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La fábula de los tres hermanos

Ese mismo día que partí Karma me comenzó a cobrarme su confinamiento en Tarapoto. Un pinchazo sin causa aparente. Al día siguiente otro y dos días después la cadena fallaba. Una semana después reventaba un neumático. Está claro que esta chica tiene carácter. Nada que objetarle. He pasado unos increíbles días en Iquitos participando en la locura colectiva del Festival de Belén y es justo que ella me lo reclame.
La primera semana aún tuve que pedalear bajo el pegajoso calor de la selva. Más o menos hasta Tocache. Carreteras de polvo, cacao y maíz, sembradas de pueblos de una sola calle y dos tiendas.
En uno de esos pueblitos, Nuevo Jaén, la vida me depararía otra de esas lecciones que, sólo en el camino se encuentran. No en la Universidad ni en el Liceo.
En Tarapoto conocí a Rubén, un chico de veintitantos, que me comentó que su familia vivía en el pueblo de Nuevo Jaén, por el que debería cruzar.

«Si llegas el fin de semana estarán mis papas, en otro caso, mis hermanos te recibirán«, me comentó el bonachón de Rubén.
Equilibrios
Cómo me divierto enseñando equilibrios con un palo a la gente
Ocurrió que llegué un viernes y sólo estaban los hermanos de Rubén. Javier, el mayor de unos 15 años, Omar de 12 y Jeyner, de 9. Viven solos durante la semana porque sus papas están en el campo cuidando de los animales y las plantas. Ellos van caminando el sábado, hora y media, hasta la casita del campo para ver a sus padres y ayudarles. Durante la semana ellos tres se preparan su comida, lavan su ropa, limpian la casa y van a la escuela. El pueblo, Nuevo Jaén, es apenas una calle, ocho casas y una escuela. La casa donde ellos viven tiene tablones de madera por paredes y unas planchas de zinc por techo. Hay agua y, si no se va, también hay luz. Se me partió el corazón al ver a estos tres hermanos organizados como un gran equipo preparándome la cena esa noche. Por la mañana, sábado, ellos partieron a la finca de sus padres y me dejaron en la casa empaquetando mis pertenencias para salir a la ruta de nuevo. Al irme entorné la puerta porque la casa no tiene cerradura. Si alguien desea entrar a robar sólo encontraría dentro dignidad.
En Tocache me desvié hacia Uchiza para comenzar mi relación con las piedras y el polvo que iba a marcar mis próximas semanas. También empezaría a subir a las alturas. Es bien extraña la sensación de volver a ponerse una chaqueta tras semanas de calor. A mi alrededor surgen de nuevo las plantaciones de café y doy así vida a una cafetera que ha llegado, de purita casualidad, desde España para mí.
Juana
Cuando la arruga no sólo es bella sino necesaria
Mi altímetro llega de nuevo a los 1.000m, y a los 2.000m, y hasta los 3.000m. Estas subidas no son graduales. Como si las grandes montañas fueran pequeños tesoros escondidos, primero uno accede a una montañita y desciende hasta el río, para volver a subir al día siguiente hasta otro cerro más alto que el anterior y, de nuevo, descolgarse hasta otro río más pequeño y bravo que el primero. Y casi sin darse cuenta, llegar así hasta los 3.000m. Las montañas son como gigantes en Perú. Ninguna foto les hace justicia porque falta la perspectiva que te coloca a ti, diminuto, frente a ellas. Voy pasando las noches en escuelitas, en salones municipales o en mi propio refugio. La mañana que consigo abrir la cremallera y ver la cordillera blanca es un justo premio para una travesía que me ha llevado al límite. Hacía mucho tiempo que no lloraba encima de la bici. Llantos producto de mi propia debilidad, mi propia inseguridad para detenerme. Ocurrió llegando a Chonas, a 3.400m. La lluvia y la niebla se cernían sobre el valle y apenas quedaba media hora de luz. Sabía que más arriba había un pueblo, pero ignoraba lo que tardaría en llegar. Había estado todo el día subiendo y me dolía cada centímetro de mi cuerpo. Además, dos días atrás, mi piel se había llenado de picaduras y me faltaban manos para rascarme. Toda la noche en vela tratando de sofocar el picor hasta que, al día siguiente, Emilia del puesto de salud de Osos con un botiquín más escaso que el de un náufrago me colocó, en las posaderas, una inyección que acabó con el picor y con mis fuerzas dicho sea de paso. Todo ese agotamiento físico me pasó factura llegando a Chonas. Me derrumbé literalmente encima de la bici y rompí a llorar porque, aunque deseaba detenerme y acampar, no tenía fuerzas. No podía detener mi pedaleo ante mis deseos de llegar a Chonas. Sabía que en ese pueblo había una escuela y podía dormir allá, pero no conocía si Chonas estaría detrás de la siguiente curva, o la otra, o más allá de la montaña. Y la noche llegaba y mi cuerpo no podía más. Pedaleaba como un autómata, deteniéndome cada cien metros a tomar aire. A más de 3.000 m. el aire es tan escaso como el sol.
Escalando
Tal vez hay bajada del otro lado
De nuevo aprendí que el único límite del ser humano es el mismo. Al día siguiente coroné el paso y llegué, tras dos horas de descenso en los que me quedé sin frenos, hasta Huacrachuco. El destino me llevó hasta la Iglesia donde el Padre Vitorio, italiano, tardó lo que dura un pestañeo en invitarme a almorzar. Allí pasé dos días porque casualmente había fiestas y hasta hice un poco de magia para los chicos de la parroquia. Limpié a Karma del polvo del camino, lavé la ropa, y de nuevo listo para ensuciarme. Pero cada vez estaba más cerca de la cordillera blanca. No podía creer al llegar a Sicsibamba que aquélla mancha blanca colgada del cielo fuera una montaña nevada y no una nube puesta a secar. Tampoco que la cubierta de Schwalbe con la que había rodado desde Nicaragua explotase. Pero las piedras del camino son peor que afilados cuchillos. Suerte que los de Schwalbe ya han enviado, por medio de Paco Nadal, una nueva a Perú. Ahora está en Cusco lista para que alguien, que no conozco, la retire y me la envíe a Huaraz. El camino está lleno de ángeles que no están en los altares.
Cordillera%20Blanca%20por%20fin
Por fin, a 3.700m, con la Cordillera Blanca al fondo
Ahora en Pomabamba he tocado la puerta de otra Iglesia y ha aparecido Domenico. Un voluntario italiano que, ante la ausencia de Padres, me ha abierto la casa y su generoso corazón. Hago un intento de actualizar esta página con un internet, el de Perú, que es más lento que el peor de África.
Paz y Bien, el biciclown.
Vistas%20desde%20el%20salon
Vistas desde el salón de mi casa

7 comentarios en “La fábula de los tres hermanos”

  1. hola soy el pana ,me alegra que sigas bien en el camino,te he escrito a tu correo,tengo amigos en el alto, en bolivia,en sucre en santacruz,por si quieres actuar si me lo dices sobre cuando estaras por alli les aviso,un saludo

  2. Hola Alvaro ! Ten fe en ti mismo las montanas son muy pequenas y tu corazon es bien grande dele pedal y mima a karma soy Diego Yerovi desde Ecuador cuidate un abrazo.

  3. Hola alvarito, muy emocionante tu cronica, y casi que uno sufre tambien. ah, y emocionado por haber acompañado a pablo garcia de cucuta a pamplona. paz y bien para ti. y que Dios te proteja de todo mal y peligro.

  4. saludos alvaro , sigues encontrando ejemplos de buenas personas poe el mundo como los tres hermanos ,¡menos mal¡ . en cuanto a lo de forzar la maquina ya sea la bici o la tuya propia , ten cuidado, ya no somos guajes y lo que no podemos hacer un dia ya lo haremos al siguiente. salud campeon

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