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Karma se desangra

(Shkoder) Recuerdo hasta la mirada del hombre que soldó el cuadro de Karma en Sofía (Bulgaria) hace unos meses. Sincera y firme, segura de lo que me iba a decir. “Karma llegará a España“, no te preocupes.

Siempre la casualidad, el destino o (así prefiero pensarlo) ciertos ángeles que me van guiando durante el largo viaje, son los encargados de conducirme hasta un Hostal en Shkoder, la ciudad de las bicis en Albania. El nombre del Hostal promete, Mi casa es tu casa. Y el nombre de la dueña también, Alma. En la recepción una risueña Medina, que habla español, me muestra el dormitorio de diez camas. Durante el día van llegando otros viajeros como Lars, un alemán cuya bici es un despliegue de pequeños inventos, o Matthieu, un francés que salió al camino para encontrar un futuro en su vida.

La jornada de descanso no es tal, hay que lavar la ropa, editar y subir vídeos…, tengo la sensación de que el tiempo vuela en las jornadas de descanso. Cuando nos vamos a ir al día siguiente, los tres juntos, Lars se detiene a observar mi bici y me lanza como quién te dice que va a llover un, “Has visto que tu bici está rota?“

“No, no, Lars, eso no es algo con lo que se bromea“. Me agacho y efectivamente. Rota donde aquél soldador de Bulgaria había colocado toda su experiencia y promesas.

Lars a mi derecha y Matthieu a mi izquierda

Los chicos se van y yo desmontó de nuevo el equipaje tratando de no perder los nervios. Ellos me miran con cara de estupor y pena. Lars incluso se ofrece a quedarse para ayudarme, pero no es algo que él deba reparar. Así que les doy un abrazo y…, nos vemos en la próxima chicos.

Soldar una bici en una ciudad que no conoces tiene mucho que ver con una prueba de habilidad. Además está la barrera del idioma. Tengo 24h para resolverlo y me pongo manos a la obra.

Comenzamos a tirar del hilo. Primero una tienda de bicicletas. El hombre mira el cuadro y me mira. Mira el cuadro y me vuelve a mirar. Su cara es un poema. Y su mirada lo dice todo. Chaval tienes un problema.

Bien, eso lo se, lo que busco es solución. Hago mímica para hacerle ver que necesito un soldador y me manda unas calles más adelante.

El soldador, Eric, estaba tranquilo mirando el facebook cuando aparecí por el taller. Se agacha a mirar la bici y sin mediar mucha conversación se pone manos a la obra. Tres minutos más tarde vuelve a mirar el facebook. Ha terminado el trabajo. Le pido que le aplique un poco de pintura a la herida y le rocía spray dorado a Karma. Monto la rueda y me saco una foto con él. Ha sido tan rápido que creo podría volver ya a la ruta de nuevo. Ni siquiera me quiere cobrar. Antes de salir de su taller me agacho de nuevo y veo que se ha rajado de nuevo. Ha bastado colocar la rueda y apretar.

Esto va para largo, me digo. Le llamo y Eric me devuelve una mirada vacía, de imprecisos colores, vaga, difuminada. Como el facebook.

Feliz con Eric antes de ver la nueva rotura

Me acompaña hasta al taller de un amigo que, sin remangarse, ya me dice que lo mío tiene mala pinta y que no me podrá ayudar, porque no es acero sino antimonio. No es cierto, pero no voy a discutir con alguien que no quiere trabajar. Trae mal Karma y el mío está hoy tocado de gravedad.

Dicen que un hombre podría soldarlo pero está lejos…

Llego al taller media hora más tarde. Ya son las dos y tengo hambre. En una panadería compro un pan que no puedo pagar porque sólo tengo 50 euros. La mujer sonríe y me lo da. Es una mañana soleada en Shkoder, perfecta para pedalear y no tanto para buscar soldadores.

En el taller no hay nadie. Los chicos de una oficina mecánica llaman al dueño que dice llegará en diez minutos. Es media hora en realidad. Otro hombre, muy mayor, le espera también, y cuando llega el soldador se ponen a discutir. Muy mal ambiente para contarle a alguien, en otro idioma, que estás con el agua al cuello y que necesitas un trabajo fino, delicado, con amor…

Toca el timbre, estaba pintado en la persiana del soldador brujo

El soldador levanta la persiana del negocio y la vuele a bajar. Arranca la moto y se va. Parece que tiene que hacer un recado para el hombre viejo y de mal humor. Me siento. He aprendido que las cosas se solucionan cuando deben solucionarse y de la forma que el destino (o los ángeles) quieren que se solucione. Tu sólo debes seguir instrucciones. Ahora la orden es sentarse a esperar y a respirar profundo. Paciencia.

Regresa el soldador que me manda pasar a la oficina. Una polvorienta habitación llena de hierros y de chatarra. Que sea lo que sea me digo, yo ya no puedo hacer más. Si ha de ser reparada será aquí y si no, pues a pensar en comprar otra bici. Todo menos renunciar a mi sueño.

El soldador, lo siento pero ni siquiera se su nombre pues en esta ocasión mi energía ya estaba por los suelos, calienta a Karma. Lo hace tanto que salen llamas del cuadro. Estoy agotado y no puedo decirle que pare. Si es así su trabajo que le vamos a hacer. No tengo fuerza, soy una rama en la corriente de un río y me dejo llevar hasta donde me arrastre el remolino. He perdido el timón.

El hombre está concentrado y su mirada se funde con el cuadro en llamas. No usa careta de protección. Sus manos son muñones que sostienen el soplete y una vara dorada, como una varita mágica, que va sumergiendo en un bote viejo con un polvo blanco. Es un brujo, me digo.

Su trabajo dura más que el de Eric. Al acabar aplica con cuidado agua que vierte desde una tetera negra de la Segunda Guerra Mundial. Aún agachado me mira y me dice. “Garanty“.

Me vienen a la mente las palabras del soldador de Bulgaria.

Monto la rueda pero no entra. Ha aplicado tanta soldadura que ha creado una bola. Acude en mi socorro con una lija eléctrica. Ahora si, ahora entra, pero días más tarde descubriré que no está bien.

Regreso al hostal y bendigo mi suerte. En el camino de retorno veo un coche de ciclistas local y les pregunto por un mecánico. Mi rueda delantera lleva semanas haciendo un pequeño ruido, está un poco descentrada, y me propongo que mi bici salga bien de Shkoder. Me llevan en coche al taller mecánico y un antiguo campeón de ciclismo de Albania, Brahim, la centra. Regreso al hostal y lavo a Karma. La lavo como quien lo hace con un ser herido. Aplicando la esponja y el jabón como una caricia, sin presionar, sólo rozando el cuadro roto. Le pido perdón por las heridas y le suplico que no me deje. Que hemos pasado mucho juntos, que quiero llegar con ella a España. Quiero que ella disfrute de los últimos meses en ruta. Te habrás dado cuenta de que la relación con mi bici es especial. No en vano llevamos pedaleando desde el 2.009. Hemos estado en la India, en Bhutan, juntos sufrimos un Tsunami en Japón, ascendimos la montaña más alta del mundo, Mauna Kea, en Hawai, sentimos cerca a los osos en Alaska, recorrimos Cuba, llegamos a Ushuaia en invierno, atravesamos el Atlántico en un barco, tocamos Cabo Norte, actuamos para los refugiados de Siria en Grecia… No, Karma, no. Tu debes seguir conmigo. Te lo pido por favor.

Brahim afinando mi violín

A las siete de la tarde por fin me siento en el sofá del Hostal a tomar una cerveza. No celebro nada. Brindo con moderación y con respeto. Brindo por mi suerte. La necesito.

Al día siguiente coloco todo en la bici. Igual operación que ayer hacía 24h, y salgo a la ruta solo. Cruzo la frontera y en una fuerte subida me patina la rueda de atrás. Me pasó lo mismo en Noruega. Es debido a una pieza del Rohloff que no está bien colocada. Y es causado por la soldadura de ayer. Tengo que limar un poco más el trabajo del soldador. Es sólo media hora y de nuevo en marcha. Ha sido un susto. Ni siquiera juré. Sólo me bajé, quité todos los bultos y lo reparé.

Vamos Karma, se que puedes.

Paz y Bien, el biciclown.

(En mi canal de youtube que te recomiendo :-), cada semana dos vídeos nuevos, publicaré la historia en imágenes de este suceso)

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