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Himalaya Tour 2019 (Tercera parte)

Las piernas queman al iniciar una pequeña subida tras más de 30 kilómetros de bajada. Arden. Sientes como si varias manos te apretaran los muslos con rabia. Aunque esa quemazón…

Las piernas queman al iniciar una pequeña subida tras más de 30 kilómetros de bajada. Arden. Sientes como si varias manos te apretaran los muslos con rabia. Aunque esa quemazón cesa a los cien metros de subida, es tan dolorosa como caminar sobre brasas. Sin embargo el músculo asume su destino y las manos reducen la presión. La subida continúa cinco kilómetros.

Son sensaciones físicas a la entrada de Leh, tras siete días de ruta desde Manali, superando puertos de montaña inimaginables en Europa. Tan solo he ascendido ese tipo de pasos en América, y he de decir, que las carreteras allí estaban en peores condiciones. Llegar a los 5.000 metros sobre asfalto es una ironía en el Himalaya, pero posible debido al enorme trabajo de personas (de las castas más inferiores de India) que sacrifican su salud por apenas 8 dólares al día. Viven en la carretera. Al terminar su jornada se refugian debajo de unos plásticos sujetos por un palo y, acurrucados y en condiciones inhumanas, aguardan que claree el día para volver a agarrar pico y pala y tallar la montaña con sus uñas para ensanchar la carretera o empujar gigantescas rotas que bloquean el tráfico. Mujeres y hombres, comparten destino, polvo y dormitorio.

Hoy es el primer día de descanso en Leh, tras siete días ininterrumpidos de carretera junto al amigo Koos. Y para retomar la crónica en el punto en que la dejé en la anterior, debo ofrecerte más información.

Concluí en solitario la ruta por Spiti de la manera que no pensé que lo haría. En coche. La penúltima etapa fue de gran dureza, recorriendo durante más de treinta kilómetros el peor camino posible, donde el río tomó posesión de la carretera. Piedras, agua y cuatro kilómetros de media por hora, fue el resultado hasta llegar a Chatru.

Koos tras el Rhotang pass

La ruta el último día de Spiti está borrada por el río

Descansé en Kokxar, en una tienda al lado de la carretera, tras cenar unos momos preparados por una hermosa muchacha tibetana de veintidós años y me las prometía felices al recobrar el asfalto.

Debía ascender el Rhotang pass de casi 4.000 metros para descender más tarde a Manali, tomar un bus de 16 horas a Delhi e ir al aeropuerto a buscar a Koos.

 

Pero si la subida del Rhotang pass fue difícil, atravesando tres kilómetros de barro pegajoso como la savia, la bajada fue imposible. La lluvia, inminente al cruzar el paso, el barro omnipresente y la paliza que llevaba la olovbike, me dejaron expuesto ante la pendiente sin frenos. Mis manos temblaban del frío y no podía sujetar la herramienta para ajustar los frenos. La lluvia era cada vez más fuerte y no había ningún lugar en el que refugiarse. Comencé a caminar cuesta abajo, aunque los 50 kilos de la bici eran un peso difícil de sujetar con mis brazos al no poder usar los frenos.

Los coches estaban bloqueados por un desprendimiento y mientras les sobrepasaba caminando, iba pensando en mis opciones. Manali estaba a 45 kilómetros, pero a casi 2.000 metros de desnivel más abajo. Vi una furgoneta con la caja vacía y le pregunté al hombre si me llevaba a Manali. Claro que si, dijo Vijay.

Me subí al coche y estuvimos dos horas esperando que se desbloqueara la carretera. No se si fue buena opción, aunque al ponernos en marcha se disipó mi duda. 

En Manali me esperaba una gran persona, Vikas. Él ha creado un gran lugar en las alturas de Manali llamado Backwoods Mountain Camp. Desde su pequeño paraíso se observa, más abajo, Manali. 

Vikas me obsequió con el típico sombrero que portan los hombres del valle y me invitó a una excelente comida que me devolvió el calor.

Al día siguiente dejaría la Olovbike a recaudo de Himalayanbikebar para ajustar los frenos y darle un poco de cariño.

Un día después me subía en el autobús para llegar a Delhi y aguardar a Koos en el hotel reservado para la ocasión por aventura en india.

A Koos no le dio tiempo a sentir el calor de Delhi, porque en menos de 24h nos subíamos en otro autobús rumbo a Manali. Un viaje en bus por esas carreteras durante 16h te vuelve a hacer creyente. Tantas posibilidades de tener accidentes y salir sin un rasguño es cuestión de un milagro.

Vikas nos acercó en su camioneta a su campamento y nos regaló otra estancia y otra cena memorable. Su cocinero, nepalí, es una joya que Vikas cuida como uno más de su familia. Vikas está casado con la hermana de Tenzin, el dueño del Om Hotel en Pooh que me alojó días atrás. ¿Increíbles coincidencias?

No lo se. Pero tengo la certeza de que está vida de viajar en bicicleta sin guión, a base de resolver problemas según van apareciendo, sin más pretensiones que sentir una libertad que se nos escapa, añorando vivir con más intensidad cada día, es una opción de vida que me llena. La extrañaba. Tras finalizar la vuelta al mundo no había estado tanto tiempo en la bicicleta de forma continuada. No encuentro manera de vivir más sencilla y placentera. Nunca la comida me ha sabido tan rica. El agua caliente para la ducha es un raro regalo que obtengo a veces, pero cuando ocurre, cada centímetro de mi piel es una fiesta.

 

 

Valoro cada flor que descubro en la montaña, cada soplo de viento a mis espaldas, cada cómplice mirada en el camino.

Junto a Koos y tras recuperar la Olovbike, comenzamos la subida del Rhotang pass. Le advierto del barro y de la lluvia, pero no le desanimo. Tiene hambre de agujetas. El primer día descansamos en Marhi, en un campamento improvisado en el comedor de un restaurante. Pensamos coronar al día siguiente, y lo hacemos con lluvia.

 

En la bajada nos detenemos en el restaurante de la bonita chica tibetana a comer. Se sorprende al verme de nuevo, esta vez acompañado.

 

Avanzamos camino y las nubes van desapareciendo. El monzón no puede superar las cumbres que rodean Manali. Y nosotros intentamos acercarnos al primer paso de más de 4.000 metros. Koos no está aclimatado y sufre el mal de altura. Se detiene cada paso y se derrumba sobre el manillar de su bici. Sabe a lo que ha venido y no se rinde. Cada metro que avanza co su bici es un record personal. No imaginaba tanta dureza. Pero esto no ha hecho más que comenzar.

Paz y Bien, el biciclown.

Acampados a más de 4.000

1Comentario
  • aigd18
    Publicado a las 21:46h, 10 agosto Responder

    Me encanta cómo lo relatas…,me encanta vayas bien acompañado y viceversa…, me encanta tu mundo. FELICIDADES! Y, GRACIAS por compartirlo.

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