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A por otra vuelta al mundo

La frontera terrestre de Panamá es bien temida por los ciclistas porque desde hace algunos años los policías panameños les atemorizan solicitándoles un billete de avión que pruebe que abandonarán pronto el país, y fondos suficientes con los que pagarse sus noches panameñas. Sucio abrazo de bienvenida para quién viene pedaleando desde el otro lado del Globo. Te hacen sentir como cuando alguien te invita a su casa y, sin tiempo a quitarte el abrigo, te lanza un ¿Cuándo te vas?
Martina es diseñadora gráfica y con experiencia más que sobrada para crear un par de documentos en pdf idénticos a los que emiten las compañías aéreas llamados billetes de avión. Casi hasta que me molestó que el funcionario de la fronteras no me lo pidiera. Con lo bien hecho que estaba mi ticket de avión hacia Madrid. A Martina si le sirvieron sus horas creando el billete de avión y les mostró su trabajo que fue aprobado con nota alta por el funcionario.
Panamá nos recibió con un calor casi superior al de Costa Rica y grandes vientos. Es la época seca y a cambio de no tener lluvia tienes vientos muy fuertes. Los bomberos fueron una vez más una buena opción para pasar las noches. Gente sencilla que nos recibía sin demasiadas preguntas y que nos daba un lugar, a veces incluso donde no lo había.
La carretera tiene tráfico pesado de muchos camiones que llevan su mercancía a la capital para ser embarcada en alguno de los gigantescos cargueros que la distribuirán por el mundo. Demasiada rueda rota en el arcén que han provocado dos pinchazos a pesar de ser nuevas las cubiertas. La oportunidad ha hecho que llegáramos justo cuando se celebraban los cien años del canal de Panamá y la ruptura de conversaciones entre un grupo de empresas, una de ellas española, y las autoridades del canal que estaban tratando de llevar a cabo la ampliación del canal. Imaginé que los panameños estaría enojados con los españoles por ese motivo pero no era así. Todos me decían que ese contrato de ampliación del canal era millonario y que el problema es que nadie quería reducir la cantidad de dinero que iba a cobrar en concepto de comisiones por las obras.
Panama city no era apenas un lugar donde buscar el barco para cruzar a Colombia. Era además un reencuentro inesperado con María Guallar. Nos conocimos en Namibia, en el 2006, y ahora ella y su marido David estaban en Panama city. Dar la vuelta al mundo en bici tiene mucho sentido cuando vas dando abrazos a gente que conociste precisamente, por dar la vuelta al mundo en bici. Con ellos pasamos grandes y tranquilos días, disfrutando de la buena mesa, en una zona de la ciudad que parece una burbuja: la ciudad del saber.
BomberoscontiendaSantiago
Los bomberos rara vez dicen que no hay lugar
El cruce a Colombia lo realizamos en uno de los barcos más fiables para afrontar la travesía en esta época del año en que las olas pueden superar los 5 metros. El Independence. Un barco de hierro de tres pisos, fabricado en Washinton y pilotado por un capitán de 73 años y su mujer colombiana de 22. Una gran pareja. El barco salía de Carti, bien lejos de Panama City, y para llegar hasta allá las cuestas son de las que fueron creadas sin topógrafo. Es la región Kuna en donde abundan los impuestos: por cruzar una carretera, por usar un muelle, por sacar una foto, por agarrar un coco del árbol; pero escasean las sonrisas. Martina no tenía ganas de volver a arrastrarse por las mismas cuestas que la vieron sufrir hace años y buscamos un trasporte hasta Cartí. En ocasiones la vida te hace regalos y Luiggi es uno de ellos. Es dueño de una tienda de bicis en Panamá llamada Bike and Coffee y cuando María Guallar apareció en la tienda preguntándole si conocía alguien que llevara ciclistas hasta Cartí no dudó en decir:«Yo les llevo«
Luiggi
Este Luiggi es un niño grande
El viaje en coche fueron más de dos horas ida y otro tanto vuelta. Luiggi apareció con Eva, su perra, y con Fruti, un amigo. Montamos las bicis, cargamos los bultos y nos pusimos rumbo al territorio no exento de impuestos, Kuna. Antes de que en la tierra crecieran los turistas, los Kunas vivían de la pesca. Ahora en realidad continúan viviendo de ella: pescan turistas.
Por cinco dólares conseguimos una lanchita, Kuna, que nos llevara hasta el Independence que se encontraba fondeado a una milla escasa de tierra firme. Michel podría haber ido a buscarnos con su lanchita pero no desea enemistarse con los Kunas y prefiere repartir el pastel. Durante la travesía también les paga a los Kunas por usar las islas, les compra langosta y hasta alquila buzos locales para que limpien el fondo del casco.
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Pinchazos a la sombra
Los primeros días de navegación discurren en las paradisíacas Islas de San Blas, famosas por ser cientos, pequeñitas, muchas de ellas inhabitadas salvo por vida marina y cocoteros. Bucear, dar un paseo en kayak o dejar que la piel se dore con el sol del caribe son algunas de las actividades obligadas en este lugar. Vale más disfrutar ahora antes de afrontar el tramo final hasta Cartagena. Viento en contra, olas en contra y corriente en contra harán que la travesía sea inolvidable. Tanto que según Michel han sido las peores condiciones desde hace un año. Los vientos eran de 40 nudos (galera) y las olas de 3 metros casi todo el viaje. Tardamos seis horas más de lo que habitualmente demora Michel en hacer las 220 millas de mar abierto. Casi dos noches completas agarrándote a la cama con las uñas para no ser lanzado al suelo por el embate de las olas.
Pero llegamos a Colombia, una tierra que recorrí por primera vez en bicicleta hace 12 años y que me vienen a decir, sin indirectas, que ya he completado una vuelta al mundo. Vamos a por otra.
Paz y Bien, el biciclown.
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Cena con María, David y Martina en Panamá
Independence
Un gran barco, el Independence
Las exclusas de Miraflores en el Canal de Panamá
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