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A Loja me (Aloha me)

Cuenca es una ciudad para caminar y descubrir. Te seduce desde el primer paso; ya lo hizo doce años atrás y lo ha vuelto a repetir. Dejarse llevar por sus calles, sin rumbo fijo, paseando de plaza en plaza y observando como la luz se consume en los cerros que la circundan, es un goce para los sentidos. Los peligrosos helados de Monte Bianco (de maracuyá, nueces con chocolate, mandarina…) amenazan en cada esquina, pero tras la paliza que me esperaba más adelante podía comer uno al día. Iba a necesitar esas calorías y muchas más.

Salí de Cuenca rumbo a Loja y no pensé, aunque había visto la orografía, que el camino sería tan endemoniadamente duro. El pavimento es de cemento y eso es un incordio para los ciclistas. Son bloques de unos diez metros de largo separados por una pequeña fisura que genera un gran ruido cada vez que un coche pasa por encima. En las bajadas, cuando la bici agarra 60km/h hay que andar con mano firme porque esas pequeñas fisuras desequilibran la bici y pueden causarte un susto. En las subidas es otro cantar. Voy tan despacio que ni las noto. La primera jornada llegué hasta los 3.000m y viendo que hacía un bonito sol al atardecer y no había ningún pueblo de más de 500 almas, decidí acampar. Por debajo de mí las nubes parecían un colchón de espuma. Preparé un poco de quinoa con una lata de atún y me puse a contar estrellas. Algunas se movían y pronto comprendí que eran mosquitos. A 3.000 metros y mosquitos. Mejor meterme en el saco y contar ovejas.
Desayuno
Desayuno a 3.000 m
Había subido 1.000 m de desnivel y las piernas estaban agarrotadas porque en Cuenca me había demorado cinco días. Normalmente tres son buenos para el descanso pero cinco pueden ser demasiado. Todavía me quedaba un poco de subida y luego un gran descuelgue hasta el río León. Casi llegué a los 2.000 m. y era evidente que me tocaba recuperar la altura perdida. De nuevo para arriba en interminables cuestas muchas de las cuales superaban el 10%. El objetivo era Saraguro donde dos amigas, y el sobrino, habían venido a verme en coche desde Cuenca. Se metieron entre pecho y espalda cuatro horas de coche para invitarme a cenar. Grandes personas. Me alcanzaron cuando estaba a sólo 4 kilómetros de Saraguro. Pero me llevaron casi una hora, porque ese pueblo estaba en la falda de otra montaña.
Saraguro llama la atención inmediatamente por sus habitantes. Visten de negro por luto, dicen, de Atahualpa. Los hombres llevan el cabello largo recogido en una trenza y se cubren con un pesado sombrero de lana (lana y ceniza) de más de cinco kilos. Y por si fuera poco para llamar la atención llevan pantalón corto, apenas por debajo de las rodillas.
Saraguro
Saragurense guardando luto
Iba a preguntar lugar para dormir en los bomberos pero una de las amigas que vinieron de Cuenca tenía un amigo en Saraguro y su familia me dejó dormir en el salón de la casa. Al día siguiente con un buen desayuno de tamales, jugo de tomate, café y queso reemprendí la marcha.
Cena%20Saraguro
La cena en Saraguro
Sólo unas cuantas rampas más de esas que te sacan el aire y llegué cuatro horas más tarde a Loja. Un seguidor en twitter Jose Carlos me invitó a la casa de sus padres y aquí estoy, viendo la lluvia darse de narices contra el cristal de mi habitación. Por unos días tengo cama y disfruto del calor de una familia encantadora.
En breve salgo hacia Vilcabamba y rumbo a Perú por unas carreteras que, ya me han advertido, son de barro por las lluvias y desbordamientos de algunos ríos.
Paz y Bien el biciclown.
Cartel
Publicidad oficial con gazapos
Cuenca%20de%20dia
Cuenca de día
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