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Comenzando a atisbar la clave

Más despacio. Que tus manos se detengan en mis caderas, sin apresurar su camino solo acelerando mi corazón en una síncope de los sentidos. Más despacio aún, porque comienzo a…

Más despacio. Que tus manos se detengan en mis caderas, sin apresurar su camino solo acelerando mi corazón en una síncope de los sentidos.
Más despacio aún, porque comienzo a entender que el tiempo es una realidad inventada por los relojeros, como los hoteles los inventaron los turistas que perdieron un día el vuelo de regreso.
La Tierra llevaba mucho tiempo dando señales de agotamiento sin que a nosotros nos importara una mierda. Si a mi me va bien, es una pena, pero no puedo hacer nada por ti. !Portazo!.
Ahora estamos un poquito más unidos, como lo estuvieron los habitantes de Japón en el tsunami, aunque sea una pandemia lo que nos redefine. Levantábamos muros y alambradas para impedir a otros seres humanos que nos contagiaran con sus deseos de buscarse la vida y ahora un virus sin papeles pone en evidencia nuestras fronteras.
Más despacio. Necesito que tus caricias no quepan en los segundos de un minuto para poder recordarlas cuando el abrazo sea prohibido, cuando besarse sea un delito de tres años y un día.
Más despacio si fuera posible, para alumbrar un tiempo que se mida en troncos quemados en la hoguera. Un tiempo regido por los instintos más básicos del ser humano, aquéllos que no precisan de Netflix para ser satisfechos.

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Ninguna rutina te puede servir de refugio cuando el confinamiento supera las tres semanas. La rutina es el paracaídas del confinado, pero como digo, a partir del vigesimosegundo día, si tiras, te quedarás con la cuerdita en la mano. Es ahí cuando el espejo de tu cuarto comenzará a decirte esas cuatro verdades que antes no querías oír. Te parabas delante del espejo para arreglarte el pelo o ajustar los botones de la camisa, pero no para verte sino para acondicionar tu imagen a lo que de ti se espera. Unos minutos bastaban para ajustar la imagen del espejo con la fantasía que habías inventado de tu persona.
Pero ahora que no sales de la habitación y el espejo te devuelve una y otra vez tu reflejo, acabas por hacerle caso. Te paras delante y, sin retocar la camisa ni el pelo, por primera vez te ves. Por primera vez no te miras para nadie; te miras para ti. Y lo que ves no te gusta.
Más despacio, porque nadie nos espera. No tenemos que fingir prisa, porque nadie nos espera. El milagro de este confinamiento es redescubrir que, antes, corríamos intentando atrapar todo el tiempo en nuestras manos, como si de fina arena blanca se tratara. Se nos escurría con estúpida facilidad
Ahora me basta con saber de tus manos detenidas en mis caderas para sentir que así se creo el mundo.

Paz y Bien, el biciclown.

algunas semejanzas climaticas 1

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