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Con el Gardel de la bicicleta

Uno podría pasar todo lo que dura un verano en el Yukón, el peor verano en años dicen los de aquí, escuchando a Lorenzo Rojo: un vasco que lleva ya 15 años tipitapa (pasito a pasito en euskera) en bicic por el ancho mundo. Lo más interesante de lo que Lorenzo dice es lo que calla. Sus manos liándo un cigarrillo como quién puliera un diamante, sus movimientos tan precisos y lentos que uno diría que tiene una batería limitada. Compartimos hace 6 años lindos paseos por Maputo (capital de Mozambique) pero ahora nuestras conversaciones se han hecho más densas: como si dos académicos de la Lengua que se admiran se reuniesen, tras mucho tiempo en contacto, pero la reunión fuera breve: lo que dura un verano en el Yukón.
Lo increíble con Lorenzo es que no hallamos vuelto a encontrar. Toma un mapa del mundo y sitúa a Mozambique. Tira una pelota hacia el este y otra hacia el oeste e imagina, con mucha pero que mucha imaginación, que esa dos pelotitas chocarán 6 años más tarde en Whitehorse (Canadá). Eso es un milagro. Y más lo será que nos veamos de nuevo el año que viene en Quebec. Pero bueno, eso es el futuro, algo que no existe. Pensar en el futuro es la mejor manera de que se te escape el presente: como pretender llevarte el cauce de un río entre la manos.
Y si escuchar al señor Lorenzo no fuera suficiente, ahí tenemos a Pablo: el Gardel de la bicicleta. Brevemente nos encontramos en Tok (USA) hace unas semanas y de nuevo ahora en Whitehorse. Y juntos emprendimos el camino hacia el sudeste: hacia Calgary. Que lleguemos juntos es harto improbable porque ambos somos pájaros que no gustamos de compartir rama, aunque de momento nos protegemos del viento (chupando rueda) y nos calentamos por la noches con las historias de la ruta. No se cuál de nosotros dos es más truhán. Pablo lleva ya 11 años en ruta y tiene historias de todo tipo: de supervivencia, de asaltos y de romances. Estás últimas son la que más nos gustan y serían capaces de encender una hoguera con leña mojada, o de calentar cuando el viento sopla con violencia y los dedos no son capaces de abrir la cremallera del saco.
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La forma argentina de rociarse con loción antimosquitos
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Julian, Alvaro, Philippe, Lorenzo y Pablo ante una bella estructura de aros de bici
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Con un buen filtro nunca falta agua en la ruta
Esta ruta está poblada de autobuses (ninguno de línea), caravanas y motoristas. De momento escasean osos y ciclistas, aunque lo primeros están a la vuelta de la esquina, en cuanto doblemos hacia la Cassar highway. Lo de los autobuses es difícil de contar pero lo voy a intentar: Imaginad un autobús-casa del tamaño de un autobús de 48 asientos pero con 2 asientos solamente. El resto del autobús-casa es una cocina, dos sofas, una ducha, lavadora y secadora, y el dormitorio prinicipal. Todo esto de idénticas dimeniones a las de tu casa porque el autobús-casa se ensancha. Si, por los costados dos módulos se abren al exterior para darle más amplitud. La mayoría (o casi todos ) los autobús-casa tienen enganchado un coche y, a veces, del coche hay un par de bicis colgadas de una parrilla: vestigios de un perdido sentido común del propietario. El monstruo cuesta 900.000 dólares (no sobra ningun cero).
Cuando los veo en la ruta pienso que la ambición del ser humano no tiene límites.
Desde cerca de Watson lake, bailando un tango con Gardel, Paz y bien, el biciclown.
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