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3.000 días

Si el espejo no me devuelve las canas (me miro muy poco), ahí está el calendario para recordármelo con exactitud Newtoniana: han pasado ya 3.000 días desde que comencé a pedalear por el mundo. En estos más de ocho años me he vuelto apátrida, ateo y apolítico. Escrito así puede sonar muy radical, mejor me explico. No es que no tenga patria, sino que cada uno de los países que he recorrido es mi patria. No es que no tenga religión, sino que cada una de las culturas religiosas que he conocido me ha enseñado algo.
No puedo elegir una. Prefiero quedarme con lo que de espiritualidad hay en ellas y eliminar la parte de marketing y circo. Y nunca me ha gustado la política. No creo en los políticos porque no puedo entender que alguien que quiera cambiar la sociedad se meta a político. Si yo quisiera cambiar la sociedad me iría a colaborar con el padre Ángel Olarán a Wukro (Etiopía) o ayudaría a mi amigo Iñigo Eguren con su proyecto de calcutaondoan. La sociedad, ésta sociedad, está demasiado podrida para arreglarla. Hay que irse a Marte y empezar de cero. O subirse a una bici y partir.
Estoy en Bariloche, un lugar que es hermoso, pero que es al mismo tiempo inseguro. La ciudad se construyó a orillas de un precioso lago pero los accesos al mismo están muy restringidos. La propiedad privada ha creado tantos límites que no es posible acceder al lago por más que media docena de lugares. Un espacio natural, global y universal, se ha restringido al goce y disfrute de unos pocos. El camino que circunda el lago es una carretera en la que no se puede caminar o pedalear sin jugarse el pellejo. Los coches son los reyes de la película. Existe espacio para crear una bici senda, un carril para que los peatones caminen seguros y tranquilos, separados de los autos, pero se ha dado preferencia a los autos. De ese modo el ser humano se ha visto desplazado de la calzada. Y en el centro de la ciudad los pasos de cebra que antiguamente eran utilizados para cruzar están despintados, lavados como un mate al que uno cebara por tres días seguidos sin cambiarle la hierba.
“Antes se podía cruzar las calles”, me comenta Ana del servicio de vacunación del Hospital de zona de Bariloche, “pero desde que hay extranjeros no es posible”.
“¿Extranjeros son los turistas de otro país?”, le pregunto mientras preparo el brazo para la primera vacuna.

“Extranjeros son todos los que no son de Bariloche, incluidos los de Buenos Aires”
, me aclara mientras clava la aguja en el brazo.
Esta te molestará un poco”
Se refiere a la vacuna antitetánica. He acudido al Hospital a hacerme un chequeo. El primero en ocho años, y a renovar alguna de mis vacunas. Un trámite que aquí es gratis y que en Estados Unidos hubiera sido impensable por los altos costes económicos. Muchos chilenas vienen incluso a dar a luz a Argentina para beneficiarse de ese sistema de salud gratuito y universal.
La doctora encargada del laboratorio me pide una pequeña donación para el Hospital.
“Un poco de alcohol”, dice mirándome por encima de las gafitas
“Cerveza, vino, fernet…”, le pregunto.
“No, alcohol para las heridas”.
Una semana después los análisis están listos y son positivos (es decir que estoy bien, no que sea portador de virus) y tan solo tengo un poco alto el colesterol. Normal si consideramos que generalmente no como carne y aquí en Argentina no hay día que no la pruebe. Son reservas que acumulo para lo que ha de venir.
Los días de trabajo en el documental se suceden con pocas pausas. Matías está haciendo un gran trabajo y es tal nuestra compenetración que antes de que termine de sugerirle un efecto él ya lo ha incluido en la secuencia. Este nuevo documental, Defender la alegría, será muy diferente de los otros anteriores. No se trata ahora de contar la historia de quién soy y qué hago, sino de cómo estoy viviendo en ruta. Grabado en más de seis países diferentes (hasta en tres continentes distintos) la película mostrará la locura de sociedad que hemos creado. Esa de la que desde hace más de 3.000 días he querido desvincularme para vivir mi propia vida en un país nuevo, inventado por mi, en el que la alegria, la libertad, la frescura y la simplicidad serían la letra de un posible himno. Un país sin ejército, ni políticos, sin jerarquías, sin bandera y sin otro lenguaje que la risa.
Paz y Bien, el biciclown.
5 Comentarios
  • CIPRI
    Publicado a las 15:19h, 01 febrero

    VRABO Y BRAVO….
    CON V DE VALIENTE Y B DE BUENO.

  • Cristina
    Publicado a las 00:00h, 07 febrero

    Buen comentario CIPRI!!! Valiente…. mucho, pero bueno… no creo que haya otro que lo supere… Habla la madre postiza jajajajaja Suerte me ha dado la vida de conocerle y ademas que se sienta un poco hermano de mi hijo Pablo….Te queremos Alvarito…. Cristina, Horacio, Pablo y Soledad….

  • Karina
    Publicado a las 04:54h, 07 febrero

    Hola !! que buena vida! soy de Mar del Plata si andas por acá me gustaría saberlo, sos genial.

  • Carlos (La Felguera)
    Publicado a las 20:24h, 12 febrero

    Buena introducción Álvaro, qué gran verdad. Ya espero impaciente a ver tu nuevo documental. Tiene una pinta BÁRBARAAAAAAA !!!!

  • Agonobiol
    Publicado a las 10:50h, 10 marzo

    Me gusta. Hay mensajes importantes en tu comentario, que conviene tenerlos presentes de vez en cuando para mantener el espíritu abierto a temas mas trascendentes de los que nos ofrecen diariamente los periodicos. Demuestras que viajar, viviendo por donde pasas, ensancha la mente y la visión de la existencia. Me parece bien pensado, el guión que has escogido para tu nuevo documental, que seguro despertará conciencias. Por último, hablas de tu nuevo país, en el que has decidido vivir: “sin ejército, ni políticos, sin jerarquías, sin banderas y sin otro lenguaje que la risa”. Bello, pero a mi modo de ver utópico. Sin embargo se te agradece porque abre una vía de mejorar la sociedad, sin partir de cero, desde dentro. Quizás, pensando que debemos cambiar, inventar y recuperar valores que nos acerquen a ello y desterrar valores que nos han llevado a donde estamos. O…¿es también una quimera?