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El verano indio

La luna brilla con la insolencia y la belleza de una muchacha de veinte años. Se desata de los últimos pinos que pretenden enredarla, como un globo de helio que se le escapase a un niño, y alza su redonda figura al firmamento. Ni siquiera las estrellas son capaces de competir hoy con su hermosura. Su luz baña el bosque y convierte mi hoguera en poco más o menos que la débil llama de un extinto encendedor. Agónico fuego con el que ahuyento no tanto el frío como los osos. Si, de nuevo osos. Ya había mandado mi spray antiosos al rincón más oscuro y tenebroso de mi alforja trasera derecha y he acudido, hoy, a su rescate. A punto de entrar a Yosemite la presencia de osos negros es notoria.

La nieve ha bloqueado durante casi una semana el paso de 3.000 metros que, en la parte este, da acceso a este Parque Nacional. Una nueva tormenta está al acecho y no creo que vuelvan a limpiar el Paso Tioga. Permanecerá cerrado hasta Mayo del año que viene. Es lo habitual. Pero antes de continuar con la luna, las tormentas y la hoguera; Las Vegas.

No me creereis si digo que no pise la calle más famosa de Las Vegas. Mi anfitriona vivía a las afueras de la ciudad y no demostró pasión por los casinos, los espectáculos nocturnos y los casamientos express. Durante un par de días me dediqué, con firmeza y ahínco, a descansar. A la salida de Las Vegas me aguardaba el Valle de la muerte. Y de nuevo otro policía. Ocurre que a las afueras de Pahrump la carretera pierde, desmemoriada, su arcén. Son apenas cuatro millas, pero la desaparición del arcén es un caso que los científicos debieran estudiar. Los pocos coches que a mediodía circulaban me adelantaban con la precaución ordinaria. Es decir: ninguna. Pero sin lamentar daños personales o materiales. Hasta que llegó el policía. Situó su coche detrás de mi bici, activó la sirena y ocurrió lo que sucede en todos los países del mundo. Cuando la policía está delante nadie se mueve. El poli provocó un atasco considerable, hasta que me detuve. Esta vez empleé la táctica de «minoenetender», y dio sus frutos. El chico pidió refuerzos y acudió la insinuante Barajas que me pidió los papeles. Si me hubiera besado le hubiera enseñado mi pasaporte (solo el pasaporte), pero no ocurrió y me lo guardé. No se que sería de mi próximo documental de no ser por este y otros encuentros similares con la policía, los rangers, sheriff y demás tribu uniformada. Grabé el encuentro con el poli y su compañera y seguí camino hacia el Valle de la muerte.
El lugar hace honor al nombre. Es un desierto que encierra, no un oasis, sino la mayor depresión de Estados Unidos. El punto más bajo. Por supuesto debajo del nivel del mar. Tomé aire y me sumergí en esas arenas que ahora queman pero no abrasan. En verano ni los lagartos asoman la cabeza.
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Si te fijas verás una tienda colgada de la pared del Capitań
Y rumbo a Los Angeles que, aunque mi compas marca al sur, yo sitúo al norte. Solo los ciclistas somos capaces de imaginar rutas que en los mapas no aparecen. Obstinados pensamos que la bajada está detrás de la siguiente curva, que mañana ya no lloverá, que seguro el super no está cerrado o que aquél coche parará a ofrecer agua. Y mira por donde en Yosemite ocurrió. Jeff y Jean son dos hermanos que se lo pasan en grande acampando juntos. Me invitaron a su lugar de acampada y compartieron conmigo unas increíbles costillas de cerdo de California con cerveza de San Francisco. Díficil de olvidar la parcela 520 en North pines. Una de las mejores de Yosemite.
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Acampando fuera de la visión de los rangers lleva su trabajo
Así que, con fe y pocas certezas, le llevo la contraria al google maps y enfilo hacia el norte. Hacia Yosemite. Tras la primera tormenta del año ha llegado el bueno tiempo. Algo que los locales conocen como el verano indio.
Y ese romántico nombre me sirve para declarar asimismo que por extensión se ha terminado la tormenta en mi corazón. Luce ahora de un azul espléndido, sin una nube ni un pero, con los pájaros revoloteando a sus anchas y anunciando tiempos de felicidad: ese estado que el ser humano se empeña en extender más allá de las últimas brasas de la hoguera. Le he cantado las cuarenta a una antigua tristeza, le he lanzado un órdago al destino y siguiendo con el ejemplo del mus, la compañera me sigue el juego. No, no es un farol. Son cuatro triunfos los que guardo en la manga. Cuatro triunfos como cuatro lunas llenas.
Y como decían en aquél antiguo programa que me dejaban ver los viernes por la noche, «Hasta ahí puedo leer…»

Paz y Bien, el biciclown.

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Yosemite luce siempre hermoso

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Con Jean y Jeff en Yosemite

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