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Segunda entrada a Chile

La ruta entre San Juan y Mendoza es una de las más peligrosas que he recorrido en mi vuelta al mundo. A la salida de San Juan hay dos carriles en cada lado para los autos, pero no hay espacio para los ciclistas. Termina el carril de la derecha y concluye de forma abrupta el asfalto. La berma o banquina es de tierra y piedras. Es imposible circular por allí, pero saltar es posible y necesario. Lo tuve que hacer varias veces al ver cómo los camiones y vehículos particulares iban a embestirme. El espejo retrovisor es una herramienta mucho más importante que el casco. No lo duden.
Unos kilómetros más adelante se acaban los dos carriles y te quedas aislado frente al peligro. Es como si hubieran pitado penalty y dejaran al portero solo en el estadio frente al lanzador. El peligro de este tramo me lo confirmó más tarde algún ciclista con el que me crucé. No acabo de entender el instinto asesino del ser humano. La gente habla y habla cuando un avión se estrella (y es lamentable) pero la muerte cotidiana que los vehículos están sembrando en las carreteras ya no es noticia porque es habitual. Los muertos deben venir en grupo y en avión para salir en las noticias. Tal vez los vehículos causen más muertes que el tabaco pero no importa. La hipocresía de este mundo queda patente, por ejemplo, en este otro hecho que ocurre en Chile. Está prohibido beber una cerveza en la calle. Aunque la cubras con una bolsa de papel y la ocultes de la vista de un niño. Y hablo de una cerveza no de una botella de whisky, pero sin embargo en las tiendas de abarrotes (los tradicionales ultramarinos de España) que venden verdura, galletas, leche y golosinas, hay máquinas tragaperras que causan tanta adicción como el alcohol o el tabaco. La visión de los adultos jugando a esas máquinas de colores de horribles sonidos no es perjudicial para le educación de los menores. Venga hombre, ya está bien. ¿Qué se creen que hará el menor cuando crezca si ha estado viendo a los adultos pasar horas y horas delante de esas máquinas?

Crucé por el Paso de los libertadores a Chile y descendí las famosas curvas de los caracoles. Atrás quedaba una de las aduanas más complicadas de mi viaje. Los funcionarios chilenos tienen tantos controles (alimentos, pasaporte, propiedad de la bicicleta…) que me mandaron seguir sin haberme sellado el pasaporte. Tuve que volver, suerte que no había comenzado a bajar, para obtener el sello. Lo que no conseguí fue hacerles reír. Lo intenté con varios pero el chileno es un poco duro para esos menesteres.

En San Felipe me aguardaba un seguidor, bueno más bien cabe decir una familia que me sigue, y allí descansé entre comida y comida, un día. Debía seguir hacia Santiago para reencontrarme con mi amigo Carmelo. Un atípico cura salesiano con quién, junto con mi gran amigo Agustín otro profesional en eso de dar hostias, caminé por los Picos de Europa poco antes de emprender la vuelta al mundo. Diez años después el destino quiso que Carmelo estuviera destinado a Santiago de Chile y aquí nos encontráramos.

Durante una semana compartimos historias y me ayudó a organizar una de mis charlas en un Colegio Salesiano y uno de mis espectáculos en otro Colegio Salesiano de una zona muy humilde de la capital.

Dejé atrás la capital y a mi amigo Carmelo y puse rumbo al sur, por la autopista 5. No hay muchas opciones para ir al sur en cuestiones de carretera y la autopista ofrece una buena berma o banquina. Aunque está prohibido circular los funcionarios que vigilan los accesos hacen la vista gorda.

En San Fernando me esperaban un grupo de asturianos, con el Presidente del centro Pedro Vega a la cabeza. Me invitó un par de días a un hotel muy bonito Terracentro, y me sacó a dar una vuelta por el lugar. No una vuelta así no más, una vuelta en avioneta. Por las noches me llevaba a comer al Centro Español y allí conocí personajes de la emigración asturiana que rapidamente me enseñaron a jugar al Dudo.

En fin, días dulces. Mi camino seguía por la aburrida ruta 5. Tanto ruido de autos me obligó a ponerme tapones en los oídos. Dejé en Chillán esa carretera y me aventuré hacia las montañas. En Ralco se acababa el asfalto y comenzaba lo bueno. Caminos de piedras y tierra que me condujeron hasta Chenqueco. Una comunidad pehuenche en la que existe un colegio con niños internados. Fui a ver a la directora, Claudia, y le ofrecí mi show. En seguida aceptó. Me brindó una sala vacía donde podía dormir y hacer mis comidas y preparar el show. Sería al día siguiente, para los 150 alumnos y los profesores. Todos acudieron llevando sus propias sillas y convirtieron el salón en una carcajada. Me sentí a gusto entre esa gente.

“Tienes un don”, me dijo Claudia al terminar.

“Tu espectáculo ha llegado en un momento en que necesitábamos reírnos”, añadió.

Todo el mundo precisa de la risa, tanto como respirar. Pero no nos damos cuenta. Caminamos serios, no miramos a la cara de las personas que se cruzan en nuestro camino, y olvidamos que la sonrisa abre muchas puertas. Al menos a mí me funciona.

Paz y Bien, el biciclown.

2 Comentarios
  • ricardo guillen
    Publicado a las 20:00h, 05 abril

    me alegro mi amigo que este bien suerte y buen camino

  • karlos langreo
    Publicado a las 13:12h, 24 abril

    Cuidadin por la carretera Alvaro. mejor ir por secundarias,lo de prohibir el alcohol y permitir el juego sera porque les reporta mas beneficios esto ultimo. me hiso gracia los de los profesionales de las ostias, meter en el mismo saco a los curas y los antidisturbios . por lo demas disfruta de la hospitalidad de nuestros paisanos y pasalo bien