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Ingreso mínimo vital o el regalo de los peces

Tirando de tarjeta de crédito uno puede comprarse lo que no puede pagar. La capacidad de endeudamiento está a mi modo de ver ligada al decisión del ser humano del siglo XXI en países desarrollados, de trasladar todas sus expectativas, sueños y quimeras al futuro.

El futuro es como el trastero del presente. Es donde confinamos lo que hoy no queremos, porque no nos atrevemos a hacer en nuestra vida los cambios y renuncias que son precisos, o no podemos porque hemos creado una estructura tan difícil de mover como un elefante en brazos.

Sea como fuere, en el presente solo habita nuestro cuerpo. Evocamos el pasado para confirmar con nuestro ego que cualquier tiempo pasado fue mejor, y desplazamos al futuro los cambios que queremos en nuestra vida.

¿Qué tiene esto que ver con el ingreso mínimo vital que el Gobierno actual de España ha aprobado?

El refranero popular lo resume: pan para hoy y hambre para mañana.

Cuando durante la vuelta al mundo recorrí Argentina, primero con la crisis del corralito del 2001, y luego con la presidencia de Cristina Fernández, comprobé el éxito popular de las medidas: pescado para todos, internet para todos, prestación por hijo…

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No hay nada más efectivo en política para conseguir votos, que regalar camisetas en la calle o dar pensiones mínimas. Se consigue así un voto perpetuo, cautivo, que no discute el programa del partido en el poder pues con ese pescado para todos les callan. Con la boca llena no se habla.

Cualquier medida implantada de forma general, sin estudiar caso por caso, está por esencia destinada a crear injusticias (personas merecedoras que quedan fuera) y abusos (personas que sin tener derecho la reclaman)

¿Cómo podremos pagar, como Estado, el ingreso mínimo vital? Con la tarjeta de crédito de los gobiernos, es decir, el endeudamiento.

¿Significa esto que me posiciono en contra del ingreso mínimo vital? Tal y como se quiere aplicar si.

Toda familia, cualquiera que sea la circunstancia que la ha llevado a una situación de pobreza, tiene derecho, no entendido como algo reclamable, sino como principio moral, a ser asistida. Pero convertir esa ayuda en un derecho vital, una prerrogativa frente al Estado, es consolidar la situación de pobreza de esa familia.

Siempre se ha dicho que hay que enseñar a pescar no regalar peces. Y con el ingreso mínimo vital se regalan peces.

Implantar esa medida sin límites, sin requerir que esa familia luche por salir, con la ayuda del Estado, de la situación que creó la pobreza, es achicar agua de un barco que se hunde sin averiguar en qué parte del casco está el agujero.

A priori lleva más tiempo implementar unas medidas para determinar con mayor precisión, quién y durante cuánto tiempo debe ser beneficiario de esa ayuda. A la larga se termina encontrando la vía de agua.

Recuerdo de pequeño la cabalgata de Reyes. Tiraban caramelos y siempre había alguien que acumulaba muchos más que yo. La distribución no se hacía en función de quién tiene menos sino bajo la máxima: si alguien puede, como tiene derecho, que acumule toda la bolsa.  Y así acaban produciéndose agravios comparativos evidentes.

Recorriendo la segunda vez Argentina mis amigos de Rosario me contaban que había mujeres que tenían hijos para cobrar la pensión que el Gobierno proporcionaba. Eso causa un efecto inmediato en la población: desinterés por trabajar.

No hace mucho en Suiza se votó por crear un salario mínimo para todo el mundo. La idea era que si querías dedicarte a lo que te apasionaba, pero no te daba dinero, por ejemplo tocar el acordeón, te quedaras en casa y no fueras a tu trabajo; el Gobierno te pagaría un sueldo mínimo suficiente para comer, pagar el alquiler y llegar a fin de mes. Se pensaba que quien se dedica a lo que le apasiona, tarde o temprano será un excelente profesional, en este caso músico, y encontraría trabajo de lo suyo sin tener que recurrir a ese salario mínimo, cobrando mucho menos, pero por supuesto siendo más feliz al hacer lo que le gusta.

O podía quedarse en su trabajo de toda la vida, con el que ganaba dos o tres veces más del salario mínimo del Gobierno, pero no podría llegar a ser un maestro del acordeón. En el referéndum el pueblo votó que no quería ese salario mínimo y que preferían seguir trabajando por un sobre más voluminoso a fin de mes aunque no hicieran lo que les apasiona.

El Gobierno suizo trataba de incentivar a los ciudadanos para que hagan lo que les gusta y en España el Gobierno implementa una medida que, a mi modo de ver, desincentiva a quien quiere trabajar.

Otra cosa muy diferente hubiera sido, estudiar las familias con pocos ingresos y ayudarles durante un tiempo, facilitándoles formación y recursos para que salir de esa situación. Se trata de que los individuos mejoren en la vida, que aprendan a caminar sin muletas, no de regalarles unas muletas para toda la vida, porque eso crea dependencia y, como mencionaba, nunca soltarán la mano de quien les tiende las muletas, su benefactor.

Cualquier tipo de ayuda debe entenderse como algo excepcional, pues es muy peligrosa. Cuando alguien no cumpla los requisitos para recibir la ayuda porque gana 5 euros de más de lo que marca la ley, no te quiero contar el cabreo que se va a pillar y es posible que esa persona tienda a ganar 5 euros menos, para así acceder a la ayuda, que a ganar 500 euros más para no precisar de la ayuda.

El Estado del bienestar es, financieramente, insostenible. Queda muy bien como marco teórico, da muchos votos, pero no es sostenible, no ya económicamente sino moralmente. Debemos educar a las personas a que vuelen libres, a que se busquen sus recursos, a que discurran, a qué no vayan por la vida con más muletas de las imprescindibles.

La figura del papa Estado que te provee de bienes y servicios es muy peligrosa. Debe limitarse a lo mínimo, a infraestructuras o servicios de interés general, como carreteras, hospitales, energía…, pero incentivar a que sean los individuos los que tomen las riendas de la vida.

Imagina que el Estado son los padres y los ciudadanos los hijos. Estos se han ido de casa pero las cosas no les salen bien y los padres acaban teniendo que darles de comer, recibirles de nuevo en casa, e incluso proporcionarles ingresos mínimos. Es una situación no deseada por los hijos, pero como los padres no marquen un límite a su ayuda, unas condiciones de excepcionalidad para la misma, como algo indeseable, los hijos no se irán nunca.

¿Que esto ya está ocurriendo?

Entonces no me extraña que el Estado aprobara el ingreso mínimo vital.

Leer esto con la mente abierta, sin intentar juzgar de si pertenezco o voto o me gusta tal o cual partido, porque con estructuras mentales así, no conseguiréis entender la esencia del artículo.

Paz y Bien, el biciclown.

 

1 comentario en “Ingreso mínimo vital o el regalo de los peces”

  1. Mejor un gobierno que cree empleo y no agobie con los impuestos, y sobre todo de una buena educacion que realmente sirva para afrontar la vida con garantias de exito.

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