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Tejiendo el cesto

(Lille). Con los mimbres que tienes debes hacer el cesto. No sabes bien lo que durará ni tampoco conoces cómo hacerlo. Pero empiezas. Al cabo de un rato ya llevas hecho la mitad y no ves más que errores. Pero lo vas tejiendo.

Algo así ha sido mi vuelta al mundo. Con poca información, mucha menos de la que hay actualmente en internet, pero con el depósito de ilusión a tope, comencé a pedalear. No fue hasta hace unos años que descubrí que todos los problemas vienen con su paquetito de soluciones. Normalmente tres. Basta descartar la peor. Ya quedan sólo dos. Lanzar la moneda al aire siempre ayuda para descartar una de ellas. Lo hago a menudo. Pero con trampa. Así es como tomo muchas decisiones. Una vez me quedan dos alternativas y, siendo incapaz de decantarme por una de ellas, busco una moneda. Si sale cara hago A y si sale cruz tomo la decisión B. El destino juega sus cartas y me ofrece la solución. Ha salido cara. Entonces, y sólo entonces, cuando se que debo tomar la decisión A, impuesta por el destino y no elegida por mí, pienso: “Umm, no se si quiero A. En realidad creo que me conviene más B“.

Y tomo la decisión B, que no fue la que el destino me entregó en suerte. O a veces si, a veces lo que el destino me ofrece es lo que acepto.

El destino decidió que tenía que pedalear en Hawai. Con gusto lo acepté

Esta forma rocambolesca de tomar decisiones me ha funcionado a la perfección en mi vida, pero no porque siempre haya tomado la mejor decisión para mi, sino porque siempre he aceptado la decisión que he tomado y he asumido sus consecuencias. Esto es lo verdaderamente importantes. Decisiones acertadas hay muchas, lo fundamental es apechugar con sus consecuencias y no arrepentirse a mitad del camino.

Tras soldar el cuadro en Suiza pensé rapidamente en que debía buscar una alternativa. Tres roturas en cuatro meses no son un aviso del destino, son tres avisos. Contacté varias empresas de bicicletas con cuadros de calidad. La mayoría de Alemania. Descartando los que no contestaban y los que no les interesaba, me quedó al final una compañía. Un día antes de mi cumpleaños llegué a la fábrica, al sur de Alemania. Por correo me habían prometido ayudarme. El lunes, justo el día de mi cumpleaños (día idóneo para recibir esa ayuda y un nuevo cuadro), nada ocurrió. Me quedé tres noches acampado en el jardín de la fábrica cuyo nombre revelaré en otra ocasión. Salí de allí montado en Karma. El único cambio en mi vida fue que entré con 49 y salí con 50.  La prometida ayuda quedó pospuesta. Puede que llegue y puede que no.

Pero yo debo seguir tejiendo el cesto con lo que tengo. Karma parece que aguanta, aunque una rotura de un cuadro no es una gripe que va creciendo poco a poco en tu interior, como la ola para el náufrago que diría Rosales.

“Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir, y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores, hasta la última, hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente, así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño, sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería”.

 

Una rotura del cuadro es más un estornudo. Imparable y sin aviso previo. Cuando lo percibes ya terminó.

Cambiar de bici me provoca en primer lugar un conflicto personal. ¿Qué hago con Karma? ¿Dónde la dejo? En segundo lugar ¿Qué nombre le pongo a la nueva bici? Y lo más importante es que entre ella y yo se ha tejido la misma relación que la que existe entre cada mimbre del cesto. Somos inseparables.

Paz y Bien, el biciclown.

La vida sin juego es menos vida

1Comentario
  • Corto
    Publicado a las 18:19h, 24 Julio Responder

    Gracias por compartir…

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