Login

Register

Login

Register

Recibe noticias del Biciclown cada mes

Redes sociales

Desde el autobús

Estoy sentado en un desvencijado sofa que a buen seguro tiene tantas historias que contar como yo. A mi derecha, vacío, se encuentra el asiento del conductor y el enorme volante está gritando para que lo manoseen. Pero hace muchos años que nadie le da vuelta a ese aro de plástico. Delante de mi hay una vieja estufa de leña que, si yo fuera un poco más habilidoso, hubiera puesto en funcionamiento aun teniendo sólo leña húmeda. Lo he intentado en dos ocasiones y he desistido al ver la humareda causada. Afuera llueve. Nadie recuerda cuando fue la última vez que el sol brilló un día entero en la carretera austral. Hay días, los de verano mayormente, que el sol se asoma pero no por mucho tiempo. Ahora en otoño se ha ido de vacaciones. Como los propietarios de muchos negocios de por aquí. Todo, o casi todo, aparece cerrado. Este autobús al menos estaba abierto. Negocié a la baja el precio con el encargado y por tres dólares me prometió leña seca y una ducha de agua caliente. Del trato tan sólo los tres dólares cambiaron de dueño. Estoy ahumado y con frío. Pero al menos la lluvia no me moja, se detiene en el techo de metal de este antiguo autobús del ejército y no me toca. La oigo, si, pero no me resbala por la nariz.
Atrás quedan los días dulces en Bariloche que la ceniza causada por el volcán Calbuco trató sin conseguirlo de opacar mis vacaciones. Desde que salí de ese lugar no he parado un sólo día. Y no lo haré hasta Coyhaique. El intenso frío ha llenado las cumbres de nieve y esto es sólo un aperitivo de lo que me espera. Las jornadas se van acortando. Amanece a las 8,30 y a las 18,30 ya se ve con dificultad. Y con la luz parece que se acaba también el asfalto. Los caminos de tierra y piedras son ahora la única pista y en algunos casos en precario estado. Como por ejemplo la ruta que atraviesa el Parque Nacional de los Alerces en Argentina. Dicen que la empresa que debe mantenerla quebró y ahí quedan las piedras en el camino para demostrarlo.
De nuevo Karma pisó asfalto al llegar a Chile pero fue un breve espejismo. La carretera austral ha sido siempre una pista de ripio o tierra y aunque comienzan los trabajos de pavimentación, son lentos y burocráticos. Como Chile. Al cruzar la frontera tuve que rellenar de nuevo el formulario de entrada porque en la casilla, país de procedencia, escribí España en vez de Argentina. Siendo un paso fronterizo entre Chile y Argentina, ¿ cuál va a ser el país de procedencia? Esos formularios huelen a rancio. Dentro de los medios de trasporte con el que ingresas al país la lista abarca, nave, avión, coche… (y otros). El paso es terrestre pienso en la cara del funcionario si dices que ingresas mediante nave. Como he comprobado que los chilenos andan escasos de sentido del humor, imagino que te hará rellenar otro formulario. Y cuanto más al sur de Chile voy más hoscos son. Como si el clima, la incansable lluvia, hubiera agriado su carácter. En los comercios cuando entro y saludo escucho el eco de mi “Hola”. Recuerdo en estos casos la anécdota que me aconteció en un pueblito de Estados Unidos donde la cajera, una mujer de sesenta años y de origen boliviano, me contaba que con ella no podrían y no le iban a cambiar su carácter, dicharachero e irónico. Y lo presencie en ese momento cuando un cliente le preguntó si la leche era fresca y ella le contestó que si, que la vaca acababa de irse. Solté una carcajada y el cliente ni pestañeó.
Jose Igor en La Junta
Estos días he vuelto a pedalear sobre mi pasado. He llegado a La Junta (un pueblito de 600 almas cuando lo recorrí en el 2.002 y en el que ofrecí un espectáculo) y ahora es un pueblo turístico con las calles asfaltadas y una plaza que parece Disneylandia. He tratado de encontrar alguien que hubiera visto mi espectáculo de hace 13 años, algún profesor de la escuela que asistió, alguien de la muncipalidad…, pero tras una hora deambulando por el pueblo no lo conseguí. Hasta que al final de la tarde alguien me habló de José Igor, el chelas, el hombre que abría y cerraba el gimnasio donde actué. Fui a su casa y tras refrescarle la memoria sonrió recordando aquél día. Aprovechando que ya no era un extraño para él le pedí un lugar para pasar la noche y me dejó dormir en el local, anexo a la casa, donde hacen los asados. Imaginé que por la noche me invitaría a tomar un te y a compartir algunas historias pero nadie vino al quincho.

Calentito en la Iglesia de Villa Santa Lucía

Hay días como hoy que pienso que debemos aprovechar lo que la vida nos da, sin quejarnos de lo que no nos da. Por ejemplo, ahora, no tengo estufa pero la lluvia no me moja. Alguien ha escrito en las paredes de este autobus esa frase de la película Into the Wild de que la felicidad no es completa sino es compartida. Siempre hay alguien que jode la fiesta.
Paz y Bien, el biciclown.
Comienzan las jornadas bajo el agua

Casa de ciclistas de Coyhaique, con el gran Boris
2 Comentarios
  • Dr Steiner
    Publicado a las 16:20h, 16 mayo

    “siempre hay alguien que jode la fiesta”, da igual, mientras existan personas como el clown ya se pueden ir
    a tomar por el c–o los agoreros…..

    buena pedaleada alvaro y a disfrutar de paisajes maravillosos…

  • Gallofa
    Publicado a las 01:55h, 04 junio

    Cuídate. Saludos.