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rio y copacabana

Desandando el pasado

En todo el mundo ocurre el mismo fenómeno. Las rutas están en perfecto estado en el perímetro de la ciudad, pero en cuanto uno se aleja unos kilómetros se van deteriorando. Saliendo de Belo Horizonte y pronto se acabó el arcén o banquina y tuve que defenderme con uñas y dientes para no ser atropellado por varios autos. Mi estampa ciclista se asemeja más a un guerrero medieval a caballo, que libera una mano de las riendas para apartar enemigos con su lanza.
Llevo ya varios meses en Brasil y no encuentro en este pueblo la alegría y la cercanía que hallaba en Argentina. El argentino (en general) sentía por mi viaje curiosidad y admiración, y el brasileño (con numerosas excepciones) siente un asombro pequeñito , no la expresa a menudo y si la muestra es más bien con recelo, no sea que le pida dinero. Comparado con otros países del entorno, hay en Brasil bastante gente caminando por las rutas sin destino fijo (o con un destino que desconozco) y en muchas ocasiones, como me ocurría en Estados Unidos, me juzgan por un desarraigado vagabundo sin estructura ni esquemas. Esto lo voy corroborando cuando, como me ocurrió el otro día que dormí cerca de la Policía Federal en la carretera, el oficial me confesó que no abundan los tipos que piden un lugar para montar la carpa o barraca, toman una ducha, cocinan y se van a dormir, como yo hice. Al irme me preguntó si necesitaba algo de dinero, a lo que le respondí que no. Esto es otra diferencia. En Argentina, Venezuela y otros países, no me preguntaban si necesitaba dinero, me lo daban directamente si querían ayudarme. Preguntarle a un nómada con casi 11 años en el camino si necesita dinero es como preguntarle a un naúfrago si desea que le echen una mano.

En Juiz de Fora, una ciudad de más de medio millón de habitantes, me acerqué a una de las Iglesias con un pequeño seminario. Tras una entretenida charla con los jóvenes seminaristas mientras aguardábamos a que llegara el párroco, la noche iba cayendo sobre la ciudad. Por los monitores de seguridad, hay cámaras por todos los lados, observé que llegaba el párroco. Algunos seminaristas salieron a recibirle a la entrada, a menos de cinco metros del salón donde yo observaba la escena por la cámara de seguridad. Para mi sopresa el párraco no entró. Se fue. Los seminaristas me dijeron que el padre tenía mucha prisa y que sería mejor que fuera a hablar con el administrador, señor Paul. Un párraco de urgencias es menos creíble que un ladrón con conciencia. Paul, un hombre alto y tranquilo, escuchó toda mi historia (a veces me asombro la paciencia que tengo para contar una y otra vez mi historia sin bostezar) y me ofreció dinero para pagar un hotel.

Grutaquechora

La gruta que llora en el camping Suninga

No es mi idea ir por el mundo alojándome en hoteles, por varias razones. Una de ellas es que prefiero compartir con las personas locales mi viaje, como estaba haciendo con los seminaristas hasta que llegó el padre, y otra que no quiero que mi proyecto sea un costo a otras personas. Entiendo que la Iglesia tiene cosas más importantes en que gastar el dinero. Pero con los años en el camino he aprendido algo:las personas ayudan de la forma que ellas quieren ayudar, y eso a veces no es de la forma que yo quiero que me ayuden. Pero es ayuda al fin y al cabo y es bueno aceptarla.

Ya de noche cerrada y dos horas más tarde de haber llegado al barrio de Benfíca en Juiz de Fora entraba en el hotel para descansar, invitado por la Iglesia católica de ese lugar.

Unos días antes de entrar a Rio de Janeiro la carretera mejora y ya podía usar las dos manos para pedalear sin tener que ir apartando a los autos de mi camino. La entrada a Río me recordó mucho mi llegada a Lagos en Nigeria. En ambos casos no me divertí en absoluto. Río se prepara para los Juegos Olímpicos y la cuidad está patas arriba. Las obras en casi toda la ciudad, principalmente los accesos, y el agobiante calor convirtieron la llegada a Río en una aventura salvaje.

Antes de tocar la puerta del apartamento de André Pínola (mismo apartamento en el que me había alojado en el 2.003) aparqué mi bici delante de un bar, de esos típicos de Río con sillas de plástico y gente bebiendo cervezas de litro a toda hora y fumando, y pedí una Skol bien fría. El gatorade pueda que reponga energía pero la cerveza en estos casos recompone la moral.

En Río volvería a reencontrarme además con Tino, un español con el que coincidí en China en el 2.010, y su mujer que en aquélla época era su novia, y su hijo, que en aquél entonces no era ni un espermatozoide.

Copacabana

Copacabana

Aprovechando que era festivo el doce de octubre abandoné Río atravesando las míticas playas de Copacabana, Ipanema, Leblón…, rumbo al sur hacia otras playas pero esta vez las de una isla: Ilhabella. Una isla en frente de San Sebastián que se va a convertir en mi guarida durante 4 meses. Aquí pretendo escribir un libro compartiendo vida y sentimientos con Helga, aquélla mujer que pedaleó conmigo hasta Mariana.

Paz y Bien, el biciclown.

AndreMehmari

Conciertazo de Andre Mehmari en el festival de jazz de Ilhabela (gratuito)

 

3 comentarios en “Desandando el pasado”

  1. Sufres y disfrutas… a partes iguales.
    Sabes disfrutar de lo bueno y de lo malo.
    Sabes sufrir y reconocer el valor de lo alcanzado.
    que sabiu yes!!!!

  2. saludos alvaro vas o vienes buena pregunta que puedes responder en plan gallego asi que en brasil encuentras menos hospitalidad que en otros lugares aunque sea un bello pais donde parece que descansaras una temporada ,disfrutalo

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