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Y al noveno día apareció Fairbanks (parte 2 de 2)

El primer y mustio árbol surgió nada más bajar el paso de Atingun. Más parecía un poste de la luz que un árbol; no tenía ni ramas. Pero pronto surgieron cuatro más, y veinte, y de repente un bosque. Y la amenaza de lo osos grizzley se convirtió en la de los osos negros, que son los que suben a los árboles. Me tomé más en serio lo de no comer cerca de la tienda antes de dormir y tratar de subir la comida a un árbol lejos de mi campamento. Era un poco más de trabajo del habitual. Empaquetar junta toda la comida y meterla en una bolsa hermética para no atraer a los osos, cuyo fino olfato percibe la comida desde bien lejos.

En la tundra podía ver facilmente a los osos porque el musgo y los líquenes no impedían ver a cientos de metros. La permanente luz ayudaba a divisar cualquier objeto que se moviera en el horizonte.
Pero ahora, en la taiga, los osos, alces y lobos encontraban fácil escondrijo en los árboles. Así vi al primer alce, un ejemplar majestuoso, que caminaba con lentitud en un terreno pantanoso. Se detuvo a observarme, tranquilo y sin sobresaltarse, y siguió buscando plantas en la laguna. Y yo continué avanzando tras deleitarme observando, en el otro lado de la ruta, un arcoiris que se había quedado literlamente pegado a la parede de una montaña seminevada.
En la Dalton highway todas las sopresas provenían de la naturaleza. Casi todas. A sólo un día de alcanzar el asfalto llegué a una zona de obras. Había pasado ya alguna con anterioridad pero no me habían puesto mayores problemas. En esta ocasión una bonita chica, J, sostenía el cartel de stop.
¿Qué hace una chica tan bonita en estos parajes rodeada de camiones, polvo y con esas ropas tan horribles? Le pregunté en inglés.
Me comentó que trabajaba 5 meses y con sus ganancias podía luego vivir el resto del año esquiando o viajando con su hermana por Asia. El salario de J era de los más bajos entre los trabajadores de las obras: unos 13000 dólares al mes. Pecata minuta considerando lo que puede ganar aquí uno de los cientos de conductores que cada día me pasaban en la ruta. J me explicó que durante 8 millas había obras y que debía subir la bici a un coche para cruzar. Otras motos que acababan de llegar podían seguir a un coche piloto pero los ciclistas no estabamos autorizados. Desde que abrieron la carretera ese año yo era el tercer ciclista. Traté de explicarle, con poco éxito, que mi intención era llegar hasta Fairbanks en bici, es decir realizar todo el recorrido en coche. Una compañera de J habló con el jefe de las obras pero este dijo que si yo quería, podía poner la tienda allí y cruzar cuando ellos dejaran de trabajar, a las 7 pm. En ese momento eran las 10.30am. No tenía intención de prolongar un minuto más mi calvario en esa ruta y llegué a considerar subir la bici al coche pero, tenía que intentarlo, y pedí hablar con el jefe por teléfono. Me dijeron que esperara y que, como el teléfono no funcionaba allí, irían a preguntarle. Media hora más tarde comprendí que me estaban tomando el pelo y que nadie vendría. Uno de los trabajadores me había amenazado diciéndme que si yo pretendía cruzar por mi cuenta llamarían a la policia de Fairbanks. Dudo que llegara, en el mejor de los casos, antes de dos horas.
J me dio algo de fruta y nueces de su madre, de Nuevo México, y seguimos charlando, a la espera del jefe. Le dije a J que mirara para otro lado y me dirigí hacia la ruta en construcción. Para mi sorpresa no era un recorrido de 8 millas sino apenas 2. Algún obrero me gritó disgustado al verme pasar sólo y el camión cisterna me tiró agua encima, pero por lo demás, en seguida estuve del otro lado. Y podía continuar sin más problemas hacia Fairbanks. Sin más problemas que las terribles cuestas.
La majestuosidad de la Dalton al bajar el Atingun Pass
Eran realmente horribles. Demasiado empinadas para subir y para bajar. Entre los mosquitos que se metían por la nariz y las orejas en las subidas, y los peligrosos camiones que me adelantaban en las bajadas, no tenía mucho tiempo para disfrutar del paisaje. Por las noches (es un decir, pues como ya he dicho hay 24h de luz) me detenía cerca de algún arroyo para filtrar agua y tratar de pescar. Pero esto último sin éxito. Demasiado cansado para intentarlo por mucho tiempo, y abrasado por los mosquitos, dejaba a un lado la caña y tomaba el abrelatas para comer el atún.
Un poco de lluvia la última noche
Tan sólo me llovió la última noche pero para entonces ya había alcanzado el asfalto. Entré a Fairbanks la tarde del noveno día. Alucinado de ver semáforos, coches, supermercados y gente. Me detuve en un supermercado a comprar algo de comida y a asimilar ese exceso de consumismo que le da a uno la bienvenida cuando llega a una ciudad de Estados Unidos: todo es demasiado grande, ruidoso y colorido. Para quien ha vivido diez días preocupado apenas por osos, mosquitos, cuestas y pinchazos, era demasiado bullicio. Apostado a las afueras del super comiendo un salami de oferta y pan de sandwich me tomé una cerveza. Uno de los coches que me había pasado en la ruta estos días me la había regalado. Yo la guardaba para el final de la Dalton. Era el momento. Algunos tipos venían a hablar conmigo, más interesados por saber cómo me gano la vida que por donde iba a dormir. Afortunadamente lo tenía solucionado. Unos españoles que viven en la universidad me habían invitado a su casa. Aunque se habían olvidado que yo llegaba ese día. Aunque la puerta de su casa estaba abierte prefería aguardar afuera. Llegar tras dos horas y, nada más escuchar a María hablar, me di cuenta que no valía la pena mosquearse. Esa mujer es todo corazón e ingenuidad. Una niña con cuerpo de mujer que tiene menos maldad que un mosquito. Cuatro días después cuando me fui se pegó cocinando hasta la madrugada para que me llevara pan recién hecho en las alforjas. Jordi, otro doctorando, también me hizo pan. Fueron días de descanso merecido en Fairbanks aunque no tuve fuerzas para buscar un dentista que me arreglara el diente que se me había caído hacía días y que pegué con Loctite.
Tomando aire
Al salir de Fairbanks, rumbo a la frontera con Canada, vi una clínica dental. Seguí camino. Vi una segunda y continué. Y en la tercera entré. Les pedí ayuda pero, aunque me ofrecían descuento, eran demasiado 115 usd por pegar un diente y salí. La chica, muy amable, me recomendó que fuera a ver la clínica de enfrente. Allí el Dr. Mike Helmbrecht (3ª generación) me atendió y me lo reparó totalmente gratis.
Con la fuerza, única e insustituible, que da saberse ayudado pedaleé ese día 123 kms, hasta las 22pm. Acampé, cociné pasta y fui a dormir pensando en la cantindad de personas que me han echado un cable durante mis años en ruta. Todas juntas llenarían Alaska.
Desde Delta Junction, Paz y Bien, el biciclown.
3 Comentarios
  • CRISTINA Y HORACIO
    Publicado a las 01:34h, 19 junio

    Alvaro… como estas? no hace frío por alli? te vemos con poco abrigo… como va todo? aqui, sigue viento en popa… Ya te escribiré un mail…Hoy es mi cumple… ahora nos vamos con Pablo y Sole a comer algo…y ya son muchos… esperamos verte una vez más…abrazos y adelante.. se ve que es muy duro el camino..cuidate de los osos and company…..

  • la ele
    Publicado a las 00:16h, 03 julio

    Gracias por compartir, por tu buen espiritu y por la envidia(nada sana)que das.Un abrazo muy fuerte desde Madrid

  • Cptn.Vento
    Publicado a las 05:59h, 03 julio

    Fuser! Las chicas de tu club de fans de las Farc me preguntan si puedes publicar tu foto sin el diente! Que les digo?

    Animo y fuerza. Te enviamos toda nuestra energia…esperando tener pronto tu alegria por estos lados.

    Cptn.Vento