justo cuando llega su hija en otro coche que conduce la mama. La niña, de unos catorce años, va corriendo a buscar la diana para comprobar cuántos aciertos ha hecho su héroe. Creciendo en ese ambiente, lo más normal es que para el próximo cumpleaños la niña le diga a sus papas: «Quiero un rifle, o si no, una moto».

Más bisontes que ciclistas

El propio folleto del Parque Yellowstone lo advierte en su interior: las carreteras son estrechas con poco arcén y los ciclistas corren peligro. Ayudaría un poco si además de los carteles que adornan el paisaje advirtiendo de la presencia de animales salvajes, hubiera alguno que dijera: Ciclistas en la ruta. Pero no nos engañemos, los ciclistas no dan de comer al parque y los osos sí. Pero las cosas han mejorado un poco con relación a los parques de Canadá. En Yellowstone al menos hay algunos campings con precio reducido para ciclistas o montañeros. Aunque en algunos como el Lago Lewis es una medida hipócrita. El emplazamiento destinado a ciclistas y montañeros (5 $ persona y noche) es tan pequeño que caben apenas dos tiendas. Mi nueva tienda, con amplio porche, ni siquiera entra.

El Vasco que ahorra energía

Si lo hubiéramos planificado con tiempo no habría salido mejor. Con la escasa diferencia de un día, Lontxo y yo nos encontramos en Whitefish. Este encuentro me ha sabido tan bueno como el anterior – casualmente en otro pueblo que también tiene algo de White: Whitehorse- pero como ocurre con esos lugares para acampar que no te esperas y te sorprenden al final de una dura jornada, por no planificado parece más dulce. Al amigo Lontxo le dedicaré uno de mis artículos en la Revista Bike (en la que escribo mensualmente desde el inicio de esta vuelta al mundo), y no me extenderé aquí sobre su quijotesca figura. Baste mencionar que, tras haber pedaleado con él un par de días, he descubierto el secreto de cómo Lontxo acumula ya 15 años pedaleando por el mundo (170.000 kms). Todos sus gestos, los grandes y los pequeños, son medidos, diseñados para ahorrar energía. Lontxo se quita las gafas como un antiguo hidalgo se quitaría el sombrero ante una bella dama. Su miopía adquiere así rango de hidalguía. Lontxo no va más rápido porque no quiere. Subiendo el último puerto, tras el cual nos separamos hasta vaya usted a saber cuando, Lontxo se puso de pie sobre los pedales y mantuvo un frenético ritmo que ni el mismisimo Contador (con una bici de casi 70 kilos) habría mantenido su rueda. Ni abría la boca ni desviaba la vista del asfalto. Su concentración no estaba en ir más rápido, ni en llegar antes. Su interés era ahorrar energía para los cientos de puertos que le quedan hasta regresar un día a su querida Gasteiz.

Viento, sudor y lágrimas

Por un perfecto carril bici, mantenido en invierno en razonables condiciones, mi amigo Mark me guía hasta el centro de Calgary. Ahora está retirado pero cuando trabajaba recorría ese trayecto dos veces al día (36 kms ida y vuelta). Nos conocimos en Nueva Zelanda el año pasado y llegué a Calgary, su casa, para visitarle. Durante tres días no me dejó acercarme al fogón y se preocupó de que no me faltara de nada. Aunque lo que me faltaba había quedado unos kilómetros atrás, en una intersección de la ruta. Las dos chicas suizas con las que he viajado varios días, pronto se convirtieron en una sola. Despedirte en una cruce de carreteras de alguien con quien has compartido tan buenos momentos en la ruta es extremadamente doloroso. Tanto que decimos ir a tomar un café para tratar de suavizar la amputación, sin anestesia local, de una parte del corazón que reciprocamente habíamos perdido cruzando el parque nacional de Jasper. El café no hizo sino prolongar lo improrrogable y saltamos a la bici con la certeza absoluta de que ninguno de los dos tenía idea de en qué cruce de carreteras nos veríamos de nuevo.

La lección del colibrí

En la calurosa sala del aeropuerto de Mexico DF los altavoces recuerdan, por última vez, que el vuelo con destino a Alaska va a despegar de forma inminente. Cargados con las bolsas de las últimas e innecesarias compras del duty free, los pasajeros van poco a poco accediendo al pájaro de metal que los trasladara, en menos de un día, hasta el norte de América. A esa misma hora otro pájaro inicia su vuelo con idéntico destino. No lleva pasajeros a bordo, ni maletas, y por más combustible no carga más que un afilado y largo pico curvilíneo del que irá sustrayendo a las flores el manjar con el que alimentar su cuerpecito en una travesía de meses. Pocos pájaros hay en el mundo que, con relación a un peso tan liviano, sean capaces de cubrir una distancia tan grande.

Cuando el río suena oro lleva

«El comfort es muelle, cada vez más muelle, ablanda, aquieta, inmoviliza. Y si a pesar de todo te movés, es para ganar más plata, a fin de conseguir más comfort» (La vecina orilla, Mario Benedetti)

Un viento favorable me impulsa para salir de Tok. Aunque no me sopla en la espalda sino en el corazón. La visita, inesperada y carnívora, de mis nuevos amigos españoles que conocí en Fairbanks me da la energía de la que mis piernas adolecen para mover a Karma. Se han metido más de 600 kilómetros entre pecho y espalda para hacerme dos impresionantes barbacoas. No pueden ser mejor gente. Gracias amigos.

De reencuentros entre viajeros, con sus silencios y corcheas

A punto de abandonar Alaska y entrar en Canada he decidido cambiar de frontera. Cruzaré por la que une, más al norte, norteamerica y Canada. Una ruta que se llama «La cima del mundo» y cuyo nombre, siendo una mentira para atraer más gente, no deja de ser evocadora. La cima del mundo podría ser, en su caso, algunas de las pistas que por encima de 4.000 metros conectan los profundos e inmensos valles del Tibet. Pero en Tibet no necestian crear productos de marketin para captar turistas.
La razón para modificar mi ruta se llama Terry. Un neozalendés que conocí en su país hace meses y que con sesenta y pico años, ha estado recogiendo manzanas por 15 dólares la hora para juntar fondos y pagar un avión que, junto con su bici, le trajera por estas latitudes. Terry cruzará por esa pista que lleva a Dawson (Canada) y si yo lo hago por otra frontera no nos veremos. Y eso no se puede consentir.
Los encuentros entre viajeros son tan raros y excepcionales como hallar en tu jardín un trébol de cuatro hojas, ver un arco iris doble o sorprender a un alce cruzando la ruta.

Y al noveno día apareció Fairbanks (parte 2 de 2)

El primer y mustio árbol surgió nada más bajar el paso de Atingun. Más parecía un poste de la luz que un árbol; no tenía ni ramas. Pero pronto surgieron cuatro más, y veinte, y de repente un bosque. Y la amenaza de lo osos grizzley se convirtió en la de los osos negros, que son los que suben a los árboles. Me tomé más en serio lo de no comer cerca de la tienda antes de dormir y tratar de subir la comida a un árbol lejos de mi campamento. Era un poco más de trabajo del habitual. Empaquetar junta toda la comida y meterla en una bolsa hermética para no atraer a los osos, cuyo fino olfato percibe la comida desde bien lejos.

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