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La capacidad de sorprenderse

(Celano) Existen varias maneras de morir. La más conocida es aquélla en la que tu corazón deja de bombear sangre y tu respiración no consigue empañar un espejo colocado por expertas manos a la altura de tus labios. Es la muerte más técnica y la que acabará siendo registrada en tu partida de nacimiento en el Registro Civil.

Hay otras muertes más invisibles que me parecen como pequeños avisos de esa otra muerte más oficial. Enumeraré una.

La Garganta comienza aqui

La capacidad de sorprenderse. De pequeños el mundo era un parque de atracciones. Un papel estrujado entre las manos podía ser una orquesta afinando los instrumentos, una paloma era un drone, nuestra propia sombra nos servía para jugar al corre corre que te pillo… Mas crecimos. Sin darnos cuenta y de la misma manera que una mañana descubres que te han crecido las uñas, nos fuimos alejando de aquél universo de sorpresas gratuitas y necesitamos comprar la orquesta entera porque el papel nos aburre. La simplicidad sucede cuando has terminado de jugar con todos los instrumentos y te encuentras con las manos vacías. Entonces vuelves a tomar aquél papel en las manos y redescubres sus sonidos y su lenguaje. Conectas con el universo despojándote de la tecnología. De nada nos sirve invadir otro planeta si al llegar no tenemos nada que ofrecer porque hemos dejado de viajar dentro de nosotros.

Era una noche sin luna y apagué la luz de mi linterna. Todas las estrellas vinieron a saludarme. Todas. Estaban ahí pero mi tecnología, pequeña luz, no me permitía verlas. Estamos rodeados de belleza y para descubrirla no hace falta ir de compras, es mucho más simple, barato y reconfortante. Es tan simple como apagar la luz, desconectar la radio, detenerse a respirar. Lo he escrito en el libro Una declaración de Intuiciones: no me interesa vivir muchos años quiero sólo vivir muy intensamente algunos años. Como esa canción de Ryuichi Sakamoto titulada Rain. Cada vez que la escucho vivo.

La helada es una primavera gestándose

Dejé Vasto con dirección a las montañas nevadas, improvisando la ruta y perdiéndome. En parte de forma voluntaria en parte sin querer. Y volví a meter la primera velocidad en el Rohloff para superar algunas cuestas terribles. Una de las noches llegué hasta un convento a pedir agua. Mi intención era acampar pero el hombre que me abrió la puerta y me llevó a la cocina, Manuel, hablaba italiano con un sospechoso acento. Era gallego. Lleva ejerciendo de cura muchos años y es un misionero católico Idente. También estuvo en África y ahora se hace cargo del Convento de San Pascual en la localidad de Vallaspra, cerca de Atessa en la provincia de Chieti. Es el único habitante de ese convento en cuyo claustro de piedra y arcos centenarios no resuenan ya los rezos. Sorprendido de que quisiera dormir fuera por el frío que hacia, me ofreció el lugar más cálido y acogedor: la biblioteca.

Carreteras más secundarias y remotas me llevan a atravesar algunos parajes hermosos como el parque nacional los Abruzos. En Alfedena montó mi campamento y observo por la noche cómo se ilumina Scontrone, un pueblito ubicado en lo alto de un cerro cercano cuyos arquitectos deben aprender primero el arte del funambulismo. Si me detengo a hablar con los locales, a preguntarles por mi camino, no es tanto porque no sea muy bien hacia dónde ir, sino por activar ese mecanismo mágico que existe entre las personas y que se denomina comunicación. Desde hace unos meses viajo con un teléfono y hasta tengo un poco de internet en mi cuenta por lo que puedo ver el camino que debo tomar. Pero no me interesa esa autonomía del viajero. Prefiero utilizar el astrolabio de las preguntas. Tras satisfacer la lógica curiosidad de mis interlocutores, de dónde eres, a dónde vas, cuánto pesa tu bici, de qué vives…, es mi turno de preguntas. ¿Cuál es tu sueño? Voy así encendiendo pequeñas hogueras en las mente de algunas personas, metiéndoles una piedra en el zapato. Al inicio de nuestro breve encuentro pensaban que yo era millonario. Vivir sin trabajar y en permanente vacación, este tipo tiene mucho dinero, pero al irme piensan diferente. Lo que éste tipo tiene es coraje.

Con Cesare y Fabiana del Ayuntamiento de Celano que tan bien me recibieron

Llego a Celano, visible desde lejos por un impresionante castillo de cuatro torres, con murallas circundantes y hasta puente levadizo. Es el Castillo de Piccolomini. La intuición, poderoso instrumento de supervivencia, me dice que vaya al Ayuntamiento y les hable de mi proyecto. Tras una charla con Fabiana, con Cesare y hasta con el alcalde, deciden apoyarme ofreciéndome un lugar en el que descansar y adentrarme un poco más en la historia de esta ciudad, en la que nación Tomás de Celano, el biógrafo oficial de San Francisco de Asís.

Por la tarde Cesare el responsable de turismo me acompaña hasta la entrada de las Gargantas de Celano, un impresionante cañón que, tras el terremoto de L´Aquila del 2.009 ha quedado oficialmente cerrado por la seguridad de los aventureros. Aunque muchos lo siguen recorriendo. Son las seis de la tarde y la luz se va retirando de las calles de Celano para concentrarse en el impresionante castillo.

Regreso a mi refugio y me preparo para degustar la cena que Luisa me brinda. No estoy acostumbrado a dos platos de comida: pasta con hongos y carne con patatas. Mama mía que lujo de lugar.

Hoy toca lavar la ropa, acariciar a Karma, editar unos cuantos vídeos y escribir historias. Es día de hacer balance, de detener el paso y de revivir todo lo que he experimentado hasta llegar aquí desde que dejé Vasto hace seis días. Para disfrutar de un pedazo de chocolate hay que tragar el bombón que tenemos en la boca. Hoy hago la digestión y mañana continúo sumando vida a mi vida.

Paz y Bien, el biciclown.

 

Foto Cesare París de Celano

1Comentario
  • Ernani Bababici
    Publicado a las 19:18h, 19 Marzo Responder

    Perfecto, Los Abruzzi son El corazon de italia, paraiso del ciclonauta

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