Login

Register

Login

Register

Estados Unidos

Dicotomías con guacamole

Tras ocho horas de pedaleo, y a punto de salir de Estados Unidos, mi cansancio era evidente y mi aspecto deplorable. Más de seis días si afeitarme, sudando sin parar desde al amanecer hasta la puesta del sol, y con ganas de huir del horrible viento, dejaban en mi cara surcos de fatiga. Es admirable que el oficial de aduanas mejicano se dirigiera a mi con la coletilla de Señor:
«¿Cuánto tiempo va a estar en Mexico el señor?»

Seis días contra viento y ruido

No necesitaba una brújula ni un mapa para encontrar mi camino a la salida de Austin. Álvaro, de la organización www.bekindtocylists.org me acompañó hasta las afueras. Pero en realidad era fácil. Bastaba que me fijara en las banderas. Ellas se enderezaban en dirección opuesta a mi camino, es decir, que siempre que me dirigiese contra el viento estaría apuntando hacia mi destino: Mexico. Creo que el ser humano tiene cuatro articulaciones: dos en los brazos y en las rodillas. Las cuatro me dolían profundamente durante las más de 6 horas en bici que debía completar cada día para, a una media de 13km/h, avanzar al menos 85 kms.. De esa manera más de seis horas diarias encima del sillín eran una certidumbre no una sorpresa.

La lección de Iris

Esta es otra crónica de mis días recorriendo la parte sur de Estados Unidos. Arizona, Nuevo Mexico y Texas. Es la historia de lo que un nómada observa cuando atraviesa un país. Cuando lo hace con los cinco sentidos bien despiertos, atentos a cualquier señal que pueda venir del exterior. Aunque estas sean muy escasas.

Einstein hubiera averiguado una fórmula

El desierto, con su ausencia de información visual y auditiva, con sus noches estrelladas, con sus vastos espacios en los que los ojos del nómada son a su vez nómadas que no saben donde detenerse, te ayuda a pensar. Es posible que esta crónica padezca de mal de altura. Las reflexiones que vengo a compartir las he sacado después de más de una semana por encima de los 2.000 metros y haciendo 85 kms por día. Pero lo curioso es que hablando con ciertos estadounidenses veo que ellos piensan muy parecido sino igual.

Hace frío en el Gran Cañón y en los ojos del Policía

Escucho en las noticias que más del 70% de las carreteras del estado de California están en mal estado. Los baches que voy esquivando a mi salida de Los Angeles lo confirman. Dejé esa enorme ciudad con la bici llena de ilusión, comida y sin ninguna condición física. Aunque de una ciudad como Los Angeles uno no sale en un día. Tardé unos tres días en dejar de ver edificios y centros comerciales. Los centros comerciales han sustituido en la era moderna a la plazita del pueblo, al banco y a la arboleda. El éxito de un centro comercial radica en la capacidad de su aparcamiento y en la existencia de abundantes cajeros automáticos. Si a eso le añades tres o cuatro cadenas de comida rápida y un par de cines, te aseguras que el pueblo entero pase por ahí una vez a la semana. Posiblemente más.

Back in the USA

En algún lugar escribí que uno no se acostumbra a las despedidas, por más que me esté despidiendo desde el instante que digo hola a alguien por primera vez. En los últimas semanas he vuelto a decir «ciao» a viejos amigos. Y mejor no pensar cuándo volveré a verles para no deprimirme. Mas lo cierto es que entre viejos amigos se teje un hilo, fino y fuerte, que anula la posibilidad de cualquier adiós. Mauricio, por ejemplo, el cara que vive en Sao Paulo y que con tanto cariño remozó a la Comandante Maxi antes de que esta emprendiera su vuelta por el mundo. O el gran Matías, el tranquilo director de cine, padre de familia y (excelente) pescador según él, que me ayudó enormemente con el último documental Contagiando alegría. O los inseparables Horacio y Pablo, el negro y el pelao para entendernos, aquéllos tipos que conocí en el 2002 en Trujillo (Perú) y de quiénes hablo en mi libro Kilómetros de Sonrisas. O la fabulosa familia Burgués y los Castaño de Rosario. Seres encantadores porque ejercen la sencillez y la amistad en estado puro.

Blanco o negro

El día que los Estados Unidos decidía su futuro para los próximos cuatro años yo me dirigía hacia Los Angeles. El país amaneció tranquilo, no era festivo, como si esas elecciones presidenciales fuera algo que ocurriera cada martes. No se veían grandes aglomeraciones de personas en los colegios electorales. Era difícil incluso determinar donde estaban los colegios electorales. Las estadísticas aclararían más tarde que esta años ha votado menos gente que en las anteriores elecciones. La política solo interesa a los políticos, el Tour a los ciclistas y el amor a los poetas.

El verano indio

La luna brilla con la insolencia y la belleza de una muchacha de veinte años. Se desata de los últimos pinos que pretenden enredarla, como un globo de helio que se le escapase a un niño, y alza su redonda figura al firmamento. Ni siquiera las estrellas son capaces de competir hoy con su hermosura. Su luz baña el bosque y convierte mi hoguera en poco más o menos que la débil llama de un extinto encendedor. Agónico fuego con el que ahuyento no tanto el frío como los osos. Si, de nuevo osos. Ya había mandado mi spray antiosos al rincón más oscuro y tenebroso de mi alforja trasera derecha y he acudido, hoy, a su rescate. A punto de entrar a Yosemite la presencia de osos negros es notoria.

La nieve ha bloqueado durante casi una semana el paso de 3.000 metros que, en la parte este, da acceso a este Parque Nacional. Una nueva tormenta está al acecho y no creo que vuelvan a limpiar el Paso Tioga. Permanecerá cerrado hasta Mayo del año que viene. Es lo habitual. Pero antes de continuar con la luna, las tormentas y la hoguera; Las Vegas.

La lección de Jesús (el sin papeles)

Recorrer dos veces el mismo camino es algo que no me gusta hacer. Pero The Wave bien valía la pena y desandar la ruta para regresar a Kanab fue un placer (contra el viento) Y a punto de salir de ese tranquilo pueblo en el sur de Utah un hombre se acercó para hablar conmigo. Sucedió a la salida de la biblioteca, esos hermosos lugares en los que antes iba a leer el periódico o algún libro, y a los que ahora acudo para actualizar mi web y responder los correos electrónicos. Steve me sacaba dos cabezas y veinte años al menos. Steve me pidió que le acompañara hasta su casa, pues creía que a su mujer le gustaría conocerme. La casa no se encontraba muy lejos. Era un edificio de dos plantas, antiguo y, como supe después, con Historia. Entre otros ilustres personajes que habían dormido allí se citaba al mismísimo Buffalo Bill.

The Wave

Ya me avisó mi amigo Salva: «Butanín, no te pierdas The Wave«. (Me llama Butanín desde que conseguí la visa para recorrer Bhutan) Yo le llamo otras cosas que no vienen al caso. Ver la ola, The Wave, es una lotería. Sólo 20 personas pueden acceder al día. La mitad de las plazas se sortean on line con meses de anticipación. Y para cada día quedan 10 puestos que se sortean a las puertas de la oficina a las afueras de Kanab. Normalmente hay unas 60 personas optando a alguna de esas plazas, aunque hay ocasiones que concurren hasta 150 personas. Si te toca tu número, al día siguiente serás uno de los afortunados que podrá recorrer un camino de dos horas (entre rocas, arena y cactus) hasta llegar a una pequeña grieta que conduce a la maravilla de colores, formas, texturas y silencio que configuran The Wave.
Ir arriba