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Mi errático camino por los Balkanes

(Podgorica). Los Balkanes es un polvorín. Se huele la tensión en las miradas, en los saludos. Pero no lo percibes al principio. Cuando llegué a Croacia hace un mes todo parecía alegría, danza y canto.
El sol se hacía un hueco por las concurridas calles de Dubrovnic que pronto colgarán el cartel de lleno hasta la bandera. Entré a Montenegro y lo único que percibí fue un gran número de Mercedes y mucho humo en los bares. Lo único que hay de común en los Balkanes es la adoración por el tabaco y la permisividad de fumar en los bares. También, y no importa que sea un país más musulman, ortodoxo o católico que otro, el hecho de que las mujeres no están presentes en la vida social. Los cafés están ocupados en su mayoría, y a toda hora, de hombres cuyo trabajo parece consistir en fumar, tomar café y apostar a los caballos, al fútbol o a lo que en ese momento aparezca en pantalla. Han proliferado los lugares de apuestas. No tanto las máquinas de meter (y perder) dinero, pero si las apuestas. Esa es la verdadera religión imperante contra la que las demás llevan las de perder. Y si no te lo crees, apuesta algo.


En Albania noté un cambio. Menos tráfico y personas más tranquilas y menos conectadas en los tecnológico. Dicen que es un país más pobre. Para fue más rico pedalear por ahí. Carreteras sin tanto coche y compartidas en armonía entre vacas, cabras y algún ciclista. Kosovo era un poco más de lo mismo, un país emergente cuyas gentes me invitaban a café y me brindaban sonrisas. Todos parecían saber que España no ha reconocido a Kosovo pero no se lo tomaban como algo personal contra mí. Todo lo contrario.
Entonces llegó Serbia. La frontera no se me abrió. El policía de turno me negó la entrada y tuve que retroceder más de 8 días de pedaleo para avanzar hacia el norte por otra ruta. De nuevo regresé a Kosovo, entré otra vez en Albania (fue allí donde reparé de nuevo la rotura del cuadro de Karma), y entré a Bosnia.

Los paisajes no entienden de conflictos

Bosnia es un puzzle étnico religioso. Y que no hay guerra hoy es un milagro que, ójala, dure mucho tiempo. El mundo ya no puede con más guerras. La convivencia entre serbios, musulmanes, y católicos es delicada. Ellos lo saben.
Cuando estalló la guerra y golpeó a Sarajevo, miles de serbios abandonaron la ciudad de la noche a la mañana. “Parecía una maniobra orquestada“, me comenta la familia que me recibe en esa ciudad. Ellos son musulmanes y durante la guerra jugaban a esconderse de los bombardeos. Selim, el marido, tocaba en un grupo de rock y trataba de que la vida no le cambiara demasiado. Su mujer sufrió mucho más y no esconde su odio a los serbios que mataron a sus amigos.
Nadie gana en la guerra pero los muertes pierden un poco más.
Si el conflicto étnico fuera poco hay que añadir el religioso. Y la pimienta de ese plato que quema es el carácter caliente de esta gente que no cede un centímetro en la carretera al ciclista, que no se aparta en la calle. La empatía aquí no existe y si el sálvese quien pueda. Una técnica de guerra que aplican en tiempos de paz, aunque sea inestable, pero paz.
Otro warmshower que me recibió en su casa, Filip, de Montenegro, me hablaba de la enorme corrupción. “Aquí puedes saltarte un semáforo en rojo y hacer lo que te de la gana si conoces a alguien en la policía“.

Filip me recibió en la casa de su familia en Pogdorica, Montenegro

Filip es arquitecto y sueña con poder vivir dignamente en su país, aunque reconoce que todos sus amigos se van al extranjero a ganar más haciendo lo mismo. El Estado paga la educación de todos y cuando pueden llegar a trabajar en beneficio de la economía del país, se van porque los salarios son ridículos y las posibilidades de prosperar ahí mínimas.
Nadie piensa mucho en el futuro, sólo en ganar la apuesta de una carrera de caballos que ahora mismo se retransmite por internet. Puede que sea mentira, que se trate de un videojuego que parece real, pero ni se lo cuestionan. Algunos ganan y eso es estímulo para el compañero que espera un día sea él quien gane.
Y asi, entre café y paquete de tabaco, voy recorriendo los Balkanes hacia el norte de Bosnia, para entrar de nuevo a Croacia, evitando Serbia que me cerró las puertas.
En el camino confío cruzarme con alguien que conozco desde hace unos meses y que me ha hecho un gran favor. ¿No te imaginas quién es?
Paz y Bien, el biciclown.

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