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Lo tenemos todo, bueno casi todo

(Innsbruck). Entre pinos anda el juego estos días. Sin poder cerrar la boca ante tanta carretera chiquitita que se abre paso en una mata forestal de dimensiones incalculables. Los días…

(Innsbruck). Entre pinos anda el juego estos días. Sin poder cerrar la boca ante tanta carretera chiquitita que se abre paso en una mata forestal de dimensiones incalculables. Los días de verano, largos y calurosos, acompañan la pedalada e invitan a alargar la jornada. A veces me fuerzo demasiado y acabo entrando en la bolsa de dormir sin fuerzas ni para apagar la linterna. Mañana debo detenerme antes, me digo, pero mañana la misma droga -llamada naturaleza- me absorbe hasta el punto de seguir encima de la bicicleta más de seis horas.

Disfruto de mis últimos días por la República Checa, eludiendo las cervezas de medio litro a medio euro ignorando que, en el próximo país, son ellas las que me esquivarán.

Un puentecito por el que caben dos bicis pero no un coche y ni siquiera una moto, es la frontera que cruzo para llegar a Austria. Del asfalto más o menos, a un pavimento digno de circuito de fórmula 1. De la cerveza de medio litro a un euro, a la cerveza pequeña por tres euros. De los bosques ilimitados, desorganizados como niños a la salida del colegio, a las parcelas con cerca eléctrica y robots por las calles con forma humana. Mucho quedó atrás al salir de Chequia y no sólo la cerveza y los frondosos bosques.

En Austria hay de todo, y por triplicado, no falta de nada, de nada básico para vivir y disfrutar, para tener una vida de película, para definir tu existencia como exitosa, con tu jardín con flores estrategicamente situadas, tu coche limpio en la puerta de tu casa pintada al último detalle con las ventanas inmaculadas y la despensa llena. Hay de todo, pero me falta la mirada, la sonrisa, la palabra…

Como si hubieran estado escondidos detrás de la frontera comienzan a salir de todos los rincones ciclistas. Es sábado y hace un sol que convierte el valle y sus casas en la ladera de la montaña en una postal de película. Los carriles bici son autopistas de bicicleta y empiezo a ver bicicletas eléctricas por todos lados. Abuelitos con sobrepeso me adelantan sin atragantarse en la respiración en cualquier subida. Me parece que estoy haciendo algo mal. ¿Ya no hay que esforzarse para ir en bici? ¿Un motor puede ahorrarnos el trabajo? ¿Qué he estado haciendo todos estos años subiendo puertos a 4km/h deteniéndome en las curvas pretendiendo admirar el paisaje para, sin embargo, recuperar el ritmo de mi respiración? ¿Por qué nadie me ha avisado de que ahora no hay que sudar en las subidas?

A una mujer de sesenta y tantos que se seca los mocos en  una área habilitada para descanso con mesa, silla y sombra reglamentaria, le pregunto:

“¿Eso de la bici eléctrica no es un poco engañarse?“, lo digo con cariño y sonriendo para evitar acidez en la pregunta.

“No, no, – me ataja– uso el modo Eco, hay que hacer ejercicio no te creas que es tan fácil“.

Me quedo más tranquilo al conocer que está poniendo su corazón a prueba y haciendo ejercicio. Parece que tendrá que echar a lavar la ropa al llegar a su casa.

Amanece en el bosque en Chequia

En cada uno de los más de 100 países recorridos, tras una estancia más o menos prolongada, he sentido la necesidad de salir, de ir a otro lugar, de cambiar de costumbres, lengua, paisajes… En todos me faltaba algo y lo buscaba en el vecino país. En India recuerdo el agobio de la gente que te rodeaba no bien habías puesto un pie en el suelo. En Montenegro la basura al borde de la carretera me hería en el alma. En Austria hay de todo para que pedalear sea algo placentero. Verdes colinas, carriles bici, agua en las zonas de descanso, supermercados provistos de todo…, pero me falta contacto humano. La única persona que se detuvo un día a hablar conmigo era un ciclista de Eslovenia. Tenía una bicicleta de acero de más de veinte años y, según afirmaba, odiaba las bicis eléctricas.

Si compras sonríes

He tenido la suerte de ser recibido en Linz por una familia hispano-austríaca. Y allí pude conocer un poco más de la cultura y tradiciones de este país, perfecto para educar tus hijos sin riesgos, pero me temo que sin riesgo no hay emoción. Arriesgarse es necesario porque nos pone a prueba como seres humanos. Si no forzamos un poco la máquina, el corazón, si no salimos de nuestra zona Eco y apagamos el motor, nuestras habilidades como seres humanos se irán extinguiendo. El contacto humano, exteriorizar la sorpresa que nos produce ver a alguien diferente, es lógico y natural. Muchas veces que adelanto a alguien en la calle que no me saluda y ni me mira, observo a esa persona por el espejo retrovisor y veo que gira la cabeza. Tiene curiosidad por saber qué soy, qué hago, pero pisotea su innata curiosidad humana. Son los niños los únicos que, al verme pasar, abren los ojos y se detienen.

Un hueco entre tanta casa privada

El resto parece anestesiado a lo diferente. Es como una cerveza sin alcohol, una mantequilla sin cuchillo, unas nubes sin su cielo, unos zapatos sin cordones…, todo funciona pero le falta algo. Le falta lo esencial: lo humano.

Paz y Bien, el biciclown.

Paisaje de postal y postal de paisaje

2 Comentarios
  • Cesar
    Publicado a las 22:33h, 27 junio

    Hola Àlvaro, es asì lo material, lo formal le a quitado lugar a lo humano, cada vez màs la gente se cierra en su propio circulo, ignorando todo lo demas. Todo va hacia el circulo del bienestar propio. Esto me hace acordar a algo que escribiste cuando entraste a EE.UU, la disminución de conquitas sociales..jaja, Gracias por compartir esta historia. Hermosas imagenes. Abrazos argentinos

    • Álvaro Neil
      Publicado a las 22:54h, 27 junio

      Abrazos hasta la Argentina querida