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Canadá

Viento, sudor y lágrimas

Por un perfecto carril bici, mantenido en invierno en razonables condiciones, mi amigo Mark me guía hasta el centro de Calgary. Ahora está retirado pero cuando trabajaba recorría ese trayecto dos veces al día (36 kms ida y vuelta). Nos conocimos en Nueva Zelanda el año pasado y llegué a Calgary, su casa, para visitarle. Durante tres días no me dejó acercarme al fogón y se preocupó de que no me faltara de nada. Aunque lo que me faltaba había quedado unos kilómetros atrás, en una intersección de la ruta. Las dos chicas suizas con las que he viajado varios días, pronto se convirtieron en una sola. Despedirte en una cruce de carreteras de alguien con quien has compartido tan buenos momentos en la ruta es extremadamente doloroso. Tanto que decimos ir a tomar un café para tratar de suavizar la amputación, sin anestesia local, de una parte del corazón que reciprocamente habíamos perdido cruzando el parque nacional de Jasper. El café no hizo sino prolongar lo improrrogable y saltamos a la bici con la certeza absoluta de que ninguno de los dos tenía idea de en qué cruce de carreteras nos veríamos de nuevo.

Pasen y vean (previo pago) nuestros Parques Nacionales

En la Oficina del Parque Nacional en Jasper la simpática chica que nos da las instrucciones de cómo llegar hasta Banff se queda en blanco ante la pregunta que le formulamos:


«¿Cuántas tiendas caben en una plaza de camping?»
Tenemos tres tiendas y si debemos comprar dos plazas el presupuesto se dispara enormemente. Dentro del Parque Nacional hay plazas que cuestan 37 dólares por parcela. Somos 4 ciclistas y podemos dividir los costes pero si hay que pagar dos lugares…

Hay algunos campings más baratos: 27 dólares, pero durante el fin de semana están llenos.

Esto nos provoca otra pregunta que le formulamos de nuevo a la chica.

La felicidad del día siguiente y su relación con los 5 sentidos

Lo primero que perdieron fue la mirada. El contacto con los otros. Se quedaron ciegos aunque ellos seguían viendo. No miraban pero veían. Se cruzaban con otros seres y, aunque estos fueran desnudos o tocados con un sombrero de copa, no les prestaban atención. No lo hacían desde luego de una manera natural, ya que el cerebro ha sido diseñado para hacer sonar la alarma cuando vemos algo que no encaja en lo tradicional, pero le ordenaban al hipotálamo que no se excitase. Algo similar hacían con sus correos basura en el ordenador: sin llegar siquiera a abrirlos ya los habían eliminado. José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera relata como sería un mundo sin visión y las consecuencias son aterradoras.
Y ese es, apenas, uno de los cinco órganos sensoriales.

Técnicas africanas para Canadá: inimaginable

Las enormes distancias entre pueblo y pueblo (el último supermercado lo vi hace 19 días), la agobiante y permanente presencia de mosquitos y la amenazadora presencia de miles de osos, convierte el recorrido por Canadá en una diminuta pesadilla. Si a esto le añadimos la lluvia y los escandalosos precios del pan o una simple lata de atún en alguna de las escasas tiendas de la carretera, no conviertene a Canada en uno de los mejores destinos para ser un nómada. Se entiende por nómada aquélla persona que está en un continuo viaje, sin residencia fija. Aunque en los países que se autodenominan primer mundo no se les llama nómadas sino vagabundos, como si tener una casa te diera confiriese más derechos y te elevase a una categoría diferente a la de pájaro, salmón o nube.

Con el Gardel de la bicicleta

Uno podría pasar todo lo que dura un verano en el Yukón, el peor verano en años dicen los de aquí, escuchando a Lorenzo Rojo: un vasco que lleva ya 15 años tipitapa (pasito a pasito en euskera) en bicic por el ancho mundo. Lo más interesante de lo que Lorenzo dice es lo que calla. Sus manos liándo un cigarrillo como quién puliera un diamante, sus movimientos tan precisos y lentos que uno diría que tiene una batería limitada. Compartimos hace 6 años lindos paseos por Maputo (capital de Mozambique) pero ahora nuestras conversaciones se han hecho más densas: como si dos académicos de la Lengua que se admiran se reuniesen, tras mucho tiempo en contacto, pero la reunión fuera breve: lo que dura un verano en el Yukón.

De esto hace aproximadamente 112 años

Los caballos, en número de seis, eran cuidados con especial interés y cada uno tenía nombre propio. No sólo por el bien del negocio sino porque si morían o desfallecían de frío, tal vez ni los pasajeros ni los conductores saldrían con vida de aquélla. Gruesas mantas les protegían el pecho y los costados, y en sus patas, unos inventos de metal de afiladas puntas evitaban que resbalasen en el hielo.
La compañía White-pass and Yukon Road ofrecía este viaje entre Dawson y Whiterhorse, en invierno, por una ruta más directa que la que hoy he seguido para llegar hasta la capital del Yukón. Aprovechándose de que la tierra cerraba sus grietas en un letal abrazo de hielo, los caballos que tiraban del carruaje podían acortar por valles que en verano eran ciénagas por donde los mosquitos harían imposible aventurarse en esos terrenos.

Cuando el río suena oro lleva

«El comfort es muelle, cada vez más muelle, ablanda, aquieta, inmoviliza. Y si a pesar de todo te movés, es para ganar más plata, a fin de conseguir más comfort» (La vecina orilla, Mario Benedetti)

Un viento favorable me impulsa para salir de Tok. Aunque no me sopla en la espalda sino en el corazón. La visita, inesperada y carnívora, de mis nuevos amigos españoles que conocí en Fairbanks me da la energía de la que mis piernas adolecen para mover a Karma. Se han metido más de 600 kilómetros entre pecho y espalda para hacerme dos impresionantes barbacoas. No pueden ser mejor gente. Gracias amigos.

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