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Al escondite con la lluvia y con la muerte

Les propongo un ejercicio mental: ustedes acaban de llegar a un Planeta y observan que sus habitantes dividen toda su existencia en años y cada año en doce meses de los cuales, uno de esos doce está destinado al ocio (hay partes de ese Planeta en los que el tiempo de asueto es exclusivamente de medio mes e incluso menos). Los habitantes de ese Planeta no saben cuántos años van a vivir y cuando van a morir, esto último puede ocurrir en cualquier minuto (una de las divisiones de las horas), pero no obstante son muy disciplinados y pacientes, y aguardan hasta que el calendario avanza otros once meses para disfrutar de un mes de lo que ellos llaman libertad. En muchos casos ese teórico mes no deja de ser un tiempo de trabajo, pues en esos treinta días deben recorrer tantos lugares y hacer tantas cosas que simplemente han cambiado de rutina: el trabajo de las vacaciones organizadas.

La auténtica libertad empieza el día que sacas un pie del calendario, que comes cuando tienes hambre, y que eres dueño de tu tiempo y lo decides estructurar como quieres. Pero tiempo entendido como espacio sin límites y no como una cuenta atrás.

Esa especie que habita este Planeta imaginario vive jugando al escondite con la muerte. Un juego peligroso porque la muerte siempre guarda un As en la manga. De una vez por todas hay que aceptar que no hay manera de ganarle a la muerte y sólo queda dejar de jugar al escondite, salir de las tinieblas del calendario y vivir cada día como el último de nuestras vidas para, al amanecer de un nuevo día, renacer en tu propia piel. Este ejercicio es el que los nómadas han venido practicando desde siempre. Ellos no pueden hacer grandes planes de futuro ya que el presente (conseguir comida, leña para el fuego y agua) ocupa su día a día. Una vez el sol se oculta en el horizonte y la luna le da el relevo, han vivido tan intensamente que, esa jornada, es como una vida entera.

Tras el brutal descenso desde Bogotá a Melgar el calor no se hizo esperar. Los bomberos nos dejan colocar la carpa o tienda en un rincón viejo y destartalado del patio trasero a sabiendas que, si llueve, saldremos navegando. Días más tarde llegamos a Neiva y repetimos operación, la de pedir asilo a los bomberos, y estos nos conceden la azotea de un edificio interruptus. En el mapa una ruta sugerente se aparta de la vía principal. Es una zona de caminos que no terminan de subir para bajar de nuevo a algún afluente del río Magdalena. No sabemos cómo será el terreno y es precisamente esa incógnita la que nos atrae como el hierro al imán. Hasta Yaguará hay pavimento pero más allá el camino es de tierra y piedras: destapado le dicen por aquí. Un terreno propicio para los charcos que guardan el agua que cae durante la noche. El barro no es tan pegajoso que nos impida avanzar y llegamos a otros pueblitos alejados de las rutas turísticas como Tesalia. Allí no hay nadie en el cuartel de bomberos pero Fernando, el bombero, nos lleva a su casa. Están de cumpleaños y la tarta se mezcla con la cerveza. Hago un par de números de magia para agradecer su hospitalidad y caemos rendidos en unas camas tan duras como el camino que nos espera al día siguiente. Por fin llegamos a La Argentina y aquí no damos con la casa del bombero pero un chico de 15 años, Emanuel, nos invita a su casa. La cara de la madre ante la propuesta del hijo de invitar a dos extraños esa noche es de postal.

«Pero les atiendes tu», le advierte la madre.

«Claro nena, no te preocupes» contesta Emanuel.

Este chico es un personaje. Cuando le pregunto si podemos lavar la ropa me dice

«Que suerte tienen, han dado con un ángel (refiriéndose a él mismo)», y nos lleva al cuarto donde está la lavadora.

Emanuel

Los caminos son tan difíciles y las rampas tan descomunales (del 16% en muchos casos) que hay que empujar. Así, entre empujones con los brazos y golpes de riñón (que completo es el deporte de la bici cuando hay que empujar en las cuestas) llegamos a Oporapa. La bajada se come todos mis frenos y del calentón del aro tengo un pinchazo. Pero es justo delante de la alcaldía y llegamos antes de que se vaya el alcalde. Me recibe y decide apoyarnos con un hotel y una cena. A sus espaldas un cartel reza:

«Un niño educado es un alcalde menos»

«Yo puse el cartel«, me explica, «no tengo estudios y si los hubiera tenido no sería alcalde»

Un personaje, que apaga la luz de la alcaldía pues es el último en irse.

Al día siguiente, nos toca el peor camino. Tan malo que ni siquiera los coches se aventuran por ahí. Sólo algunas motos y caballos. No se puede pedalear pues las piedras son redondas, del tamaño de una sandía, y la rueda patina. Imposible encontrar un sendero sobre el que hacer avanzar la rueda de la bici Así en La Laguna, decidimos regresar hacia Pitalito por otro camino. La ironía es que al llegar a un pueblo cercano, Guacacallo, pues Pitalito era un objetivo demasiado grande, vemos del otro lado de la montaña Oporapa. Durante todo el día habíamos subido y bajado valles y montañas, como el jugo de guayaba dentro de la licuadora, para llegar casi al mismo punto de partida.

Las medias de estos días dan cuenta de lo que hablo. Unas seis horas de sillín para hacer 60 kms en el mejor de los casos.

Oporapa Guacacallo

Ha terminado el paro agrario y comienza el paro de los maestros. Colombia parece seguir un calendario bien estructurado de paros y protestas. Apenas faltan unas semanas para las elecciones presidenciales y la gente asiste a los insultos entre los candidatos. La técnica de arrojar mierda a la cara del contrincante, que algo queda, es efectiva y los medios de comunicación a este juego se prestan como marionetas en manos de un niño.

Por fin llegamos a San Agustín, lugar famoso por sus atractivos naturales y en donde muchos extranjeros han encontrado su particular Shangri-La. Como Igel y Paoloa dos ciclistas que, enamorados del lugar, compraron una finca y abrieron una casa de ciclistas. Pero hace unos años decidieron dejar la casa en manos de amigos y lanzarse de nuevo a la carretera con sus dos perros. Ahora están por Tailandia. Es curioso que en esta casa han pernoctado viejos amigos como Lontxo, el quijote vasco que aparece en el documental Contagiando Alegría. Fue en el año 2.011. Dormir en un lugar en el que lo ha hecho un amigo te hace sentir sin necesidad de consultar el mapa que vas por el buen camino.

Desde la Finca La Campesina, paz y bien, el biciclown.

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6 comentarios en “Al escondite con la lluvia y con la muerte”

  1. Hola alvarito y martina, que bueno que la pasen bien, echale una mirada ala pagina de tu paisano rodaclown para ver por donde viene y cuadren un encuentro. que Dios los siga protejiendo de todo mal y peligro.

  2. salud bikers, asi que ha llegado el mal tiempo por esas tierras pues con eso poco se puede hacer, por mucho que uno diga a mi no me jode el tiempo no es agradable pedalear bajo la lluvia. en cuanto a la distribución del tiempo en la vida de los humanos para la mayoría es mas comodo seguir una rutina que salir de ella.asi que paciencia en el camino y si no se hacen mas kilómetros se disfrutan menos , poco a pòco cilistas

  3. Hello Biciclown,
    something to think about : If the people whose hospitality helps You live Your nomadic and » authentic free » llifestyle would not live by clocks and work maybe they could not offer afford to offer You shelter and food.
    Axel
    » El viejo loco «

  4. Alvaro, el biciclown

    Dear Axel I agree with you. A nomad needs that people to make his lifestyle. I wonder if that people can live without read books and watch documentaries or just listen the stories that the nomad tells them when he gets that hospitality. Otherwise to give a shelter and maybe some food to a nomad you do not need to live by clocks. Sharing is more about hear than about posibilities. Crossing USA and Africa I have seen it.

  5. A propósito de la «discusión» en los comentarios. Yo creo que sedentarios y nómadas nos necesitamos mutuamente.
    Lindas fotos! Que los acompañe mejor el tiempo. Saludos desde Buenos Aires!

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