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Mi sueño pero en 3D

Ariel lloró en cuanto exhaló aire por primera vez de forma autónoma; y gritó. Expertas manos tiraron de él y su llanto inundó de infinita alegría aquélla sala de hospital. Ver vídeo de la historia.

A miles de kilómetros de distancia, unas horas antes y el mismo día de su nacimiento, yo me desperté en una habitación llena de algunos amigos. También grité, pero no lloré, sino reí.

Me encontraba rodeado de personas que habían decidido pasar conmigo la noche en la que comenzaría a dar mis primeros pasos. Primeros y tambaleantes pasos por el mundo. Fue el día que me reencarné en quien soy ahora, el día en que me quité el disfraz que la sociedad me había regalado, el día que comencé la vuelta al mundo en bicicleta. Era un 19 de noviembre del 2004.

Ahora es fácil decirlo, han pasado casi 13 años y he dado la vuelta al mundo en bicicleta. Me he convertido en lo que envidiaba, he cumplido un sueño que muchos, ni siquiera llegan a soñar. En aquélla época, 2004, no se conocían los cuadernos o blogs de viajes, y las únicas redes existentes eran las de los pescadores: olvídate de twitter, facebook, snapchat…

Por medio de una de esas redes, el feisboke, una persona me ha escrito desde Buenos Aires comentándome que su hermano pequeño, Ariel, vino a este mundo el mismo día que yo comencé mi gran sueño, aquél que me ha permitido conocer el mundo con mis ojos, olerlo con mis narices y sentirlo en mi piel. Ariel, con sus brazos, sus piernas, sus temores y sus deseos, es como mi sueño en 3D, es un sueño que alguien un día tuvo y que ahora camina solo.

El pasaporte de Ariel

Mi sueño también ha adquirido forma propia, llegando mucho más lejos de lo que nunca imaginé. Nunca sospeché, aquélla fría mañana de noviembre que me detendría en El Cairo, por ejemplo, a escribir un libro de mis aventuras en África. Y que esa experiencia se repetiría hasta dar a luz a siete pequeños hijos. Mis libros.

Y que también vendrían documentales, y que daría charlas invitando a otras personas a destapar su otro yo, el que la sociedad sofoca bajo una pátina de consumo, que me enamoraría y lloraría de miedo, que pasaría hambre y frío y, lo más importante, que aprendería que cada día puede ser el último y por eso me levanto con ganas de comerme el mundo. Porque en la vida del nómada, la que he elegido, no hay mañana sólo hay ahora.

Ariel tiene la altura de mi sueño pero mi sueño tiene hoy la altura de Mauna Kea, la montaña de más de 10.000 metros que se levanta en la isla grande de Hawai. Mauna Kea es como nuestros sueños más profundos, ni siquiera la mitad sobresale a la superficie, está sumergida y nunca verá la luz.

Si tiene cara de buen chaval, ¿no?

La vida es un juego, lleno de posibilidades, de opciones y no deberíamos perder el tiempo viviendo los sueños que nos imponen. Hoy, con trece años, Ariel no sabe muy bien qué será de mayor. Su idea irá cambiando en función de lo que escucha en casa, en su escuela, en su barrio…; pero si un día, Ariel, llegas a tener un sueño profundo, uno de esos que no se te quita de la cabeza cuando te despiertas, de esos que siguen creciendo aunque no los cultives, no lo dudes. Vívelo.

Nada hay más placentero en esta vida que sentarte a mirar tu pasado, contemplar la estela que has ido dejando en el calendario y decir: claro que sí, claro que ha valido la pena todo esto, lo volvería a hacer.

Si hoy fuera ayer, si hoy fuera 19 de noviembre de 2004, volvería a subirme en esa bicicleta y comenzaría de nuevo. Seguro que Ariel me acompañaría.

Paz y Bien, el biciclown.

 

Amanece desde Mauna Kea

1Comment
  • Martín Angiorama
    Posted at 15:14h, 11 Febrero Responder

    Muy buena analogía, nacieron el mismo día! Ariel y el BiciClown.
    Abrazo desde Pergamino (en camino).

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